"Pintar es una
ciencia y debería hacerse como una investigación de las leyes naturales"
John Constable, pintor
inglés (1776-1837)
El Dr. Roald Hoffmann es
un profesor Emérito de la Universidad de Cornell que en 1981 fue galardonado
con un Nobel por sus teorías concernientes al curso de las reacciones químicas.
En ellas expande las Reglas de Hückel, las cuales, intentan explicar las
características específicas que tienen los compuestos aromáticos (con muchos
electrones estables en sus estructuras). Sin embargo, dentro de esta mente tan
compleja, también se encuentran una gran curiosidad y la motivación por
adquirir nuevo conocimiento, sentimientos que muchos de nosotros seguramente
hemos portado en algún momento de nuestras vidas.
Así como cuando un niño
se familiariza con nuevas texturas de la naturaleza, el interés del Dr. Roald
Hoffmann por la naturaleza le ha llevado a investigar uno de los fenómenos más
impresionantes de la naturaleza: El Color. Algunos lectores críticos pueden
pensar de manera válida que el color se encuentra sujeto a un observador, lo
cual es totalmente cierto pero valiéndonos de la premisa de que la mayoría de
los lectores del Uróboro de Kekulé, salvo desafortunadas excepciones, han
apreciado este curioso fenómeno al observar cada contraste de su pintura
favorita o discriminando la pasta roja de la verde en una fiesta familiar, me
permitiré continuar con el artículo que espera ser de su agrado, ya que Usted
es el mejor amigo del blog.
Recientemente, la
importante revista alemana Angewandte Chemie publicó un artículo titulado
"From Maya Blue to “Maya Yellow”: A Connection between Ancient
Nanostructured Materials from the Voltammetry of Microparticles" al que
inmediatamente he accesado como si se tratase de tickets gratis para ver la
nueva película de los X-Men. En el artículo se abordaba el contexto histórico
del Azul Maya, el cual es un pigmento ampliamente utilizado en murales,
cerámica, esculturas y en obras de arte de la antigua Mesoamérica y, más
específicamente, de aquella misteriosa cultura precolombina ubicada en el
sureste mexicano.
Pero se preguntarán ¿qué
tiene de especial este pigmento azul que fácilmente puedo hacer mezclando
colores acrílicos o acuarelas adquiridos en alguna papelería? La respuesta ha
llamado la atención a numerosas revistas internacionales de Química Inorgánica,
Nanopartículas y Bioquímica. Los lectores que se ubican en alguna región del
sureste mexicano sabrán que el estado del tiempo es variable dependiendo de la
época del año, en primavera pueden alcanzarse temperaturas de 33°C en promedio
y en invierno hasta de -5°C, pasando por numerosas lluvias (humedad elevada).
Además, México cuenta con una amplia gama de microorganismos que se alimentan
de la biodegradación de materiales orgánicos (algunos pigmentos incluidos).
Estos lectores seguramente han sufrido de la decoloración de sus prendas
favoritas, de su automovil o incluso de su hogar.
Los factores mencionados
en el párrafo anterior harían que la mayoría de los colorantes se degradaran
con el paso del tiempo o implicaría la adición de grandes cantidades de metales
para hacerlos más resistentes (traducción: más dinero y más protestas de Green
Peace y GEO Juvenil Veracruz). Sin embargo el Azul Maya es un colorante que ha
sobrevivido a más de 2000 en las obras creadas por esta cultura, manteniendo en
muchas de ellas, la misma intensidad con las que fueron elaboradas en un
inicio. Ahora surgen la preguntas ¿De qué manera logra mantenerse plasmado este
color? y ¿Cómo descubrieron los Mayas esta técnica?
Primero que nada, debemos
saber que un "colorante" no es más que una molécula o conjunto de
moléculas que absorben "algo de luz y reflejan otro poco. Esa luz que
"rebota" sobre la(s) molécula(s) es la que nuestros ojos humanos
perciben y transformamos en "color". El Azul Maya se logra con dos
ingredientes principales. El primero de ellos es el colorante azul índigo que
se extrae de las hojas de una planta llamada añil o xiuhquilitl (hierba azul).
Muchos de los colorantes que conocemos también se obtienen de fuentes
naturales. Usando únicamente el índigo podríamos crear objetos con colorido
intenso y con un periodo de vida considerable. No obstante, no durarían los más
de 2000 años del Azul Maya...
Es el otro ingrediente
del Azul Maya el que le otorga el toque fascinante al arte de la cultura Maya y
que ha permitido su conservación en sus obras de arte: la Paligorskita, éste es
un mineral que guarda la apariencia de arcilla o tierra batida. Su fórmula
molecular (para los lectores estrictos) es (Mg,Al)2Si4O10(OH)·4(H2O), así es,
es una molécula inorgánica (que no contiene carbonos en su estructura).
La "magia" de
la cultura Maya reside en la manera en que interaccionan el azul índigo y la
paligorskita, es decir, su química. Actualmente no se han encontrado fuentes
etnográficas explicando la preparación del colorante, sin embargo, gracias a
distintos métodos como Espectrofotometría UV-VIS, Difracción de Rayos X,
Análisis Térmico Diferencial, IR-Raman, entre otros, es posible imaginar de qué
manera interaccionan los dos ingredientes y cómo fueron preparados por los
mayas.
El primer autor que se
propuso investigar el fenómeno fue H. van Olphen y su investigación le valió
una publicación en la importante revista Science. Él propuso dos métodos: uno
en seco (A + B) y otro en húmero (A + B + Agua), en ambos calentaba la mezcla
entre 120 y 180°C. Antonio Doménech y su equipo llegaron a la conclusión de que
el Azul Maya pudo haber sido sintetizado en el contexto de rituales religiosos
(quemando incienso de copal para producir calor) como un color de dioses.
Otro estudio llevado a
cabo por el grupo de Polette-Niewold, nos acerca más a la técnica real para su
preparación: ellos además de calentar las mezclas, añadieron soluciones
alcalinas y ácidas para observar si el pH jugaba algún papel. Como se muestra
en la imagen, visualmente el azul preparado con pH neutro (7 o como el agua que
tomamos) o ácido (menos de 7, como nuestro jugo de naranja por las mañanas) es
el que más se asemeja al Azul Maya auténtico, por lo que se cree que el Añil se
dejaba remojar una noche antes con agua y jugo de limón para obtener un color
más intenso antes de añadir la paligorskita.
De esta manera, los
químicos actuales pudieron sintetizar el Azul Maya de la manera más parecida a
como lo hacían nuestros antepasados. Sólo quedaba una pregunta por resolver: ¿A
qué se debe la gran estabilidad del colorante ante todas las condiciones
adversas? La respuesta todavía es debatible, sin embargo, una teoría sobresale
de las demás.
En la imagen superior es
posible apreciar la interacción de la molécula de índigo (discos
grises/blancos/rojos) con la paligorskita. El mineral tiene una estructura
molecular que forma "canales" entre sí en donde es posible que el
colorante se deposite parcialmente. Es por ello que el mineral actúa de la
misma manera que un escudo, protegiendo al colorante. Las dos moléculas se
"amarran" debido a la fuerte interacción entre el aluminio del
mineral con los átomos de nitrógeno y oxígeno presentes en el colorante y, de
esta manera, el colorante Azul Maya es formado.
Inicialmente escribí
acerca del Dr. Roald Hoffmann debido a que es uno de los pocos químicos
(exceptuando a los Mayas) que han logrado unir la química orgánica (moléculas
con carbono como el índigo) con la química inorgánica (moléculas sin carbono
como la paligorskita) como lo demostró en su discurso al recibir el Premio
Nobel titulado "Construyendo Puentes entre la Química Orgánica e
Inorgánica"; ambas son interesantes, sin embargo, cuando se unen pueden
crearse obras de arte como el Azul Maya.
Con este párrafo me
despido de Ustedes, estimados lectores del Uróboro, espero que esta nota haya
sido de su interés y les haya hecho valorar la importancia de preservar nuestra
cultura como sociedad, ya que con ella forjamos una identidad que puede ser un
objeto fácil de estudio de cualquier revista científica internacional. Si
tienen la oportunidad de visitar las ruinas de Chichén Itzá no olviden buscar
un Azul Maya, seguro lo encontrarán.
Pueden encontrarme por Twitter: @wimblegon