Tras
las elecciones autonómicas celebradas hace unas semanas, la ley de educación
–conocida también como la ley Wert- parece que está en peligro. A tres meses
para el inicio del próximo curso escolar 2015-2016, la nueva ley del ministro
de Educación puede que no entre en vigor en algunas comunidades autónomas, que
se han rebelado contra la aplicación de esta norma. Esta ley educativa no gusta
en Andalucía, ni en Asturias, ni en Canarias, ni en Castilla-La Mancha. Tras un
año de funcionamiento en los cursos impares de Educación Primaria, Cataluña y
el País Vasco ni
siquiera la han implantado ni han aprobado aún los desarrollos curriculares de ninguna
de las etapas. Por otro lado, sólo cuatro comunidades autónomas -Madrid, Castilla y León, Baleares y Aragón- han
aprobado la normativa correspondiente a Secundaria. Por si esto fuera poco, el PSOE ha reiterado en infinidad de ocasiones
que, si llegan al gobierno central en las próximas elecciones generales, derogarán
la ley Wert de inmediato, con lo que tendrían que legislar una nueva; la octava
ley educativa de la democracia. No hace falta decir que ocho leyes de educación
en treinta y cinco años no solo es una aberración y un despropósito sino que,
además, es una absoluta irresponsabilidad. Tanto cambio de ley –una cada cinco
años- afecta negativamente al sistema educativo y a la educación que reciben
los alumnos –lo cual se demuestra claramente en las evaluaciones externas
internacionales-, pero además desmotiva absolutamente al profesorado, que no se
ha adaptado a una ley cuando ya llega otra, como en una sucesión de olas. Y es
que la educación en nuestro país no tiene un interés meramente educativo, sino
un interés primordialmente político.
Qué
duda cabe que quien controla la educación controla el poder. Y qué duda cabe
también que quien promueve la incultura entre la sociedad tiene más
posibilidades de controlar a una masa de analfabetos. La cultura y la educación
en los individuos provoca preguntas e interrogantes, y ningún gobierno corrupto
y plagado de seres poco cualificados quiere una sociedad culta que lo
cuestione. En este sentido, y a pesar de los intereses políticos de cada cual,
hay que reconocer que tanto el PSOE como el PP son iguales. Ni la ley Wert es
el demonio ni la ley del PSOE, la panacea. Durante sus años en el gobierno,
tanto el PP como el PSOE han aprovechado la ley de educación para implantar su
cultura moral. Por si esto fuera poco, gracias al desarrollo curricular que la
ley les permite a las comunidades autónomas, algunos gobiernos han aprovechado
para incorporar en su currículo un sentimiento tribal, cuando lo lógico sería
que la educación en un país no dependiera de las comunidades sino del gobierno
central y que fuese igual en todo el territorio. Esto evidencia que todos los
partidos políticos han jugado hasta ahora con la educación para generar seres
adeptos, no seres educados. Y eso ha sido gracias a que, para hacer las leyes
de educación, los gobiernos han contado con presuntos expertos bien
subvencionados, fieles a las ideas de los partidos y, también, fieles a sus
intereses personales, ya que gracias a las nuevas leyes muchos de ellos han
publicado y vendido libros como churros. Para hacer una buena ley de educación que
dure años en España no queda más remedio que contar con el consenso de todas
las fuerzas políticas y de expertos imparciales. De otro modo, cualquier nueva
ley de educación está abocada al fracaso.
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