Presentada en el Festival de Cine de San Sebastián, Serrat y Sabina: el símbolo y el cuate intenta descubrir a las personas que se esconden tras el mito, para lo que el realizador adopta una postura -casi- vouyerista: Relea captura desde el proceso de creación de las canciones, hasta sus largos trayectos en carretera entre concierto y concierto, pasando por los instantes previos a sus actuaciones, en el backstage, o su forma de codearse con otros profesionales -desde literatos, pintores o actores, como en el caso de Ricardo Darín-. Y es que, según llega a apuntar el propio Sabina en una de sus múltiples intervenciones, bien a través de la voz en off o de su propio testimonio directo a cámara, una de las cosas buenas de su profesión es el haber conocido a gente de todos los ámbitos; figuras que, en su inmensa mayoría, veneran tanto a Serrat como a él porque, tal y como asegura Darín, "decían en voz alta lo que todos pensábamos". Socialmente comprometidos hasta la médula, el documental también indaga en el activismo que siempre les ha caracterizado y que se hizo especialmente notable a partir del exilio de Serrat a tierras mexicanas o la lucha de Sabina por instaurar la democracia en España tras la muerte de Franco.
Especialmente significativos son los testimonios de la gente que hace cola en el estadio Luna Park de Buenos Aires expresando su admiración por los artistas -algunos, incluso, vivieron en primera persona la etapa de Videla- o el momento en el que Serrat graba un documento sonoro para el pueblo chileno en un avión al saberse persona non grata por el también dictador Pinochet, otro de esos individuos que no creían en la frase del autor de Esos locos bajitos o Mediterráneo encargada de cerrar la película: "todos los humanos nos parecemos mucho, el resto sería enrollarse". El gran poder de convocatoria que siguen despertando ambos cantautores en esas tierras, pues, no es casualidad, sino fruto de haber funcionado durante décadas como pulmones de libertad, lucha y esperanza. El compromiso del símbolo -en referencia a Serrat, emblema para una generación que ha crecido con sus canciones- y el cuate -término mexicano que significa colega o amigo, en alusión al autor de Peces de ciudad o Y nos dieron las 10- no es de boquilla: viene constatado por hechos. Sí es que es verdad que a ratos es demasiado condescendiente, que en el apartado visual no es todo lo ambicioso que debería -en algunos de sus tramos, parece más un encargo para televisión que para cine- y que habría admitido 10 minutos más sin problemas, pero el resultado nos termina ganando por momentos tan emotivos como la visita al hospital oncológico para niños o todo lo referido al último concierto juntos, especialmente significativo.
Serrat y Sabina: el símbolo y el cuate es un trabajo de confortable lucidez dirigido a los fans y no tan fans de estos artistas; lejos de ser un trabajo exclusivamente musical -de hecho, los breves fragmentos de canciones que aquí suenan sirven como interludio de los capítulos en los que se divide el film, es decir, a las andanzas personales de estos dos pájaros tan diferentes pero, a la vez, tan parecidos-, es un documento que late, que irradia vida. Y, no lo olvidemos, funciona también como arma arrojadiza contra aquellos que, víctimas de los prejuicios, no saben separar la ideología política de cada cual con su talento. Porque si algo deja claro este trabajo es cómo una figura artística puede convertirse en un emblema, en un referente, en alguien respetado a escala mundial; mientras algunos de los que los critican sin fundamento, en la mayoría de los casos, no pasan de ser mera paja.