A
fines del siglo XX y principios del XXI, no son pocos los estudios que se han
realizado en diferentes áreas sobre el creciente ingreso de la mujer al mercado
laboral. Esta época ha significado una revolución en términos de género, siendo
aquel que más cambios ha presentado en cuanto a la construcción de identidad de
la mujer y su transformación en los roles sociales en comparación a los siglos
anteriores. En este sentido, la modernidad se caracteriza por “esa nueva lógica artística a base de
rupturas y discontinuidades, que se basa en la negación de la tradición, en el
culto a la novedad y al cambio” (Lipovetsky, La era vacía, 1986, p. 81).
Como
establece Gilles Lipovetsky (La Tercera
Mujer, 1999), la mujer actual se compone como una “tercera mujer” o “mujer
indeterminada”, marcada por una apertura estructural e imprevisibilidad, donde
tiene una completa disposición de su vida sin la obligación de regirse por la
tradición cultural. Dentro de los principales elementos constituyentes de esta
nueva identidad, se menciona el poder femenino sobre la procreación, la desinstitucionalización
de la familia y la promoción de referente igualitario en la pareja. Sin
embargo, siguiendo el argumento de este autor, resulta fundamental esclarecer
que esta nueva identidad femenina, al menos de la cultura occidental, no se
construye sobre una tabla rasa, sino más bien se configura como una
recomposición de la mujer que mezcla tanto la tradición histórica-cultural de
sus roles como una apertura y resignificación de las estructuras de género. Esto en un marco de
democratización e individualización gracias a la sociedad de masas o “affluent society” (Lipovetsky, 1999, p.
210), que legitima el deseo de vivir por y para uno mismo, desarrollando nuevas
necesidades y ampliando el acceso que antes estaba reservado para reducidos
miembros de elites o incluso sólo para hombres.
Lipovetsky (1999) describe tres etapas que constituyen la
transición histórica de la mujer moderna. Parte por la “primera mujer” o “mujer
despreciada” que prevalece hasta el siglo XIX, estableciéndose como el sexo
débil, reservado al ámbito doméstico, sin mayor relevancia que el cuidado de
los hijos; una mujer disminuida en cuanto importancia social, sin poder de
decisión. Luego, se
encuentra la “segunda mujer” o “mujer exaltada” que inicia su proceso alrededor
del siglo XVIII, gracias a la Ilustración, donde se declara el “sexo bello”,
potenciando su naturaleza sensible, emocional y compresiva, adjudicándole los
roles de esposa-madre-educadora. Sin embargo, no se trata de una perspectiva de
igualdad en derechos, sino más bien es una valorización de la mujer por su
opuesta diferencia con respecto el género masculino, una perfección física
basada en la revalorización de la mujer como creadora de vida, un
ennoblecimiento divino de la belleza que viene del renacimiento.
Actualmente, nos
encontramos en la época de una “tercera mujer” o “mujer indeterminada”, por
esta falta de estructuras y categorizaciones propias de la época posmoderna,
donde los límites se cuestionan y se vuelven más ambiguos y relativos. En este
panorama, la mujer persigue una autoconstrucción que se constituye como un proceso
frágil y arbitrario, donde el único valor que puede orientar esta formación de
identidad es la coherencia, puesto que todas pueden elegir caminos distintos,
pero lo importante es tomar decisiones trascendentales con el fin de darle un
sentido a esta identidad. En este aspecto, el trabajo cobra un rol predominante
en esta autoconstrucción de la mujer moderna, diferenciándola de la primera y
segunda mujer, considerándolo como un medio de apertura social y escape de a
reclusión doméstica, validando el juicio por lo que hacen, no por lo que son
por naturaleza: “el trabajo femenino ya
no se contempla como un mal menor, sino como una exigencia individual e
identitaria, una condición para realizarse en la existencia, un medio de
autoconfirmación” (Lipovetsky, 1999, p. 204).
En
vista de lo anterior, surgen interrogantes en cuanto al futuro de las
transformaciones de roles de género, proponiendo que la velocidad de estos cambios
ha dejado de aumentar potencialmente y se deja de lado la idea de sociedad
“unisex” en que las estructuras de género se vuelven cada vez más ambiguas y
flexibles. Más bien, Lipovetsky trabaja con la hipótesis de que esta
redefinición de identidades de género tiene un pie en la tradición histórica y
otro en la flexibilización de límites estructurales. En términos de género, nos
encontraríamos en una “Modernidad Democrática”, definida por Lipovetsky (1999)
como la “no intercambiabilidad de
los roles sexuales sino reconstitución de las desviaciones diferenciales más
sostenidas, menos redhibitorias, no directivas, que ya no constituyen obstáculo
alguno al principio de libre disposición de si” (p. 12). Es a raíz de esto que
surge el modelo de la denominada “multimujer”, aquella que mantiene sus roles
tradicionales del hogar a la vez que se esfuerza por dejar un sello en su
trabajo, buscando el constante equilibrio entre el mundo familiar-doméstico y
el mundo profesional, anhelando la validación a través del cumplimiento de diversas
exigencias sociales.
Durante los meses de abril y mayo de
2015, In Situ Chile - Centro de Investigaciones de Mercado, realizó un estudio sobre la mujer de hoy, retratando
sus principales exigencias, necesidades y situación actual
frente a sus mundos y la sociedad a través de la realización de 4 grupos de
pares de mujeres entre 18 y 45 años. Dentro de los principales resultados, se concluye
que lo que caracteriza a la mujer moderna actual no es el multi-rol que
desempeña –que viene haciéndolo hace un par de décadas- sino más bien
experimenta un giro en que ella se sitúa como centro de su vida y relaciones,
revalorizándose como individuo distinto a su familia. A pesar que la vida de la
mujer contemporánea puede ser sobreexigente en cuanto a roles y preocupaciones,
esta mujer entiende que debe enfrentarla con una actitud positiva y de goce,
pues una actitud distinta nada cambia su situación, sólo la hace más
intratable. Así, esta nueva mujer pone énfasis en disfrutar del empoderamiento
femenino alcanzado a lo largo de los años y lo hace a través de una apropiación
de su libertad, dirigiendo su vida en torno al ejercicio de la libre decisión
de quién quiere ser y cómo quiere serlo. De este modo, el bienestar y la salud
mental se convierten en elementos que idealmente deben estar siempre presentes
en el proceso de equilibrar sus roles, velando por la búsqueda de su desarrollo
personal integral. Es por esto que expresan una preferencia por trabajar en
emprendimientos personales o desarrollar un trabajo independiente, para tener
el control de sus horarios y distribuir su tiempo según sus preferencias. Bajo
esta perspectiva, las relaciones que establece esta nueva mujer con su familia,
pareja y trabajo se reconfiguran; si bien la familia es tradicionalmente el
mundo en que la mujer se realiza como ser altruista incondicional, el trabajo
se convierte en el medio para darle seguridad e independencia y así construir
una vida propia, alternativa a su vida en familia. Lipovetsky (1999) se refiere
a esto cuando dice que “Lo que caracteriza a la condición de la
mujer posmoderna es la repulsa de una identidad constituida de manera exclusiva
por las funciones de madre y de esposa.” (p. 203). En este sentido,
la pareja se vuelve un complemento que brinda apoyo a través de una división de
roles mejor distribuida que antes, por lo que se constituye como una opción de
libertad, libertad para desarrollar sus intereses y a la vez cumplir con sus
(auto) exigencias.
De
manera transversal, surgen tres ejes que sustentan el discurso de las mujeres
estudiadas: la coherencia, la culpa y el miedo. La coherencia apunta al valor
de la autenticidad, es decir, la capacidad de autoconstrucción en un mundo
posmoderno (caracterizado por un constante cuestionamiento a la estructura y las
categorizaciones trascendentales) con falta de referentes y modelos íntegros,
logrando solidez a medida que se actúa acorde de lo que se piensa y dice. En
este punto, surge con importancia la idea de surgir como mujeres en un mundo
dominado por una lógica machista, pero siempre manteniendo las diferencias de
género, es decir, que no es necesario homologarse a los hombres para lograr el
reconocimiento tanto en sus trabajos como en la sociedad. Es así como se
plantean alcanzar la felicidad, persiguiendo sus propias metas autoimpuestas
manteniendo sincronía en todos los aspectos de sus vidas. En segundo lugar, la
culpa es una característica que todas adjudican a la mujer. A pesar de querer
cumplir con diversas obligaciones y tener que organizar sus vidas en torno a
una multiplicidad de preocupaciones, reconocen que la culpa es un sentimiento
que las persigue como una mochila con la que tienen que cargar día a día por
estar sacrificando ciertas actividades a cambio de cumplir con otras,
observando así el deseo por, además de hacer todo, hacerlo bien. Entonces, a
pesar de sentirse foco de una diversidad de exigencias desde la sociedad, ellas
mismas se apropian de esta cualidad y se autoexigen como respuesta a este
panorama de expectativas. Finalmente, el miedo es un sentimiento generalizado,
principalmente a “perderse”. En este mundo contemporáneo falto de categorías
estables, la autoconstrucción de la identidad, especialmente la del género
femenino, se hace un proceso complejo y de constante evaluación de roles y
desempeño, donde olvidar el sentido de las acciones se vuelve fácil.
Un claro ejemplo de la transformación del
rol de la mujer en la modernidad y el surgimiento de esta “tercera mujer” es la
figura de Barbie, nacida en 1959 como un referente de moda adolescente
fabricada por Mattel. Este personaje se ha instaurado como la muñeca más famosa
e importante del Siglo XX a nivel mundial dado que su introducción en el
mercado provocó importantes cambios a nivel de roles de género, cumpliendo
expectativas de nuevas mujeres más empoderadas, de aquellas que soñaban con ser
algo más que madres y esposas, realizarse más allá de sus tareas domésticas.
Barbie mostró a través de una figura de ficción que las mujeres podían serlo
todo: profesoras, bailarinas, ejecutivas, skaters, deportistas y altas
fashionistas, entre otras profesiones, siempre adecuándose a la moda que se
vivía en cada década. Así, esta muñeca logra materializar el deseo de la mujer
contemporánea, permitiéndole tomar fuerza y confianza para desempeñarse en lo
que quiera. Sin embargo, mantiene rasgos tradicionales de la “segunda mujer” en
cuanto se ha posicionado como un alto referente estético en términos de belleza,
buscando asimilarse inicialmente a importantes figuras de la moda femenina y
mujeres empoderadas como Jackie Kennedy, Marilyn Monroe y Elizabeth Taylor. Asimismo,
no ha estado libre de críticas por el concepto de belleza altamente exigido que
comunica. Por toda esta trayectoria de vidas paralelas y altos estándares de
belleza que logra transmitir Barbie, demuestra a la perfección el carácter de
multi-mujer contemporánea; Barbie las hace todas. En palabras de su creadora: “My whole philosophy of Barbie was that through
the doll, the little girl could be anything she wanted to be. Barbie
always represented the fact that a woman has choices.” (Ruth Handler).
A raíz del
actual panorama, Lipovetsky (1999) busca responder esta pregunta por el futuro
de la identidad femenina, llegando a la conclusión antes mencionada que dice
relación con una constante redefinición de la identidad a partir siempre de la
tradición, siendo necesarias muchas generaciones para que ésta realmente cambie
radicalmente. Esto lo justifica a través de su tesis de la doble gratificación
femenina, en que las mujeres son motivadas día a día por su capacidad de
dominar sus universos y ejercer, por ejemplo, distintas posiciones de poder,
afirmaciones identitarias, autonomía organizadora y desarrollan perspectivas de
sentido además de gratificaciones diversas. En otras palabras, las mujeres se
ven voluntariamente empujadas a mantener sus roles tradicionales a la vez que
buscan cumplir con nuevas expectativas del mundo moderno por la gratificación
que les produce sentirse
en dominio de sus mundos, tanto su trabajo profesional como su empresa-familia.
En un video sobre el
funcionamiento del cerebro femenino y masculino, Mark Gungor, experto en
matrimonios, explica las diferencias de los procesos mentales entre hombres y
mujeres. Expone que, contrario al cerebro de los hombres ejemplificado por una
cantidad cerrada de cajas temáticas independientes entre sí, sumadas al
“nothing box”, donde cada caja se abre por separado y exige una concentración
exclusiva, las mujeres funcionan como una mega autopista en que todo está
conectado, funcionando como una bola de cables energizada por emociones con
límites difusos donde un tema puede derivar a otro, mientras se tiene en mente
otro distinto y así sucesivamente. Este cómico ejemplo retrata a la perfección
el fundamento de la mujer actual, aquella que se siente realizada al cumplir
con su naturaleza racional de mantener todas estas interconexiones vigentes y
activas, relacionadas constantemente entre sí. Así, el futuro inevitable de la
identidad de la mujer es estar en constante redefinición puesto que su
naturaleza intrínseca está en esta capacidad de mantener operaciones múltiples,
respondiendo a diversas exigencias a la vez. Lo que marca la diferencia con el
pasado es que estas operaciones se vuelven más arbitrarias, las que en la
antigüedad estaban reducidas meramente a su capacidad de amar y entregarse
absolutamente al punto de la subyugación al dominio masculino.
En este impulso por mantener
múltiples actividades, se encuentra un fuerte deseo por encontrar un equilibrio
entre familia y trabajo, ejerciendo un máximo empoderamiento al buscar el
constante control de su territorio, borrando los límites entre los valores que
caracterizan la identidad femenina y masculina, donde tradicionalmente se ha
tendido a asociar valores como el control del territorio, la autonomía y la
autodeterminación. Sin embargo, el estatus actual de esta definición de
identidad de género no se sostiene sólo por el deseo de reposicionamiento y
revalorización en el mundo actual de la mujer, sino también la sociedad en sí
reproduce este modelo de la tradición, validándola y orientando políticas
públicas y de trabajo hacia la mantención de este sistema, facilitando la
compatibilización de ambos mundos para las mujeres sin incentivar la mayor
inclusión doméstica del hombre. Más bien, se reproduce esta condición de
“ayudante doméstico” que actualmente tiene el hombre en los hogares, donde
existe una tendencia preponderante a que la mujer se ocupe principalmente de
los hijos y sacrifique su vida laboral por ellos, más aún cuando el número de
hijos aumenta sobre tres (Lipovetsky, 1999, p. 223). A pesar de que los
ingresos al hogar actualmente pueden estar equitativamente distribuidos entre
la pareja del hogar, sigue adjudicándosele mayormente a la mujer el rol de la
crianza y cuidado de los hijos, donde el trabajo pasa a segundo plano una vez
que se forma familia, constituyéndose como una actividad complementaria
(Lipovetsky, 1999, p. 189) pero no por eso menos gratificante.
Es así como, a partir de los
resultados del estudio realizado por In Situ Chile, se observó que lo que
caracteriza a la mujer contemporánea actual, a diferencia de unas décadas
atrás, es que ha habido un desarrollo de la percepción del goce. En otras
palabras, en este panorama de revolución femenina del siglo XX, el siglo XXI
introduce el germen de una mujer que comprende sus roles de manera distinta, ya
no sumergida en un contexto de exigencias sociales y expectativas de rol, sino
que se apropia de estas expectativas. Ya no se esfuerza meramente por cumplir
porque se supone que debe hacerlo, sino que orienta su multiplicidad de roles
hacia un autodescubrimiento a través del goce de sus actividades, busca
sentirse constantemente gratificada a través del desarrollo de sus intereses
personales y de sus capacidades a través de diferentes actividades como (de
manera central) el trabajo, para darle un sentido a su vida y a su construcción
de identidad, la cual es capaz de elegir libremente. Si bien en un contexto de
condiciones de posibilidad determinadas por la sociedad, es libre de
desprenderse de tradiciones en el grado que quiera y apropiarse de nuevos roles
si así lo desea. Se introduce en un constante proceso de descubrimiento de su
felicidad. Los resultados concluyen que además de las esferas pública (trabajo,
educación, instituciones) y privada (espacio doméstico, familia), la esfera individual
(subjetividad, personal) ha estado cobrando mayor relevancia los últimos años,
alcanzando actualmente una importante centralidad en el relacionamiento de
estas, lo que va de la mano con una mayor valorización de la esfera del trabajo
por su capacidad de desarrollo integral. Como lo describe el Informe de Desarrollo Humano en Chile 2010,
Género: los desafíos de la igualdad, estas tres esferas constituyen el
contexto en que se desarrollan las prácticas de relaciones de género, estando
íntimamente vinculadas y condicionadas entre sí. De este modo, la
preponderancia que adquiere la esfera personal redefine la relación con las demás,
afectando tanto la significación y legitimación de las actividades como la
estructura de las esferas.
Bibliografía
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About
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Barbie
Makes Her Debut (s.f.), recuperado del sitio: http://www.history.com/this-day-in-history/barbie-makes-her-debut
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Gungor,
M. (2014). Tale of Two Brains. Video
recuperado del sitio https://www.youtube.com/watch?v=814eR5K7KD8
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Lipovetsky, G (1986). La Era del Vacío. Anagrama, Barcelona.
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