Hace
unos días, en referencia a una noticia sobre una pelea entre dos chicas
adolescentes grabada y subida al canal Youtube, un experto en no sé qué decía
en un informativo de televisión que la violencia era un problema que surgía en
la escuela y que había que abordarlo desde las aulas. Por culpa de gente así,
la escuela de hoy en día se ha convertido en un triste estercolero que recoge
todas las miserias del ser humano. En particular, del ser humano llamado “padres”.
Si los jóvenes cogen el coche de madrugada a la salida de una discoteca, borrachos
como cubas, y causan accidentes, un experto dirá que hay que trabajar la
educación vial en las escuelas, como si los profesores y no los padres fuesen los
que les compran el coche y les dan dinerito fresco para vodka y porretes. Si en
la sociedad comienza a extenderse como un virus la obesidad y la mitad de la
población se hincha a bollería industrial y a hamburguesas, un experto dirá que
hay que tratarlo en la escuela, como si fuesen los profesores y no los padres
los que llevan a sus hijos al McDonald´s a que se llenen las arterias de bacon
y salsas. Si se descubre a través de un estudio que los adolescentes no saben
follar y las chicas quedan embarazadas a edades muy tempranas, un experto dirá
que hay que tratarlo en la escuela, como si fuesen los profesores los que
tuviesen que preocuparse por montar una boda de urgencia o un aborto de última
hora. Y así, infinidad de aspectos más. De este modo, al final, los padres no
educan ni en sexualidad, ni en alimentación, ni en respeto, ni en normas, ni en
tolerancia, ni en salud, ni en hábitos, etc., etc., delegando todo ello en la
escuela, que por su parte no puede educar en matemáticas ni en lengua ni en
filosofía ni en otra disciplina.
Sobre
la situación de la escuela de hoy en día, basta decir que si a una madre o a un
padre se le antoja, puede llevar a su hijo al colegio aunque tenga piojos hasta
en las orejas. O aunque tenga conjuntivitis, ébola, malaria o difteria. Ni siquiera
el director de un centro puede obligar a estos padres a que se lleven a sus
hijos para desinfectarlos. Cuando el derecho de una madre o de un padre irresponsables
y piojosos está por encima del derecho del resto de los compañeros a no ser
infectados y por encima incluso del poder del director, entonces no estamos
hablando de educación; estamos hablando de asistencia. Y en eso, en asistencia pura
y dura, es en lo que se ha transformado hoy en día nuestro sistema educativo.
En
nuestro país, el problema de la educación es que no hay educación. La educación
básica que los niños deberían recibir en casa –sentarse bien, saludar, no
insultar, no correr entre las mesas del restaurante, no chillar, no dar
balonazos a los cristales, recoger su ropa, hacerse su mochila, no sacar el
dedo, etc.- la tienen que recibir en el colegio, y la educación que reciben los
niños en el colegio, la destrozan los padres durante el resto de la jornada en
casa. Así, en una fila de mil alumnos europeos, todos localizaríamos a la perfección
al alumno español, que sería aquel que intenta colarse, inquieto, nervioso,
maleducado, que llama la atención, que vocifera, que no respeta el turno, que
insulta, que dice “me aburro” o que grita como un descerebrado “no me da la
gana”… Ese, y no otro, es el problema de nuestro sistema educativo, y hasta que
eso no cambie, no lo mejorará ni mil cambios de ley ni un millón de estándares
de aprendizaje.
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