Tras un cuarto de hora introductorio, arranca el grueso de la película: la historia de Tom Selznick (Elijah Wood), un prestigioso concertista de piano, dispuesto a dar su primer recital en cinco años, los cuales ha permanecido alejado de los escenarios por ansiedad. Esta noche se antoja decisiva para superar su miedo escénico y volver a ser la estrella que fue. No obstante, un francotirador (John Cusack) no le pondrá las cosas fáciles cuando, en plena actuación, le comunique por el pinganillo su intención de acabar con la vida de él y la de su mujer, presente en la sala, si se equivoca en una sola nota. A partir de dicha premisa, Grand Piano se desarrolla como un eficaz juego del gato y el ratón; un ejercicio inclemente con el espectador nervioso. Y, todo, a pesar de algunas notas desafinadas: el hecho de que el protagonista se enfrente a su primer concierto en años sin haber ensayado previamente o la -completa- omisión de la reacción del público asistente al acto al ver al pianista hablar en solitario. No son los únicos acordes desconcertantes de una partitura sostenida, en buena medida, por la expresividad de su actor principal y su forma de aguantar los largos tramos sin diálogos: hay que sumar el que Selznick entre y salga del escenario como le plazca o el ridículo papel del director de orquesta, más propio de un bar de carretera que de un concierto tan considerado como este. En cualquier caso, el director es consciente en todo momento de la suspensión de la credibilidad de su tercer largometraje -superior a sus anteriores Birthday (2004) o Agnosia (2010)- y reclama a su público que asuman estas fisuras del, por otro lado, estimable guión de Damien Chazelle. Al fin y al cabo, otros notables ejercicios de intriga a la española también las tenían, como Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010) o Mientras Duermes (Jaume Balagueró, 2011).
Junto a su constante dicotomía entre lo que resulta creíble y lo que no, el director alicantino tampoco se empeña en ocultar la influencia de todo un acervo de directores, desde Hitchcock -especialmente El hombre que sabía demasiado (1965)-, Polanski o De Palma. De éste último toma prestadas algunas peripecias visuales como la pantalla partida, los travellings o la forma, enérgica y vivaz, con la que mueve el objetivo en un auditorio en el que se puede mascar la tensión. Y aquí, en su excelente dominio de la puesta en escena, en esos giros de la cámara milimétricamente estudiados, es donde Grand Piano aprueba con nota. Confeccionada como un puzzle de deslumbrante resolución, con el aliciente añadido de desarrollarse en tiempo real, nadie puede negarle el estar dirigida con estilo, el gozar de un acabado formal superior a la media. El gran nivel técnico es patente desde en su genuina labor de montaje -esa sustitución del cuchillo del rebanamiento del cuello por el arco de un violín-, hasta sus trabajados títulos de crédito.
Encargada de inaugurar el Festival de Sitges, Grand Piano se cuenta entre los mejores thrillers españoles de los últimos años. Es cierto que le falta chispa y que no tiene el trasfondo de su -casi- homóloga Buried, pero es una nueva constatación de como se puede articular un primoroso ejercicio de suspense en un único espacio: por como una única voz en off puede producir más desasosiego que toda una legión de desalmadas presencias físicas.