Con una desconcertante voz en off arranca la historia de un anciano (Robert Redford) que, tras despertarse una mañana, descubre que su embarcación ha sufrido una rotura en pleno Índico. Con medios limitados y sin rastro de vida a su alrededor, deberá hacer gala de su ingenio y de su excelente forma de física para sobrevivir en este mano a mano con la naturaleza que durará ocho días. Lo que no se explica es como una película sustentada únicamente en un personaje, no nos de la información suficiente para identificarnos con él. Por no saber, no sabemos ni su nombre. Más grave resulta que no se nos explique nunca las causas del accidente, así como las motivaciones del protagonista por lanzarse a una odisea de este tipo. Los únicos datos de los que dispone el espectador es que los hechos se desarrollan en el Océano Índico, el nombre de la barca -Virginia Jean, revelada en una de las dos frases que Redford tiene en toda la película- y poco más. De entrada, por tanto, cuesta empatizar con la historia. Y lo que es peor: que haya momentos en los que nos de igual lo que suceda con este pobre desgraciado, del que todo lo desconocemos y cuyo futuro, por tanto, poco nos importa.
Esta perpetua desinformación hubiese podido quedar compensada si su director hubiese tenido la habilidad de crear sucesivos contrapuntos dramáticos, momentos de clímax que mantengan enganchado. A pesar de que el personaje tiene que hacer frente a la escasez de comida, a las tormentas o, incluso, a los tiburones, todo queda demasiado light. Muy al contrario de la mencionada Kon-Tiki, donde casi se podía mascar el peligro, donde la garra de las situaciones te pinzaban el miocardio. Aquí ni se siente ni se sufre la extenuación física del protagonista, ni nos angustiamos ante los momentos de peligro. Nada. Nunca sentimos el que su único rol se encuentre en una situación límite. Tampoco ayuda el que disimule de forma tan nefasta el estar rodada en un estudio -el mismo donde James Cameron rodó Titanic (1997), por cierto, ubicado en México-, como si todo fuese el resultado de un proyecto de fin de carrera de unos estudiantes de Audiovisual que el de un director que ya demostró su valía en su anterior trabajo y que aquí naufraga, nunca mejor dicho, de forma considerable. Los puntos flacos de Cuando todo está perdido no acaban aquí: a su ausencia de trasfondo mítico -más allá de los momentos en los que suena la música que, a pesar de faltarle algo de presencia, otorga cierta épica, especialmente en la última escena: esa última mirada del protagonista a la barca, auténtico impulso de adrenalina-, se suma un abuso de los fundidos a negro o el total desaprovechamiento de los exteriores, más allá de un par de planos generales y, eso sí, la gran belleza que consigue la cámara cuando se introduce en el fondo del mar.