El declive lento pero sostenido de la moneda estadounidense, desde 2002 a la fecha, denota la perdida de su hegemonía, lo que se puede apreciar en su relación al cambio por el euro. Entre las causas del fenómeno se incluyen una creciente debilidad de la economía estadounidense, la mantención de un way of life, muy por encima de las posibilidades económicas reales de los norteamericanos, un déficit exterior crónico y galopante, de cerca de 750.000 millones de dólares. Finalmente, el fenómeno en ciernes se explica también, por la creciente participación en los últimos diez años de este país en conflictos internacionales, que obligan a financiar una economía en guerra, casi permanentemente. Todo ello, hace que en la actualidad, el debate sobre el futuro del dólar como moneda universal, este en el tapete, a pesar de la disonancia cognoscitiva de que, hacen gala los mass media, o por la creencia de que la declaración de quiebra parcial de la deuda griega y su posible contagio, avivado por las turbulencias en los mercados, eclipse la caída estructural de la moneda norteamericana, llevando al dólar a ganar terreno.
Es evidente, que el desmantelamiento del sistema monetario y financiero emanado de Bretton Woods (1944), es una realidad incontestable y lo que es peor, vivimos en una situación de desbalance global tal, que de no controlarse, en menos de una década, terminará en una guerra de divisas, no declarada. Lo que se avecina, no indica que el dólar dejará de ser una moneda relevante o que Estados Unidos abandonará su lugar de potencia económica, sino que la moneda estadounidense tendrá que compartir como de hecho ya lo hace; con una canasta de divisas, que regula el sistema, operando como banca central multinacional, la cual por ahora, excluye las monedas de países en desarrollo.
El diseño de una estrategia común que ponga freno a la espiral de devaluaciones competitivas o guerra de divisas, que tiene como fondo un conflicto caracterizado por el desequilibrio en la cuenta corriente global, contrastado entre el déficit de las naciones ricas y el superávit de las periféricas, a las que se les exige revaluar sus monedas; enfrenta a las ultimas con las primeras, que aducen que con esta fórmula de solución del dilema, los países mas desarrollados lo que intentan es transferirle el costo de la crisis que están sufriendo.
No es casual
que desde la reunión
Ekaterimburgo- Rusia,(2009), pasando por las de
Por
Euclides E. Tapia C. Profesor Titular de Relaciones Internacionales de