Qué bien se siente llegar a la casa y ponerse cómodo, comer algo y, pase lo que pase, acomodarse frente a
esa mágica forma de ver la realidad; soñar y viajar como si de una alfombra
mágica se tratase.
Recuerdo cuando una compañera nos llevó a su casa para ver su
nuevo televisor ¡Todos maravillados mirando los dibujos animados en colores! Hoy,
tenemos pantallas gigantes con HD, podemos ver en 3D y escoger programas a
nuestro antojo con tan solo apretar un botón desde donde estemos. ¿Recuerda
cuando se jugaba al cachipun para ver quien se levantaba a cambiar de canal?
Por lo menos así lo hacíamos mis hermanos y yo.
Lo más entretenido, informativo e inofensivo que puede ser un programa
de televisión se puede transformar por completo en una amarga experiencia. La televisión puede ser un poderoso
instrumento didáctico. Gracias a ella conocemos países y gentes que tal vez
nunca lleguemos a visitar. “Viajamos” a las selvas tropicales y a los casquetes
polares, a las cimas de las montañas y a las profundidades del océano.
Penetramos en mundos fascinantes y espectaculares como el de los átomos y el de
las estrellas. Vemos noticias en directo de lo que sucede al otro lado del
mundo. Nos informamos sobre política, historia, actualidades y temas
culturales. La televisión presenta la vida de la gente tanto en momentos
trágicos como felices. Entretiene, instruye y hasta inspira pero, como casi
todo en la vida, también existe la televisión que cruza la línea y poco a poco
nos va llevando cual corriente marina hacía sus propias playas.
Todos estaríamos muy agradecidos si la televisión fuera del todo
inofensiva, pero no lo es. Y muchas
veces no estamos del todo conscientes del poderoso influjo e influencia que
tiene sobre nosotros. Mis años
trabajando en publicidad para la televisión me sirvieron para corroborar ese
hecho. A veces directa y otras más sutiles,
las campañas publicitarias hacen una real diferencia en las opciones que
tomamos día a día; el pan elegimos, el yogurt, las cremas para la cara, detergentes,
autos, viajes y un sinfín de productos nos venden día a día. ¡Y los compramos! Vamos creando una realidad con la idea de ser
mejores, tener mejor estatus y cierto “nivel” porque eso es lo que nos venden.
Hasta ahí todo “bien” o, “relativamente bien”. Porque la televisión se
ha ido ganado ciertos espacios casi intransferibles y hasta los más informados
pueden caer en un comportamiento destructivo y poco objetivo, haciendo las
veces de juez y parte. Por ejemplo: Los canales de televisión tiene sus auspiciadores.
Bancos, gobierno de país, aseguradoras, farmacéuticas, supermercados, empresas
de ritail, alimentos, marcas automovilísticas, viajes, sus mismos programas,
las empresas productoras de películas y programas, y así muchas más.
Cuando una de estas empresas está haciendo mal las cosas se presentan conflictos
de interés subsanables con la Estrategia de la Distracción. Así es. Usted no se va a enterar o se enterará
muy tarde que está tomando un medicamento que le hace daño y que la televisión
le ha vendido a todas horas, porque saldrá del mercado silenciosamente mucho
tiempo después, cuando se haya recuperado la inversión de la empresa en
cuestión. Tampoco se enterará de las malas prácticas de su banco o financiera
hasta que ya sea ineludible la noticia.
¿Por qué sucede esto si a simple vista es algo que no debe pasar? Porque
su influencia es de amplio espectro tal cual antibiótico, que en vez de eliminar
bacterias elimina la capacidad de análisis y razonamiento lógico, aturde y hace
olvidar. El autor de Television—An
International History (Historia internacional de la televisión)
dice: “Hasta detrás del programa más común o trivial subyace la sutil
influencia de la televisión”. El libro A Pictorial History
of Television (Historia gráfica de la televisión) afirma: “La
televisión está cambiando nuestra forma de pensar”.
Muchas personas conscientes de ésta poderosa influencia prohíben ver televisión a sus hijos, una de ellas es la conocida cantante Madona. ¡Sorprende verdad! Es bien sabido el alto contenido violento y sexual que reciben los niños al ver televisión y, cualquier padre o madre quiere impedir esta nociva exposición pero, es tema para otro análisis.
Los adultos vemos o, mejor dicho, consumimos la televisión, sus programas
y la publicidad, sin analizar el trasfondo.
¿Es tan delicado como para preocuparse del tema? Lo es. Es muy importante, porque
la Estrategia de Distracción consiste en desviar la
atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos
por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o
inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes.
La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética.
·
“Mantener la Atención del público
distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin
importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún
tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto
'Armas silenciosas para guerras tranquilas” Noam Chomsky)
Esta realidad quizás ya sea de su conocimiento y piense que usted se da perfectamente cuanta de la cosas. Que no le afectan. Pero al ver a ciertos periodistas en televisión, defendiendo a pie juntos una posición suponiendo que es real y verdadera, que se ha investigado en profundidad y que sus colegas con cierta trayectoria no caerían en malos hábitos, llego a la conclusión que: ésta Estrategia es del todo efectiva ¡Hasta para los que conocen la estrategia!. Y, una de las mejores herramientas para mantenerlo ocupado es el trabajo de los medios sensacionalistas.
Quizás le gusten los programas de televisión que difunden información polémica y chocante para llamar la atención, sin importar que lo distraigan de los puntos más importantes del asunto, sino que le hace reír ¡Que importa quién tiene la razón con tal de pasar un buen momento! ¿Verdad? Pero, es común que los medios de televisión y de comunicación sensacionalistas tiendan a repetir información falsa o dañina. El propósito del sensacionalismo es lo contrario de lo que dicta la ética periodística y, se centra en llamar la atención a toda costa para atraer audiencia en pos de dos fines. Primero: Beneficio económico Segundo: Manipulación de la opinión pública para beneficio de un plan empresarial, político, social o ideológico.
Mucha razón tiene Noam Chomsky en sus análisis pero ni siquiera él, con toda autoridad lingüística y trayectoria educativa, ha podido influir como ha lo han hecho los periodistas sensacionalistas y los programas de televisión que nos mantiene ocupados, sin tener tiempo de pensar que lo que vemos y escuchamos en la pantalla, es una mentira. Lo peor de todo, abusando de su fama y prestigio, hacen creer a la gente que ellos son jueces idóneos, aprovechando la morbosa curiosidad de su tele audiencia.