Hace unos cuatro
años -mucho antes de que se fundase Podemos y de que Ciudadanos diese su salto
a la política nacional- escribí varios artículos sobre la
más que posible lenta agonía y desaparición del PSOE de seguir con su falta de
ideología. En las últimas elecciones generales, el principio de ese fin comenzó
a hacerse visible, con el peor resultado cosechado por el PSOE en toda su
historia. Ayer, con la decisión de Pedro
Sánchez de aceptar el encargo del Rey de someterse a la investidura, quedó
de nuevo evidenciado que al actual PSOE lo único que le importa es el poder, sin
tener en cuenta la ideología o el programa, lo que supone sin duda el fin de
cualquier partido. Su posible coalición con Podemos en el gobierno puede hace
que terminen definitivamente fagocitados. Y lo mismo que le pasa con Podemos,
le pasa con los partidos nacionalistas.
Uno de los
mayores errores del PSOE a lo largo de su historia ha sido pensar que aquellos
que tienen un enemigo común son amigos. Nada más lejos de la realidad. Cree el
PSOE –y siempre lo ha creído- que todos los partidos contrarios al PP son
amigos del PSOE. Gracias a eso, el PSOE, durante sus años de gobierno, se apoyó
en los partidos nacionalistas en Galicia, el País Vasco y Cataluña y cedió a
estos un sinfín de privilegios, fomentando el radicalismo nacionalista. Ahora
estamos donde estamos gracias a ese estúpido pensamiento, ya que cualquier
persona con un mínimo de cultura sabe que los partidos nacionalistas no son
progresistas, sino ultraconservadores y, en muchos casos, próximos al fascismo.
Si un nacionalista español es un fascista, uno catalán, vasco o gallego no lo
es menos. Esto es pura aritmética.
Dicen Pedro
Sánchez y Pablo Iglesias que en las
últimas elecciones España votó por el cambio. Hasta donde yo sé, España eligió
como partido más votado al PP. Y como segundo partido, al PSOE, lo cual no
supone cambio alguno. De hecho, incluso haciendo sumas, los partidos considerados
progresistas –PSOE, Podemos e IU- han logado 11.643.131 votos, mientras que los
partidos más conservadores –PP y Ciudadanos- han logrado 10.715.976 votos, una
diferencia de tan solo unos 900.000 votos, lo cual tampoco significa que España
haya votado mayoritariamente un cambio progresista. Por otro lado, viendo el
comportamiento de Podemos -anteponiendo los cargos a las políticas, aumentando
sus cuentas bancarias, colocando a sus amigotes sin preparación en cargos
políticos- parece que a Pablo Iglesias y a sus colaboradores les gusta tanto el
“viejo poder” como al PSOE y al PP. Incluso ya comenzaron a tener presuntos casos
de corrupción en sus filas antes de haber gobernado. Todo un récord.
El principal
problema hoy en día en la política española es que todos los políticos se han
convertido en presuntos corruptos. Casi nadie se fía ya de ellos. Miembros del
PSOE y del PP –junto con sus colaboradores externos- han robado una ingente
cantidad de dinero al estado español. Y lo siguen haciendo. Y sus dirigentes
siguen defendiendo directa o indirectamente a quienes lo hacen. Tampoco parecen
fiables los miembros del tercer partido más votado, Podemos, que predican una
cosa y hacen otra bien distinta. Visto así, da la sensación de que el próximo
gobierno que salga en España no será progresista, sino continuista: se irán
unos para ponerse otros, pero parece que el gusto por el poder, el sillón
cómodo y el dinerito fresco seguirá siendo la tónica de la próxima legislatura.
Hasta que no aumenten las penas por corrupción, hasta que no persigan el fraude
hasta las últimas consecuencias, hasta que no prohíban las puertas giratorias,
ninguno de ellos es fiable.