Incertidumbre
Política Nacional | 21/09/2016

En el último Congreso de Marketing Icare, Roberto Méndez, Presidente de Gfk Adimark, en su presentación aseveró: “Hoy nos vemos como un país hostil, con una sociedad cada vez más aislada, individualizada y con menos amigos” según el triste panorama del que nos hablan cifras y encuestas. Frente a la pregunta: Pensando en 10 años más, ¿seremos un país desarrollado?, se observó una respuesta que va en caída libre los últimos 9 años…

Esta interrogante parece ser muy ambigua para el panorama que vive hoy la sociedad chilena, dado el alto grado de agitación y efervescencia social, evidenciando importantes tensiones y cuestionamientos a las actuales estructuras que definen las proyecciones del país. En este marco, es importante preguntarnos: ¿Queremos realmente ser un país “desarrollado”? ¿Quiénes quieren ser un país “desarrollado”? y finalmente ¿Cómo logramos ser un país “desarrollado”? A raíz de estas preguntas es evidente que ya no todos entendemos “desarrollo” de la misma manera; todos hablan del cambio que se aproxima en la sociedad, de que ya la sociedad no tiene las mismas necesidades y por lo tanto tiene distintas exigencias, pero pocos se hacen cargo de estas transformaciones. Para poder hablar en el código que la sociedad exige, se vuelve indispensable preguntarnos: ¿Qué entendemos por “desarrollo”? ¿Cómo este concepto ha transformado su contenido de hace diez años atrás?  Esto nos lleva finalmente a plantearnos: ¿Qué tipo de “desarrollo” queremos para nuestro país y futuras generaciones?

Gracias a la globalización, que permite conocer más allá de nuestras narices, nos vemos obligados a cuestionar la cultura que nos es dada y que como sociedad reproducimos, sobre los valores pre-establecidos que no necesariamente están en concordancia con las necesidades y deseos de quienes no tenemos el control político ni poder económico. Entonces cabe preguntarse nuevamente: como ciudadanos y principalmente personas, críticas e informadas, ¿queremos reproducir ese modus operandi? ¿Deseamos todos el mismo tipo de desarrollo que ha evolucionado desde la Revolución Industrial, aquel que buscaba maximizar el rendimiento de los procesos y que derivó en normalizar el estrés y sacrificar las relaciones humanas con el fin de producir más dinero a costas de la calidad de vida?

En este escenario de incertidumbre propia de una sociedad – y mundo – que cambia a pasos acelerados, donde las antiguas estructuras se relativizan para dar cabida a nuevos paradigmas, hay una certeza: la modernidad ha traído consigo un aumento en la complejidad sin precedentes, y por lo mismo, exige decisiones; el tiempo es escaso y hay una enorme gama de posibilidades a nuestra disposición. No podemos tenerlo todo.

Frente a esto, estamos obligados a elegir un modelo de “desarrollo” que transita entre dos polos tensionados: por un lado, y siguiendo el modelo actual, una tendencia al crecimiento económico como fin último, basado en la competencia y en el éxito; en la ambición de soberanía. Un paradigma orientado al rendimiento y optimización,  para generar un producto que pierde su sentido primero; donde el resultado es más importante que el camino recorrido, donde el fin justifica los medios.

Por otro lado, y que va tomando cada vez más peso, la recuperación de una corriente colaborativa, comunitaria y sustentable; encausada hacia la responsabilidad de nuestros actos productivos, una sostenibilidad que da coherencia a nuestro quehacer y proyección en equilibrio. Se trata de volver a antiguas cosmovisiones, llamadas al respeto y armonía con la naturaleza. Un paradigma basado en el ser humano como co-habitante de un entorno, no como dueño; una revalorización de las relaciones y producciones a escala humana, sin que la ambición defina y vicie dichas relaciones.

Entonces, ¿Qué camino elegimos hacia el “desarrollo”?

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