Son muchos los que opinan de que el árbol navideño es una imagen del Iggdrasil, o árbol eje del mundo, o Axis Mundi, por provenir de países del norte de Europa, que lo veneraban como un mito central y referente obligado de toda una cultura, y en realidad de varias.
Un eje o axis viviente que sostiene y nutre los 9 mundos del
universo nórdico, además de comunicarlos. Un centro de las meditaciones de
Odin, quien se colgó de él cabeza abajo por nueve días, para entrar en su
secreta corriente de vida y hallar las runas, claves de la ciencia divina o
esotérica.
En la edad media el dato de la experiencia mística de Odin
fue llevada al sur de Europa por los vikingos y registrada en el Tarot de Marsella,
en la lámina doce, El Colgado. Justo en el siglo XIII.
Para los vikingos y los celtas el iggdrasil era un fresno, y
era objeto de culto para conectarse con los dioses. Más adelante el roble fue
un árbol que encarnaba el espíritu de Thor, Hijo de Odín. En la india existía
la leyenda del árbol del paraíso, llamado Kalpa-vriksha, que concedia todo tipo
de deseos. En Egipto el sicómoro era objeto de culto en algunas dinastías
faraónicas.
En la Biblia la Acacia es el árbol sagrado que servirá de
material para hacer el Arca de la Alianza en tiempos de Moisés. Y también lo es
para los Francmasones. El almendro es el árbol sagrado que servirá para hacer
la vara de Aarón y de Moisés. Pero la Biblia nos habla en el Génesis y en el
Apocalipsis de un árbol trascendente llamado Otz Jaim o el árbol de las Vidas,
asociado a la inmortalidad y a la sanidad de las naciones.
Según el Apocalipsis 22,2 el árbol de la vida está en el
medio o en el centro de la Nueva Jerusalén, lo cual realmente lo vincula al
concepto de Axis Mundi. Ese árbol tiene dos propiedades. Produce doce frutos al
año, uno cada mes. Y sus hojas sirven para sanidad de las naciones.
Sanidad en el lenguaje de las Escrituras es sinónimo de
salvación, tanto temporal como eterna. Paramahansa Yogananda en el libro de
Susurros de Eternidad nos habla de que del grande y sublime árbol de las
religiones del mundo, y que sus hojas
son las Escrituras del Mundo, la palabra de Dios, Luz para el alma de los
pueblos.
Esa es la sanidad de las naciones, el Verbo o Logos de Dios.
De allí que el abeto de navidad apunta a representar al árbol de la Vida del
Génesis y del Apocalispsis. Las esferas de colores son la imagen de los 12
frutos que nos menciona San Juan. Y su verdor nos recuerda la vida eterna, la
resurrección y la vida de Jesucristo. La vitalidad inagotable de Dios.
Justamente, un gran santo medieval de Britania, que viajó a
predicar el mensaje de Dios a Alemania, en el siglo VIII, cortó un roble
sagrado o un fresno y planto un abeto para simbolizar la llegada de Jesucristo
al alma de Alemania. Se llamaba San Bonifacio, cuyo nombre significa El Que
Hace el Bien, algo muy cercano al concepto de San Nicolás, el verdadero Santa
Claus. Ambos santos son Obispos. Pero San Bonifacio murió mártir en Alemania a
los 74 años. Por tanto regó simbólicamente con su sangre las raíces de aquel
abeto que planto en el alma de Alemania.
Por lo tanto el abeto de navidad es cristiano en sus
orígenes, pero tiene relaciones simbólicas con casi todas las grandes
religiones y mitologías. Y la estrella de cumbre, del árbol también es
cristiana, pues simboliza a dos estrellas del Nuevo Testamento, la que guió a
los reyes magos, y la Estrella de la Mañana que es Jesús, Luz del Cosmos,
mencionada en el Apocalpsis 22,16.