Uno de los grandes contrastes que tenemos en América Latina es que siempre hablamos de economía, nos quejamos de nuestra situación económica pero muy pocos realmente estudian y comprenden lo económico. Al bajo nivel educativo que nos caracteriza, tenemos que sumarle la escasa educación financiera y el desconocimiento general de cómo funcionan los mercados, con sus grandes injusticias y sus oportunidades. Es así que logramos ecuaciones que parecerían imposibles, como países ricos con su gente en la pobreza, trabajadores incansables que le dedican todo su tiempo al trabajo sin lograr la calidad de vida que anhelan, así como riquezas naturales que generan ingresos millonarios que no se reflejan en la gente.
Más que educados para la economía, parece que estamos ante generaciones instruidas para el consumo, para el gasto, para satisfacer necesidades artificiales. De ahí que sea tan complicado hacer entender la importancia del ahorro y la inversión estratégica para mejorar un país, y tan sencillo incentivar el endeudamiento para cubrir deudas o para vivir momentos artificiales que tarde o temprano se pagan. Tanto a nivel individual como a nivel país, resulta demasiado fácil adquirir la deuda sin el compromiso del uso planificado de los recursos en busca de resultados beneficiosos. Como si el beneficio fuera algo propio y la responsabilidad algo ajeno, como si el gasto nuestro lo tuviera que pagar alguien más.
Tanta educación falta, que todavía hay quien cree que "agiliza" un trámite mediante un soborno, cuando en realidad lo que hace es encarecer un trámite, enriquecer a un corrupto, dañar el sistema y minar la confianza para cualquier emprendimiento. O los que creen que hacen bien cuando se basan en una cadena de favores a parientes, amigos y compadres en lugar de priorizar la capacidad, el profesionalismo y la justicia. Creen que se cuidan unos a otros al contratar a quien no está preparado para un puesto, cuando en realidad lo que hacen es dañar la economía de todos, dejando un reguero de ineptitud, poca productividad y corrupción.
Nos cuesta tanto entender que no basta con echarle la culpa al gobierno o al vecino por lo que nosotros mismos hacemos mal, sino que debemos exigir en la misma medida que construimos algo. En países marcados por décadas de corrupción y malos manejos, necesitamos mucho más que la queja: hay que recuperar la voz de los que saben y aprender a planificar en forma estratégica, con visión de largo plazo. Nos urge pasar de las sociedades del despilfarro a las sociedades de la inversión visionaria.
Si algunos países erradicaron la pobreza sobre la base de la educación, una idea revolucionaria sería enseñar economía a todos con miras que se aprenda a valorar el empleo, la formación, el ahorro, la inversión, el uso correcto de recursos y la innovación. Con gente que entienda cómo funciona la economía podemos transformar el escenario actual, en donde unos pocos se enriquecen a costa de la ignorancia de muchos.