La
democracia en los países comienza a defenderse desde las instituciones. Las
instituciones son las responsables de cumplir y hacer cumplir los principios
básicos de cualquier democracia. Cuando un ministro –como fue el caso del
impresentable ex ministro Rodrigo Rato-
sale en los medios de comunicación advirtiendo de los perjuicios que causa a la
sociedad defraudar a Hacienda y ataca a los posibles defraudadores, los
ciudadanos nos lo creemos y confiamos en él y en sus actuaciones. Cuando luego
nos enteramos de que el primer sinvergüenza, caradura y presunto “ladrón” es
precisamente la persona encargada de mantener a raya a los defraudadores, se te
queda cara de gilipollas. A medida que vamos sabiendo gracias a la prensa y a
las actuaciones policiales y judiciales que los nombres de los mayores ladrones
de este país están en la banca, en las grandes empresas y en los respectivos gobiernos
-ya sea nacional, de las comunidades autonómicas o de los ayuntamientos-, nos
vamos dando cuenta de que en España los que gobiernan, los que mandan, lo hacen
con el único fin de favorecerse a ellos mismos y a sus esbirros, que en todas
las ocasiones son compañeros de partido, familiares o amigos; en cualquier caso,
gentuza sin dignidad ni escrúpulos, sin moral ni integridad, sin ética ni
valores; es decir, simples bestias.
Ahora
–para acabar de rematar la faena- nos enteramos de que los responsables del tan
alabado colectivo de funcionarios públicos Manos Limpias y los responsables de la
Asociación de Usuarios de Servicios Bancarios, Ausbanc, constituían una especie
de mafia de tipos trajeados y con aire elegante, una organización criminal que
presuntamente practicaba la extorsión, la estafa,
la administración desleal y el fraude en las subvenciones. Precisamente,
todo lo que perseguían.