Max Weber (1864-1920), economista y sociólogo alemán, decía que había una estrecha relación entre la forma de comportamiento de los protestantes y los resultados que se veían en materia económica. En su famoso libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, establecía ciertos hábitos y comportamientos de los protestantes que favorecían el éxito en cuanto a emprendimientos económicos. La austeridad, la convicción de que el trabajo es necesario, la racionalidad, entre otros, son rasgos que propician un buen desempeño en el mundo laboral y en la generación de riqueza.
Si intentáramos establecer una relación entre los hábitos y costumbres
inherentes a la cultura paraguaya y la proyección hacia la economía, la gran
pregunta que deberíamos hacernos es cómo nuestra forma de comportamiento incide
en la generación de riqueza y en la proyección económica. Y al pensar en esto,
debemos hacer un balance de nuestras actitudes hacia temas fundamentales como
la educación, la innovación y la capacidad de emprender proyectos.
En este sentido, uno de los aspectos nefastos para el desarrollo de la economía
es el conformismo. En una sociedad de individuos conformistas, en donde el
deseo de superación e innovación no detonen el desarrollo, la capacidad de
crecimiento que se tiene es siempre muy limitada. Los paraguayos tenemos mucho
de conformistas cuando como respuesta a un conflicto nos resignamos a decir que
“así nomás luego tiene que ser”, o al hacer siempre las cosas a medias (vai vai) bajo la consigna de los
que demás también hacen lo mismo. El mal hábito de no querer progresar se
percibe cuando se busca la manera de echarle la culpa a otro de lo que uno
mismo no es capaz de hacer, como si con eso se lograra erradicar los problemas.
Si analizamos el comportamiento que se tiene en cuanto a la valoración de la
educación en el país quizá comprendamos muchos de los males que se reflejan hoy
en el entorno económico. La desidia y el desinterés de los gobiernos hacia el
sistema educativo conllevan una mala o escasa formación de profesionales, malos
niveles de competitividad y, por ende, bajas probabilidades de lograr un
desarrollo económico que combata efectivamente la pobreza, la desigualdad y la
marginación. Lo mismo ocurre con la actitud de la gente: cuando un joven no se
toma en serio su formación, cuando el proceso educativo se vuelve un ritual y
cuando sólo se busca dar un cumplimiento formal al paso por un aula, sin
desarrollar competencias ni habilidades, el resultado se traduce en la
formación de futuros desempleados, de trabajadores poco competitivos y de
ciudadanos con malas aptitudes para emprender proyectos.
Al hurgar en nuestros hábitos no podemos dejar de ver que el andar cansino, la
despreocupación y la tendencia a conformarnos con lo que tenemos tienen efectos
nocivos para la proyección económica.
Sin embargo, cuando pensamos en algunos rasgos que a menudo resaltamos en las
batallas deportivas, como el sacrificio, la entrega, la resistencia y el coraje
de enfrentar a rivales poderosos con la confianza puesta en la propia
capacidad, deberíamos buscar la relación con el accionar cotidiano y con la
forma en que pueden convertirse en fuentes dinamizadoras de la economía y de
nuestra capacidad de hacer. Esa actitud voluntariosa, desafiante, pretenciosa y
hasta soberbia, deberíamos enfocarla hacia cuestiones fundamentales para el
país: desde mejorar todos los procesos educativos hasta la capacidad de
emprender, innovar y ser competitivos en cada uno de los trabajos que nos toque
desempeñar. Hay que ser más intolerantes con vicios como la pereza, la desidia
y la corrupción. Y en contrapartida hay que apelar a la cultura de la crítica,
de la exigencia y del sacrificio por encima del facilismo, el compadrazgo y el
amiguismo.
Nuestros hábitos y nuestros comportamientos no sólo dicen quiénes somos, sino
que definen muy claramente hacia dónde queremos ir. Si prevalecen los rasgos
malos, no podemos esperar más que malos resultados en la economía. En cambio,
si incubamos las buenas actitudes y las convertimos en el motor de la economía,
los resultados seguramente nos recordarán las reflexiones de Weber.