Más allá de mi condición de republicana, lo cierto es que siempre he creído
más en la unidad que en la discordia, en el talento que en la vaguería. Felipe
VI será Rey en unos días, y creo firmemente que puede ser un buen representante
de los españoles, tanto en el exterior como ante nosotros mismos y nuestras
diferencias. Puede representarnos a todos aunque no sepa, realmente, nuestros
problemas o nuestras angustias, nuestros deseos y nuestras preocupaciones. Porque
no las vive a diario y las cifras o los datos no son un reflejo de lo que
sentimos.
Tengo 25 años, y en poco tiempo será uno más. Estudios universitarios, máster,
y además de trabajar parcialmente o por temporadas, en lo que va saliendo, al
menos puedo considerarme una afortunada. Mi generación, la generación perdida
del futuro, no cree en el Rey. No cree en su trabajo y reclama en su mayoría
poder votar lo que a nuestros padres les impusieron en un pack denominado Constitución
y que pide a gritos ya una reforma, como prueba de que el consenso al que se
llegó fue más un medio que un fin, y que cuarenta años después, ya apenas sirve
a nuestros nuevos desafíos y necesidades. Todo evoluciona.
A pesar de todo lo dicho, creo que todos los jóvenes le pediríamos al menos que
tuviese compasión, que fuese sensible ante nuestros problemas, que no sea un
Rey que viaja a los Emiratos para conseguir un importante contrato a una gran
empresa. Que se preocupe por los emprendedores y las pymes y sus problemas
reales, que ellos forman la clase media y tienen el poder para construirla, y
sin clase media no es posible una sociedad más igualitaria y equilibrada. Y
sólo con equilibro es posible la estabilidad.
Le pedimos que esté ahí, que se preocupe de nuestros desafíos y que impulse
desde su puesto y sus posibilidades acertadamente dictadas por nuestra Ley
superior, un país más libre, más justo, menos mosqueado y más comprensible ante
la diversidad. Que haga unión, equipo, como un entrenador de fútbol. Que sea
una especie de timón de todos, y no de sólo unos pocos.
Y que su vida sea reflejo de su comprensión hacia su pueblo, y su interés
verdadero y sincero. Que medie ante el disenso y que comprenda nuestras
angustias de futuro. Que nosotros somos el pueblo del futuro, ese con el que
deberá convivir y al que deberá escuchar.
No son sencillos sus desafíos ni deberes. Yo no me cambiaría por su lugar, a
pesar de sus privilegios. Pero de él depende, sin duda, que el pueblo español
comprenda que la mejor forma del estado es una monarquía parlamentaria, o que
insista cada vez con más ahínco en un cambio de forma. El statu quo debe quedar
superado en cierta medida para afrontar los cambios y las nuevas ideas que
tanto necesitamos. De él depende entenderlo a tiempo o caer en el abismo. Y con
él, me temo, nuestro país.