Es ya proverbial el famoso chovinismo y la grandeur de la que hacen gala en Francia, considerándose los franceses una potencia mundial de primer orden, casi a la altura de Estados Unidos. Una grandeur resumida en una pretensión absurda de dominar mundo sin tener un asidero firme. La voluntad de afrancesarlo todo y de introducir a gentes tan diversas como africanos o asiáticos en la francofonía y asimilarlos a la ciudadanía francesa es sin duda un hecho loable, pero de incidencia muy limitada: no más de 200 millones de personas hablan hoy en el mundo francés, mientras que el español lo hablan más de 400 millones. La francofonía se compone de (salvando a Francia o Bélgica) varios de los países más pobres del planeta, con ejemplos tan palmarios como Haiti o varios países africanos. La Alianza Francesa, instrumento de propaganda de la grandeur en todo el mundo, se sostiene en un activismo de millones de euros para que se estudien la lengua, su historia y su literatura, pero sin que la base social del francés crezca en cantidad ni cualidad apreciables a día de hoy.
Si algo ha caracterizado a Francia ha sido siempre su voluntad inequívoca de agrandar un papel en la Historia Universal más bien mediocre, sobre todo menospreciando y minimizando a sus vecinos, España. Si ya en tiempos medievales, Carlomagno, rey de los francos, se hizo coronar emperador por el papa de lo que después se denominaría Sacro Imperio Romano Germánico (del que ya dijo Voltaire que ni era imperio, ni sacro ni romano), el Reino de Francia restaurado tras la Guerra de los Cien Años, en 1455, se vio claramente empequeñecido por la fortaleza de la España de los Reyes Católicos, primera potencia mundial por aquellas fechas como se probará al expulsar a los musulmanes de Europa y descubrir América en 1492. Los sucesivos «reyes cristianísimos», viendo a Francia sumida en un segundo plano internacional, no tendrán el menor empacho en aliarse con los turcos para desestabilizar el orden internacional existente en los siglos XVI y XVII, a costa de lograr unas misérrimas conquistas territoriales en Europa.
Para cuando Francia puso sus pies en América, apenas pudo llevar allí a unos hugonotes a los que había expulsado porque provocaban numerosos disturbios religiosos. En Norteamérica, Francia se asentó en Canadá durante el siglo XVI, una vez que Pedro Menéndez de Avilés, Adelantado de La Florida, había rechazado a los hugonotes, pero nunca llegó a tener una población considerable, mucho más exigua que las modestas Trece Colonias que formarían posteriormente Estados Unidos. Tras el Tratado de París de 1763, el Canadá pasó a ser colonia británica. Haití, parte occidental de la Isla La Española ocupada por corsarios franceses, se convirtió en el mayor centro de esclavitud de América, así como Guadalupe o la Martinica, junto a la colonia penal de la Guayana francesa, dejan muy clara la obra francesa en América. Las aportaciones de autores como Voltaire en su Cándido o Montesquieu en Del Espíritu de las Leyes apenas reproducían los tópicos de la Leyenda Negra antiespañola al hablar de América, prueba del escaso interés mostrado en semejante aventura.
Tras la revolución francesa de 1789 que constituye el comienzo de las naciones modernas, Francia vuelve a recuperar sus sueños imperiales. Con la invasión de las tropas napoleónicas de España y la posterior Guerra de la Independencia (1808-1814) que provoca la transformación de la Monarquía Hispánica en un conjunto de naciones en España y América, formándose así la actual comunidad de naciones que denominamos como Hispanoamérica, los franceses comienzan a propagar el nombre Latinoamérica, con el objetivo de influir políticamente en el nuevo mapa político del continente americano: siendo los latinos los pueblos que más intensamente fueron romanizados (así los hispanos, los francos y los itálicos), sus pobladores en Francia, la Península Itálica o España serían, por extensión, latinos, y Francia su justo y desinteresado tutor. La aventura del Emperador Maximiliano en Méjico para gobernar el país nada menos que bajo el protectorado de Francia, es más digna de la sátira que de la Historia: fue fusilado en 1867 por los liberales de Juárez. Pese a todo, Francia quiere revivir aún hoy el sueño de Maximiliano cuando Iberoamérica se reúne con la Unión Europea y a aquélla se la etiqueta como «Latinoamérica y el Caribe», lo que permite evitar el nombre de España o de Portugal, y sirve para incluir a minúsculos territorios coloniales franceses bañados por el Caribe, como Haití, la Guayana o la Martinica.
Los sueños imperiales franceses sufrieron más humillaciones cuando en 1830 es fundada Bélgica por mandato de Inglaterra, frenando así la expansión francesa por Europa, y después a manos de Prusia en la guerra franco-prusiana. Durante la Primera Guerra Mundial, la peor parte se la llevaron los galos en la guerra de trincheras, y en la Segunda Guerra Mundial los franceses se humillaron entregándose a los nazis sin apenas resistencia, tolerando el gobierno colaboracionista de Vichy. Terminada la guerra y elevada Francia en la ONU a la condición de vencedora que jamás fue, ni siquiera en Indochina pudo el país galo ejercer su sueño imperial: en 1954 los franceses son definitivamente derrotados por Ho Chi Minh y Estados Unidos tiene que intentar resolver el caos generado por Francia en lo que hoy conocemos como Guerra del Vietnam. A los ridículos intentos de fundar un imperio centroafricano con el títere Bokassa o los más recientes en Costa de Marfil, se le suma su apoyo a los rebeldes libios que pretenden secesionar una parte de Libia, justo fronteriza con la antigua colonia francesa del Chad; en este caso, el estancamiento de la Guerra de Libia demuestra también la grandeur de una nación que presuntamente siempre aspira a dominar el mundo, aunque día sí y día también se estrella con la realidad.