A Anson la metáfora no se la pone dura
Ciudadanía | 28/09/2016
La metáfora no le
pone. La conciencia, digo; ni la ajena, ni la propia con su verbo
fallido,
flácido, facilón, ya embotado en la bragueta el bulto de
un cerebro libidinoso venido a menos, con la hiel de la decrepitud en
los exiguos labios e inspirado por el
paroxismo de una inane vanidad; deforme, jorobado, monstruoso no se mira
en soledad al espejo, temeroso de verse a sí mismo sin el aplauso
comprado. Le dicen farsante triunfal a base de ejercitar la adulación al
poderoso y la puñalada trapera al descuidado. Sus miserables actitudes
conmigo no le desmienten: lo significan más, imprudente confiado, en la
miseria de sus sombrías destrezas y falseadas virtudes.
Da más pena que asco
el académico sin solvencia moral que permite el abuso en el trabajo,
acaso demostrando el poco valor que otorga él al suyo concebido desde la
añagaza perpetua. ¡Ay, si hablaran los fantasmas del pasado que buscan
en la justicia divina que se conozca al verdadero Anson en quien
confiaron!
Su castigo es la
existencia finita, la efímera gloria de la estulticia y de la ética
cómoda que convirtió en vitalicia hasta que le escupa la muerte. Porque
en la ancianidad huele a restos mortales que lo apean de las
glorificaciones ególatras, Anson se merece a sí mismo con su conciencia
sin el espejismo de sus logros caducos y triunfos a conveniencia.
http://guarradaelimparcial.blogspot.com.es/2016/02/extrano-sueno-anson-travestido-vila.html
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Cadáveres amontonados
quedan como rastro de una ambición insana, preocupada por acumular
honores y desperdiciar rectitud. Cadáver inequívoco en vida, su nicho
está en el despacho de las pútridas cavilaciones donde sigue escribiendo
con la credibilidad apestada. Muere cada día envuelto en la mortaja de
la honra descompuesta. Le hiede la amoralidad y se le supura por la piel
ajada la falsa disposición humanista. Atufa siendo un aprovechado que
responde a las acusaciones de parasitismo, con su larga retahíla de
premios conseguidos al precio de no pocas traiciones que algunos no
olvidan.
Patético embaucador que por toda respuesta a su hipócrita condición personal y profesional, expone algunas
de sus distinciones y premios conseguidas durante los anales de un
tiempo cuyas consecuencias estamos padeciendo, después de vivir en un
espejismo de una democracia amañada. Buitres, serpientes y escorpiones
pulularon para dejar su ponzoña como legado a las generaciones
venideras. ¿Estos son los premios de quien demuestra no ser honesto ni
en el fondo ni en las formas que he denunciado? Basuras. Pena de necedad
engalanada, marchita la condición personal, más le valiera al creso
Epulón dar marcha atrás en las erráticas sendas de la escalada social
que le dirigen al abismo de la ignorancia. Ambición obtusa de quien solo
se ha preocupado de atesorar lo que nada se llevará al espacio de las
penitencias que le reclaman.
¿Robar el trabajo
ajeno sin inmutarse por la repugnante manifestación de insolvencia ética
mostrada, propia de estafadores sin conciencia? No hay en España mayor
ego en la decadencia de los valores humanos, ni peor honra mancillada en
la crónica del Periodismo español. Por él mismo. ¿La desfachatez
convertida en patente de corso y la grandilocuencia mostrada como
instrumento para errar en lo moral? Falso y consentido, así se explica
la trayectoria triunfal de las ruindades discretas y ladinas.
Anson está tan
sepultado con premios y agasajos que se olvidó de ser persona. Rodeado
de matones ejerciendo cultura se convirtió en jefe de su cosa nuestra olvidando
el respeto por la integridad. Aprovechado del trabajo ajeno, embutido
en el traje que le estrangula cómicamente el cuello, extravió la
elegancia de la simulación con la que ha trepado el reconocimiento
social que desmerece.
"Todavía no me he recuperado del calambre que me ha sacudido al leer La escritura negra de los lirios.
Hacía mucho, mucho tiempo, que no disfrutaba tanto con la lectura de un
libro como este, látigo que sacude el cerebro y el sentimiento".
Este erudito de las
teatralidades dice poseer sentimientos hasta el punto de estremecerse
después de haber leído a un poeta. ¿Este que escribe en verso y en prosa
sus indecorosas falsedades? Oír poesía en boca de un cantamañanas por
mucho prestigio que sea acaparado-ya se sabe mejor con qué modus
operandi inherente al arribismo-incapaz de apreciar la grandeza que
conlleva la honestidad personal, es como esperar el do de pecho de un
asno o la generosidad de un sátrapa dejando vivir a un pueblo.
No, la metáfora no
excita emociones ausentes. Al hiperbólico premiado no se la levanta ya
ni una fémina arrimada ni
el cine grotesco de la sexualidad pervertida de Almodóvar. La
conciencia, digo, que se la trae floja. Su letra no
tiene cojones, tampoco su alma. La valentía de la honradez se le ha
derrotado con el paso del tiempo en que se ha desparramado de divagación
y verbo insulso. Posee las mismas emociones espontáneas que las
consecuencias de una lobotomía.
Hay que ser
ridículo para defender la indignidad de sus actos con la retahíla de
premios adquiridos en sospechosa podredumbre, evidenciado como ladrón de
trabajo ajeno, hipócrita definido por sus actos y el pasar del tiempo
que desenmascara sus honoríficas teatralidades como prohombre de unas
conveniencias poco leales a la ética personal. ¿Dónde está la ética de
Anson en esta guarrada que le califica por toda una vida?
Silencio.
Para más inri, cuando se nos pone halagador el silenciado caradura que mangó mi trabajo junto al deshonesto Vila y la comparsa de la Ortega-Marañón, la repulsión se acrecienta.
Fantasma, manifiéstate.