En el último
Congreso de Marketing Icare, Roberto Méndez, Presidente de Gfk Adimark, en su
presentación aseveró: “Hoy nos vemos como un país hostil, con una sociedad cada
vez más aislada, individualizada y con menos amigos” según el triste panorama
del que nos hablan cifras y encuestas. Frente a la pregunta: Pensando en
10 años más, ¿seremos un país desarrollado?, se observó una respuesta que
va en caída libre los últimos 9 años…
Esta interrogante parece
ser muy ambigua para el panorama que vive hoy la sociedad chilena, dado el alto
grado de agitación y efervescencia social, evidenciando importantes tensiones y
cuestionamientos a las actuales estructuras que definen las proyecciones del
país. En este marco, es importante preguntarnos: ¿Queremos realmente ser un
país “desarrollado”? ¿Quiénes quieren ser un país “desarrollado”? y finalmente
¿Cómo logramos ser un país “desarrollado”? A raíz de estas preguntas es
evidente que ya no todos entendemos “desarrollo” de la misma manera; todos
hablan del cambio que se aproxima en la sociedad, de que ya la sociedad no
tiene las mismas necesidades y por lo tanto tiene distintas exigencias, pero
pocos se hacen cargo de estas transformaciones. Para poder hablar en el código
que la sociedad exige, se vuelve indispensable preguntarnos: ¿Qué entendemos
por “desarrollo”? ¿Cómo este concepto ha transformado su contenido de hace diez
años atrás? Esto nos lleva finalmente a
plantearnos: ¿Qué tipo de “desarrollo” queremos para nuestro país y futuras
generaciones?
Gracias a la
globalización, que permite conocer más allá de nuestras narices, nos vemos
obligados a cuestionar la cultura que nos es dada y que como sociedad reproducimos,
sobre los valores pre-establecidos que no necesariamente están en concordancia
con las necesidades y deseos de quienes no tenemos el control político ni poder
económico. Entonces cabe preguntarse nuevamente: como ciudadanos y
principalmente personas, críticas e informadas, ¿queremos reproducir ese modus operandi? ¿Deseamos todos el mismo
tipo de desarrollo que ha evolucionado desde la Revolución Industrial, aquel
que buscaba maximizar el rendimiento de los procesos y que derivó en normalizar
el estrés y sacrificar las relaciones humanas con el fin de producir más dinero
a costas de la calidad de vida?
En este escenario
de incertidumbre propia de una sociedad – y mundo – que cambia a pasos
acelerados, donde las antiguas estructuras se relativizan para dar cabida a
nuevos paradigmas, hay una certeza: la modernidad ha traído consigo un aumento
en la complejidad sin precedentes, y por lo mismo, exige decisiones; el tiempo
es escaso y hay una enorme gama de posibilidades a nuestra disposición. No
podemos tenerlo todo.
Frente a esto,
estamos obligados a elegir un modelo de “desarrollo” que transita entre dos polos
tensionados: por un lado, y siguiendo el modelo actual, una tendencia al
crecimiento económico como fin último, basado en la competencia y en el éxito;
en la ambición de soberanía. Un paradigma orientado al rendimiento y
optimización, para generar un producto
que pierde su sentido primero; donde el resultado es más importante que el
camino recorrido, donde el fin justifica los medios.
Por otro lado, y
que va tomando cada vez más peso, la recuperación de una corriente colaborativa,
comunitaria y sustentable; encausada hacia la responsabilidad de nuestros actos
productivos, una sostenibilidad que da coherencia a nuestro quehacer y proyección
en equilibrio. Se trata de volver a antiguas cosmovisiones, llamadas al respeto
y armonía con la naturaleza. Un paradigma basado en el ser humano como
co-habitante de un entorno, no como dueño; una revalorización de las relaciones
y producciones a escala humana, sin que la ambición defina y vicie dichas
relaciones.
Entonces, ¿Qué camino
elegimos hacia el “desarrollo”?