Estaba
casi convencido de que las genialidades eméritas del anterior presidente
Zapatero eran simples ocurrencias de marca exclusiva. Pero estaba equivocado.
La irrupción pedante y altanera de Pedro Sánchez en la cabecera del PSOE ha
vuelto a destapar el frasco de las ocurrencias simplistas. Algo así como si el
señor Sánchez estaría descubriendo una nueva y original fórmula de gestionar
los tiempos de la política.
Son numerosas las
geniales patochadas que con rotunda firmeza ha ido desgranando el señor Sánchez
desde que asumió el liderazgo que ejerce. Tan alucinantes y desmesuradas han
sido algunas de las inspiradas propuestas que ha tenido que rectificarse al
poco tiempo de emitirlas.
Don Pedro Sánchez llegó
a situar el independentismo y la violencia machista al mismo nivel con la
consideración de “desterremos palabras como crisis, violencia de género o
independentismo”. En otra de sus fogosas intervenciones anunció que sobra el
Ministerio de Defensa, o también que quería funerales de Estado “para todas las
víctimas de la violencia de género”. En otra de sus intervenciones manifestó
querer a “Cataluña como nación”.
Si bien
toda esta serie de manifestaciones espontáneas pueden considerarse oratorias
de tribuna en contienda política, la ocurrencia más brillante por desproporcionada, cerril, ruin, sectaria, de
menosprecio, de cutre rigor intelectual, de inmaduro pensamiento y totalmente impropia
de un demócrata, ha sido la decisión esperpéntica de condenar al Partido
Popular al más riguroso de los aislamientos. Algo así como si los líderes, militantes y simpatizantes de ese partido
fueran unos apestados. La ignominiosa ocurrencia fue además agravada con el
repugnante matiz de poner en el mismo nivel a los populares con los proetarras
de Bildu.
El secretario socialista, Pedro Sánchez, está en su perfecto
derecho de hablar, entenderse, suscribir o acordar asuntos con quienes considere
oportuno. Pero lo que no es normal, ni ético, ni educado es que una persona que
se proclama demócrata, demanda respeto, y defiende el diálogo entre las
personas, proponga medidas sectarias, radicales y carentes de ética para intentar aislar y anular a unos
adversarios políticos, nunca enemigos, que cuentan con el aval, el voto y la
confianza de millones de ciudadanos.
Tengo la sospecha plena de que tal irracional propuesta de
aislamiento y de desprecio le puede acarrear al dubitativo secretario
socialista, Pedro Sánchez, contratiempos indeseados en su futuro político.