En estos días escuchaba a un dirigente sindical de las empresas básicas de
Guayana, preguntarse con indignación cómo era posible que con el petróleo en
más de 100 dólares, lo que imperara en su mundo laboral fuera el caos: salarios
atrasados, comedores desabastecidos, implementos faltantes, supervisores
ausentes; en fin, el desmadre generalizado que el periodista Damián Prat
presenta en sus reportajes semanales sobre la situación guayanesa.
Pero lo más llamativo del comentario del sindicalista fue la afirmación de que
esos problemas muy rara vez ocurrían cuando, por ejemplo, el petróleo estaba en
menos de 10 dólares... Y claro, la diferencia estriba en que ahora Venezuela es
un país canibalizado por la depredación continuada de la montonera de asalto
que viene desgobernando desde hace años, y además la víctima más abusada es el
propio Estado nacional.
¿Es que acaso hay un sector de la actividad estatal que se haya salvado de la
canibalización bolivarista? ¿Cómo explicar el fenómeno de la ruina productiva y
la multiplicación de la deuda, en medio de una caudalosa y prolongada bonanza
petrolera, sino por el efecto de la canibalización política y económica? ¿Por
qué el Metro es un desastre, y el sistema eléctrico otro tanto, y la
infraestructura vial se desmorona, y las refinerías explotan una semana sí y
otra también?
¿La canibalización de las instituciones no tiene nada que ver, por ejemplo, el
aumento voraz de la violencia social, o con el quiebre definitivo de servicios
públicos esenciales? ¿Por qué nuestro país ha pasado de ser uno de tradicional
inmigración a otro de emergente emigración, y sobre todo de muy valioso capital
humano?
Pues por lo mismo. Venezuela que era un país con enormes y antiguos problemas,
todavía no ha llegado al estadio de catástrofe humanitaria por el chorro de
petrodólares que, mal que bien, mantiene abiertas las cuatro taquillas
bolivaristas, vale decir, la burocrática, la cambiaria, la militar y la
internacional. Si no fuera por ese caudal, las consecuencias del
malbaratamiento de las oportunidades históricas de esta década, ya serían de
gravedad subsahariana.
Estas cosas hay que decirlas, aunque a algunos mercadotécnicos de moda les
parezcan "políticamente incorrectas". Y hay que decirlas, primero
porque son ciertas, y segundo porque no se debe alimentar la ilusión de que una
posible victoria opositora en el 2012, hará que todo sea "felicidad en el
jardín", como dirían los ingleses. El abismo por donde va cayendo el país,
con Estado y sociedad incluidos, exige que de la demagogia roja no pasemos a
una multicolor.
De un presente destructivo a un futuro con opciones de reconstrucción, hay un
trecho muy accidentado y traicionero. Y para recorrerlo hay que reconocer las
realidades, por más duras y ominosas que sean.