La “Multimujer” Contemporánea - El goce en la base de la búsqueda de identidad
Sociología | 21/09/2016

            A fines del siglo XX y principios del XXI, no son pocos los estudios que se han realizado en diferentes áreas sobre el creciente ingreso de la mujer al mercado laboral. Esta época ha significado una revolución en términos de género, siendo aquel que más cambios ha presentado en cuanto a la construcción de identidad de la mujer y su transformación en los roles sociales en comparación a los siglos anteriores. En este sentido, la modernidad se caracteriza por “esa nueva lógica artística a base de rupturas y discontinuidades, que se basa en la negación de la tradición, en el culto a la novedad y al cambio” (Lipovetsky, La era vacía, 1986, p. 81).

            Como establece Gilles Lipovetsky (La Tercera Mujer, 1999), la mujer actual se compone como una “tercera mujer” o “mujer indeterminada”, marcada por una apertura estructural e imprevisibilidad, donde tiene una completa disposición de su vida sin la obligación de regirse por la tradición cultural. Dentro de los principales elementos constituyentes de esta nueva identidad, se menciona el poder femenino sobre la procreación, la desinstitucionalización de la familia y la promoción de referente igualitario en la pareja. Sin embargo, siguiendo el argumento de este autor, resulta fundamental esclarecer que esta nueva identidad femenina, al menos de la cultura occidental, no se construye sobre una tabla rasa, sino más bien se configura como una recomposición de la mujer que mezcla tanto la tradición histórica-cultural de sus roles como una apertura y resignificación de las estructuras de género. Esto en un marco de democratización e individualización gracias a la sociedad de masas o “affluent society” (Lipovetsky, 1999, p. 210), que legitima el deseo de vivir por y para uno mismo, desarrollando nuevas necesidades y ampliando el acceso que antes estaba reservado para reducidos miembros de elites o incluso sólo para hombres.

Lipovetsky (1999) describe tres etapas que constituyen la transición histórica de la mujer moderna. Parte por la “primera mujer” o “mujer despreciada” que prevalece hasta el siglo XIX, estableciéndose como el sexo débil, reservado al ámbito doméstico, sin mayor relevancia que el cuidado de los hijos; una mujer disminuida en cuanto importancia social, sin poder de decisión. Luego, se encuentra la “segunda mujer” o “mujer exaltada” que inicia su proceso alrededor del siglo XVIII, gracias a la Ilustración, donde se declara el “sexo bello”, potenciando su naturaleza sensible, emocional y compresiva, adjudicándole los roles de esposa-madre-educadora. Sin embargo, no se trata de una perspectiva de igualdad en derechos, sino más bien es una valorización de la mujer por su opuesta diferencia con respecto el género masculino, una perfección física basada en la revalorización de la mujer como creadora de vida, un ennoblecimiento divino de la belleza que viene del renacimiento.

Actualmente, nos encontramos en la época de una “tercera mujer” o “mujer indeterminada”, por esta falta de estructuras y categorizaciones propias de la época posmoderna, donde los límites se cuestionan y se vuelven más ambiguos y relativos. En este panorama, la mujer persigue una autoconstrucción que se constituye como un proceso frágil y arbitrario, donde el único valor que puede orientar esta formación de identidad es la coherencia, puesto que todas pueden elegir caminos distintos, pero lo importante es tomar decisiones trascendentales con el fin de darle un sentido a esta identidad. En este aspecto, el trabajo cobra un rol predominante en esta autoconstrucción de la mujer moderna, diferenciándola de la primera y segunda mujer, considerándolo como un medio de apertura social y escape de a reclusión doméstica, validando el juicio por lo que hacen, no por lo que son por naturaleza: “el trabajo femenino ya no se contempla como un mal menor, sino como una exigencia individual e identitaria, una condición para realizarse en la existencia, un medio de autoconfirmación” (Lipovetsky, 1999, p. 204).

            En vista de lo anterior, surgen interrogantes en cuanto al futuro de las transformaciones de roles de género, proponiendo que la velocidad de estos cambios ha dejado de aumentar potencialmente y se deja de lado la idea de sociedad “unisex” en que las estructuras de género se vuelven cada vez más ambiguas y flexibles. Más bien, Lipovetsky trabaja con la hipótesis de que esta redefinición de identidades de género tiene un pie en la tradición histórica y otro en la flexibilización de límites estructurales. En términos de género, nos encontraríamos en una “Modernidad Democrática”, definida por Lipovetsky (1999) como la “no intercambiabilidad de los roles sexuales sino reconstitución de las desviaciones diferenciales más sostenidas, menos redhibitorias, no directivas, que ya no constituyen obstáculo alguno al principio de libre disposición de si” (p. 12). Es a raíz de esto que surge el modelo de la denominada “multimujer”, aquella que mantiene sus roles tradicionales del hogar a la vez que se esfuerza por dejar un sello en su trabajo, buscando el constante equilibrio entre el mundo familiar-doméstico y el mundo profesional, anhelando la validación a través del cumplimiento de diversas exigencias sociales.

            Durante los meses de abril y mayo de 2015, In Situ Chile - Centro de Investigaciones de Mercado, realizó un estudio sobre la mujer de hoy, retratando sus principales exigencias, necesidades y situación actual frente a sus mundos y la sociedad a través de la realización de 4 grupos de pares de mujeres entre 18 y 45 años. Dentro de los principales resultados, se concluye que lo que caracteriza a la mujer moderna actual no es el multi-rol que desempeña –que viene haciéndolo hace un par de décadas- sino más bien experimenta un giro en que ella se sitúa como centro de su vida y relaciones, revalorizándose como individuo distinto a su familia. A pesar que la vida de la mujer contemporánea puede ser sobreexigente en cuanto a roles y preocupaciones, esta mujer entiende que debe enfrentarla con una actitud positiva y de goce, pues una actitud distinta nada cambia su situación, sólo la hace más intratable. Así, esta nueva mujer pone énfasis en disfrutar del empoderamiento femenino alcanzado a lo largo de los años y lo hace a través de una apropiación de su libertad, dirigiendo su vida en torno al ejercicio de la libre decisión de quién quiere ser y cómo quiere serlo. De este modo, el bienestar y la salud mental se convierten en elementos que idealmente deben estar siempre presentes en el proceso de equilibrar sus roles, velando por la búsqueda de su desarrollo personal integral. Es por esto que expresan una preferencia por trabajar en emprendimientos personales o desarrollar un trabajo independiente, para tener el control de sus horarios y distribuir su tiempo según sus preferencias. Bajo esta perspectiva, las relaciones que establece esta nueva mujer con su familia, pareja y trabajo se reconfiguran; si bien la familia es tradicionalmente el mundo en que la mujer se realiza como ser altruista incondicional, el trabajo se convierte en el medio para darle seguridad e independencia y así construir una vida propia, alternativa a su vida en familia. Lipovetsky (1999) se refiere a esto cuando dice que Lo que caracteriza a la condición de la mujer posmoderna es la repulsa de una identidad constituida de manera exclusiva por las funciones de madre y de esposa.” (p. 203). En este sentido, la pareja se vuelve un complemento que brinda apoyo a través de una división de roles mejor distribuida que antes, por lo que se constituye como una opción de libertad, libertad para desarrollar sus intereses y a la vez cumplir con sus (auto) exigencias.

De manera transversal, surgen tres ejes que sustentan el discurso de las mujeres estudiadas: la coherencia, la culpa y el miedo. La coherencia apunta al valor de la autenticidad, es decir, la capacidad de autoconstrucción en un mundo posmoderno (caracterizado por un constante cuestionamiento a la estructura y las categorizaciones trascendentales) con falta de referentes y modelos íntegros, logrando solidez a medida que se actúa acorde de lo que se piensa y dice. En este punto, surge con importancia la idea de surgir como mujeres en un mundo dominado por una lógica machista, pero siempre manteniendo las diferencias de género, es decir, que no es necesario homologarse a los hombres para lograr el reconocimiento tanto en sus trabajos como en la sociedad. Es así como se plantean alcanzar la felicidad, persiguiendo sus propias metas autoimpuestas manteniendo sincronía en todos los aspectos de sus vidas. En segundo lugar, la culpa es una característica que todas adjudican a la mujer. A pesar de querer cumplir con diversas obligaciones y tener que organizar sus vidas en torno a una multiplicidad de preocupaciones, reconocen que la culpa es un sentimiento que las persigue como una mochila con la que tienen que cargar día a día por estar sacrificando ciertas actividades a cambio de cumplir con otras, observando así el deseo por, además de hacer todo, hacerlo bien. Entonces, a pesar de sentirse foco de una diversidad de exigencias desde la sociedad, ellas mismas se apropian de esta cualidad y se autoexigen como respuesta a este panorama de expectativas. Finalmente, el miedo es un sentimiento generalizado, principalmente a “perderse”. En este mundo contemporáneo falto de categorías estables, la autoconstrucción de la identidad, especialmente la del género femenino, se hace un proceso complejo y de constante evaluación de roles y desempeño, donde olvidar el sentido de las acciones se vuelve fácil.

Un claro ejemplo de la transformación del rol de la mujer en la modernidad y el surgimiento de esta “tercera mujer” es la figura de Barbie, nacida en 1959 como un referente de moda adolescente fabricada por Mattel. Este personaje se ha instaurado como la muñeca más famosa e importante del Siglo XX a nivel mundial dado que su introducción en el mercado provocó importantes cambios a nivel de roles de género, cumpliendo expectativas de nuevas mujeres más empoderadas, de aquellas que soñaban con ser algo más que madres y esposas, realizarse más allá de sus tareas domésticas. Barbie mostró a través de una figura de ficción que las mujeres podían serlo todo: profesoras, bailarinas, ejecutivas, skaters, deportistas y altas fashionistas, entre otras profesiones, siempre adecuándose a la moda que se vivía en cada década. Así, esta muñeca logra materializar el deseo de la mujer contemporánea, permitiéndole tomar fuerza y confianza para desempeñarse en lo que quiera. Sin embargo, mantiene rasgos tradicionales de la “segunda mujer” en cuanto se ha posicionado como un alto referente estético en términos de belleza, buscando asimilarse inicialmente a importantes figuras de la moda femenina y mujeres empoderadas como Jackie Kennedy, Marilyn Monroe y Elizabeth Taylor. Asimismo, no ha estado libre de críticas por el concepto de belleza altamente exigido que comunica. Por toda esta trayectoria de vidas paralelas y altos estándares de belleza que logra transmitir Barbie, demuestra a la perfección el carácter de multi-mujer contemporánea; Barbie las hace todas. En palabras de su creadora: “My whole philosophy of Barbie was that through the doll, the little girl could be anything she wanted to be. Barbie always represented the fact that a woman has choices.” (Ruth Handler).

A raíz del actual panorama, Lipovetsky (1999) busca responder esta pregunta por el futuro de la identidad femenina, llegando a la conclusión antes mencionada que dice relación con una constante redefinición de la identidad a partir siempre de la tradición, siendo necesarias muchas generaciones para que ésta realmente cambie radicalmente. Esto lo justifica a través de su tesis de la doble gratificación femenina, en que las mujeres son motivadas día a día por su capacidad de dominar sus universos y ejercer, por ejemplo, distintas posiciones de poder, afirmaciones identitarias, autonomía organizadora y desarrollan perspectivas de sentido además de gratificaciones diversas. En otras palabras, las mujeres se ven voluntariamente empujadas a mantener sus roles tradicionales a la vez que buscan cumplir con nuevas expectativas del mundo moderno por la gratificación que les produce sentirse en dominio de sus mundos, tanto su trabajo profesional como su empresa-familia.

En un video sobre el funcionamiento del cerebro femenino y masculino, Mark Gungor, experto en matrimonios, explica las diferencias de los procesos mentales entre hombres y mujeres. Expone que, contrario al cerebro de los hombres ejemplificado por una cantidad cerrada de cajas temáticas independientes entre sí, sumadas al “nothing box”, donde cada caja se abre por separado y exige una concentración exclusiva, las mujeres funcionan como una mega autopista en que todo está conectado, funcionando como una bola de cables energizada por emociones con límites difusos donde un tema puede derivar a otro, mientras se tiene en mente otro distinto y así sucesivamente. Este cómico ejemplo retrata a la perfección el fundamento de la mujer actual, aquella que se siente realizada al cumplir con su naturaleza racional de mantener todas estas interconexiones vigentes y activas, relacionadas constantemente entre sí. Así, el futuro inevitable de la identidad de la mujer es estar en constante redefinición puesto que su naturaleza intrínseca está en esta capacidad de mantener operaciones múltiples, respondiendo a diversas exigencias a la vez. Lo que marca la diferencia con el pasado es que estas operaciones se vuelven más arbitrarias, las que en la antigüedad estaban reducidas meramente a su capacidad de amar y entregarse absolutamente al punto de la subyugación al dominio masculino.

En este impulso por mantener múltiples actividades, se encuentra un fuerte deseo por encontrar un equilibrio entre familia y trabajo, ejerciendo un máximo empoderamiento al buscar el constante control de su territorio, borrando los límites entre los valores que caracterizan la identidad femenina y masculina, donde tradicionalmente se ha tendido a asociar valores como el control del territorio, la autonomía y la autodeterminación. Sin embargo, el estatus actual de esta definición de identidad de género no se sostiene sólo por el deseo de reposicionamiento y revalorización en el mundo actual de la mujer, sino también la sociedad en sí reproduce este modelo de la tradición, validándola y orientando políticas públicas y de trabajo hacia la mantención de este sistema, facilitando la compatibilización de ambos mundos para las mujeres sin incentivar la mayor inclusión doméstica del hombre. Más bien, se reproduce esta condición de “ayudante doméstico” que actualmente tiene el hombre en los hogares, donde existe una tendencia preponderante a que la mujer se ocupe principalmente de los hijos y sacrifique su vida laboral por ellos, más aún cuando el número de hijos aumenta sobre tres (Lipovetsky, 1999, p. 223). A pesar de que los ingresos al hogar actualmente pueden estar equitativamente distribuidos entre la pareja del hogar, sigue adjudicándosele mayormente a la mujer el rol de la crianza y cuidado de los hijos, donde el trabajo pasa a segundo plano una vez que se forma familia, constituyéndose como una actividad complementaria (Lipovetsky, 1999, p. 189) pero no por eso menos gratificante.

Es así como, a partir de los resultados del estudio realizado por In Situ Chile, se observó que lo que caracteriza a la mujer contemporánea actual, a diferencia de unas décadas atrás, es que ha habido un desarrollo de la percepción del goce. En otras palabras, en este panorama de revolución femenina del siglo XX, el siglo XXI introduce el germen de una mujer que comprende sus roles de manera distinta, ya no sumergida en un contexto de exigencias sociales y expectativas de rol, sino que se apropia de estas expectativas. Ya no se esfuerza meramente por cumplir porque se supone que debe hacerlo, sino que orienta su multiplicidad de roles hacia un autodescubrimiento a través del goce de sus actividades, busca sentirse constantemente gratificada a través del desarrollo de sus intereses personales y de sus capacidades a través de diferentes actividades como (de manera central) el trabajo, para darle un sentido a su vida y a su construcción de identidad, la cual es capaz de elegir libremente. Si bien en un contexto de condiciones de posibilidad determinadas por la sociedad, es libre de desprenderse de tradiciones en el grado que quiera y apropiarse de nuevos roles si así lo desea. Se introduce en un constante proceso de descubrimiento de su felicidad. Los resultados concluyen que además de las esferas pública (trabajo, educación, instituciones) y privada (espacio doméstico, familia), la esfera individual (subjetividad, personal) ha estado cobrando mayor relevancia los últimos años, alcanzando actualmente una importante centralidad en el relacionamiento de estas, lo que va de la mano con una mayor valorización de la esfera del trabajo por su capacidad de desarrollo integral. Como lo describe el Informe de Desarrollo Humano en Chile 2010, Género: los desafíos de la igualdad, estas tres esferas constituyen el contexto en que se desarrollan las prácticas de relaciones de género, estando íntimamente vinculadas y condicionadas entre sí. De este modo, la preponderancia que adquiere la esfera personal redefine la relación con las demás, afectando tanto la significación y legitimación de las actividades como la estructura de las esferas.

Bibliografía

·         About Barbie (2012), recuperado del sitio http://www.barbiemedia.com/about-barbie/history.html

·         Barbie Makes Her Debut (s.f.), recuperado del sitio: http://www.history.com/this-day-in-history/barbie-makes-her-debut

·         Gungor, M. (2014). Tale of Two Brains. Video recuperado del sitio https://www.youtube.com/watch?v=814eR5K7KD8

·         In Situ Chile, 2015. Infografía de la mujer de hoy.

·         Lipovetsky, G (1999). La Tercera Mujer. Anagrama, Barcelona.

·         Lipovetsky, G (1986). La Era del Vacío. Anagrama, Barcelona.

·         PNUD, (2010). Informe de Desarrollo Humano en Chile 2010, Género: los desafíos de la igualdad. Santiago.

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