Pensar que en algunos lugares del mundo hay personas que no tienen la mas mínima idea de todo lo que sucede y nosotros, los aventajados e informados, vemos como los seres humanos civilizados se matan unos a otros; por causa de conflictos ideológicos, religiosos, territoriales y económicos. Por causa de las enfermedades del sistema de vida, accidentes y muertes por suicidios, la violencia y drogadicción.
A
veces no sé qué es mejor. Si vivir sufriendo
por éste triste espectáculo o, vivir ignorante de toda esta realidad y pastorear
a los animales por un campo olvidado, mientras disfruto del aire puro y el
canto de las aves o, tejiendo hamacas en una isla polinésica que no figura en
las rutas turísticas.
¿Seríamos
capaces de soportar un mundo distinto al que vivimos? Yo creo que sí, aunque parezca un sacrificio para algunos. Como siempre se dice que los seres humanos
somos “animales de costumbre” terminaríamos habituados a despertar con el canto
de un gallo y levantarnos a recoger los
huevos de los rincones de un desprolijo gallinero. Ir a sacar agua de un pozo,
mientras nos sigue un noble e inquieto perro que hemos visto crecer. Eso se llama encariñarse. Sentir además, la
sensación de estar rodeados de armonía y de paz. Despreocupados de que alguna
bomba caiga del cielo, que el banco se quede con nuestras cosas, que la
jubilación no nos alcance, que nos vayan a contagiar de gripe en el metro o,
los niños en el jardín infantil, que alcance el tiempo para almorzar, que si
tienes una mansión; no te vaya a fallar el sistema de vigilancia, que si tienes
una pequeña empresa no te vayan a fallar los proveedores para cumplir con los
clientes. En fin, una lista interminable de realidades distintas pero no menos angustiantes.
Entonces.
¿Cómo es que estamos tan encariñados con un sistema de vida en el que nada nos
pertenece realmente? Quizás, es muy
estimulante el desafío para muchos que deseamos cumplir nuestras metas y lograr
nuestros sueños. Pero vivimos trabajando para una empresa fría que nos succiona hasta médula y luego nos abandona a nuestra suerte, mientras sus dueños de turno amasan fortunas para 7 generaciones. Me refiero a
las grades empresas y a los gobiernos
humanos.
Desde
pequeña me he preguntado cuál es la ciencia de vivir en un país, tener que
identificarme con un lugar en el que no soy nadie. Sólo un número. Me he dado cuenta, eso sí, que años atrás era
un orgullo pertenecer a la cultura de ciertos países y por ende el resto del
mundo admiraba esa actitud. El famoso
sueño americano movilizó a mucha gente; por trenes, barcos y aviones. Todos
querían llegar al país que hablaba de libertad.
Hoy,
el mundo está perdiendo por nocáut. El mundo en el que vivimos está mostrando
su verdadera cara. De qué libertades
hablamos ahora, cuando somos prisioneros del miedo y de un sistema económico
ambicioso y agotador. Poco a poco se desdibuja el disfraz de buenas intenciones
y los grades ideales de un sistema que invitaba al progreso y la felicidad.
Inevitablemente
me imagino a aquellos hombres, mujeres, niños y ancianos que no tienen idea de las cosas que están pasando, viven más
sabiamente que muchos de los que creemos que somos privilegiados por contar con
las comodidades del progreso. Pueblos y lugares apartados de las grandes urbes;
olvidados por la mano del hombre pero bendecidos por la mano de Dios que al
verlos a través de fotográficas y videos de turistas aventureros, nos provoca conocer o vivir ahí. ¡En esos
lugares, existen esos grupos de personas que viven su día a día desconectados
de toda información! A veces los envidio. Dicen que no existe envidia sana, por
lo tanto debo estar tan enferma, como cada uno de los que tenemos que respirar
aire contaminado, tomar bebidas de dudosa reputación, alimentos con “pequeños”
grados de toxinas aprobados por sistemas de salud que son parte de la mega
empresa.
Siempre,
sobre todo cuando actuamos con sano juicio y madures, los seres humanos queremos
lo mismo, entre otras cosas, trabajar para obtener bienestar y ser
feliz. A veces, sin importar si tenemos todo lo que nos exige éste sistema, deseamos disfrutar después de nuestro duro trabajo y apartarnos de todo. Desconectarnos e ir a recorrer un paraíso,
aunque sea por unos días. Sacrificamos todo, para vivir ese pequeño sueño. ¡Qué ironía de la vida!
Por
ahora, disfrutemos la alegría de vivir y seguir soñando. Aún sufriendo injusticias y graves
dificultades, mientras estamos vivos existe oportunidad.