España es uno de los países europeos con uno de los niveles más bajos en educación.
Al margen de maravillosas y extraordinarias teorías y explicaciones sobre este
asunto, lo que es evidente es que en nuestro país la educación no se valora. Sé
que muchos se echarán las manos a la cabeza y dirán que es mentira, pero solo hay
que visitar los países más civilizados para darnos cuenta de que el nuestro no
lo es. En España no se valora la educación; ni la formal —la de los colegios e
institutos— ni la informal —la de la propia familia—. Conocedores de esta
situación y de la escasa movilización de
los sectores implicados para defender algo que en realidad no importa, el
actual ministerio de Educación —con el extraño personaje José Ignacio Wert a la cabeza—, ha decidido que ya está bien de
gastar dinero en educación y ha pasado a ingeniar un plan de actuación para recortar
gastos sin que nadie se entere.
Hace ya unos cuantos meses, algunas comunidades autónomas comenzaron a contratar
a dedo a profesores nativos del reino Unido y de Irlanda para dar asignaturas en inglés, esa nueva moda tan propagandística
como inútil. La mayoría de estos profesores ni siquiera sabían hablar español.
Otras comunidades también comenzaron a contratar a nativos en lengua inglesa
como auxiliares de conversación, muchos de los cuales ni sabían español ni
tenían siquiera formación académica alguna, que es algo así como contratar a Belén Esteban para ser lectora de
español sencillamente porque ha nacido en España.
No contentos con eso, hace unas semanas nos enteramos de que el ministerio
de Educación había aprobado un programa para que 2.000 titulados universitarios
dieran clases de apoyo en los colegios públicos. La
secretaria de Estado de Educación, Monsterrat
Gomendio, una lumbrera del asunto, explicó a la prensa que los futuros
becarios acudirían a centros especializados en alumnos con necesidades
especiales o que tuviesen una alta proporción de alumnos repetidores. Es decir,
que la educación compensatoria —que es la destinada a garantizar la equidad— y
la Pedagogía Terapéutica —que es la destinada a atender a alumnos con algún
tipo de deficiencia— van a pasar de estar en manos de especialistas a estar en
manos de becarios, una medida digna del mayor de los estúpidos o del peor de
los temerarios.
Según los datos oficiales del
Ministerio de Hacienda, en los dos últimos años se han ido al paro 25.000
docentes. Esto supone un 4,75% menos de plantilla. Todos ellos son
especialistas, formados en Universidades, con experiencia laboral —ya que la
mayoría han sido interinos— y muchos poseen el B1 o el B2 de algún idioma. Y,
lo que es peor, casi todos ellos son necesarios. Lo que sucede es que, debido a
esa cualificación, todos ellos son más caros que un becario o que un nativo
británico que viene a España para cobrar un sueldo que bien podría cobrar un
español, y esa es la razón principal para su paulatina sustitución. Sin
embargo, lo grave no es que se tomen medidas que suponen recortes económicos o
laborales, lo grave es que se está experimentando y jugando con la educación de
los menores, especialmente con la educación y el futuro de los más necesitados
y de los más indefensos. Y eso, a todas luces, es absolutamente inaceptable.