La séptima
entrega de la saga Star Wars -The Force Awakens, La Fuerza Despierta- ha
logrado un milagro en la opinión pública: en las reuniones familiares o de amigos
ya no se habla sólo de política, de economía o de sucesos sangrientos; todos
hablamos de R2-D2, BB-8, Han Solo, la princesa Leia, Chewbacca, Luke Skywalker…
todos volvimos a ser niños.
“Es bueno
renovar las fuentes de asombro, dice el filósofo. Los viajes intersiderales nos
han convertido de nuevo en niños”, afirmó el maestro de la ciencia ficción Ray
Bradbury en sus Crónicas marcianas. Y
es que después de tanta inflación, corrupción y ataques terroristas, la
humanidad necesitaba un respiro para volver a ver hacia las estrellas.
Cuando el
dinero no libera, el sexo aburre y la muerte no transforma, sólo nos queda
soñar, volver a recordar los mitos primigenios para retomar el rumbo. Ya lo advierte
en la cinta Maz Kanata – esa especie de versión femenina de Yoda-: hemos estado
por mucho tiempo corriendo la arruga de la batalla que debemos finalmente
enfrentar, debemos volver a casa para librar nuestra batalla personal entre la
luz y la oscuridad.
Desde su
estreno he visto la película varias veces –en sus formatos 2D, 3D y 4D-, y en
todas he notado algo, las personas ríen, sufren y se asombran con las mismas
secuencias. Esto me hace pensar que somos en realidad una sola entidad emocional
que ocupamos temporalmente diversos cuerpos. La historia logra tocar una fibra ancestral
que se mantiene latente y que es activada periódicamente para recordarnos
nuestro luminoso destino.
En una ocasión
detrás de mí estaba una pareja con su hija pequeña: el hombre se notaba que era
un fan de la saga pues contestaba acertadamente a las continuas interrogantes
de la niña y corregía las equivocaciones de su esposa. El pater familias recobraba su papel atávico frente a la moderna
fogata a la que acudimos a escuchar historias: corregir y enseñar, ese es su
papel. Estoy seguro que ese padre durmió más profundamente esa noche luego de
ver la cinta, como cuando se cierra un círculo de nuestra gestal psicológica
que estaba abierto por un tiempo prolongado.
Pero si nos
seduce reconocer que formamos parte de una fuerza dual que amerita encontrar el
equilibrio, hay otro aspecto de la película que nos afecta aún más: la tensión psicológica
con nuestro padre y la necesidad que tenemos de “matarlo” simbólicamente para que
nuestra psique alcance nuestra autonomía.
Hace 38
años nos estremecimos cuando Darth Vader le dijo a Luke Skywalker: “Yo soy tu
padre”. Hoy volvemos a conmovernos cuando Kylo Ren le pide ayuda a Han Solo
para seguir el camino que se ha trazado en su lucha personal contra el lado
oscuro de la fuerza.
Y mientras
esos dramas se desarrollan en la pantalla, en nuestra alma algo hace click; se
despierta el trauma primordial de nuestra infancia para confrontarlo nuevamente
y decidir si queremos seguir adelante sin miedo a la luz o permanecemos
atemorizados presos de nuestra propia oscuridad.
Como instructor
de un taller de escritura creativa por siete años lo que más me impresiona es
notar como una historia tiene el poder de trascender barreras generacionales y alimentar
la flama vital que nos invita a asombrarnos nuevamente pese al somnífero abrumador
del consumo y el descarte. Star Wars
ha vuelto, la fuerza ha despertado.
Por @Joaquin_Pereira