La política es el canal de acceso para lerdos que aspiran a puestos directivos con el fin de coaccionar la experiencia, la verdadera, que siempre queda supeditada, en este país de adocenados y corruptos dirigentes, a la necedad del enchufado de turno. El afán recaudatorio es proclive para que cualquier mediocre se sienta superior en la gestión. Robar legalmente el dinero de los ciudadanos es la perfecta excusa para que el más gilipollas parezca efectivo.
Lo demuestra la DGT en manos de absurdos tecnócratas que pretenden regresar a otrora décadas, siguiendo sus cerebros primitivos tan acordes al ocaso de la inteligencia después de los elementales procesos de la evolución. Seguí llegó para reinventar el abecedario con ínfulas de dictador. Los acomplejados tienen alma intolerante y lo reflejan particularmente en el subdesarrollo de sus mermadas capacidades de comprensión del entorno. Estos seres raros encuentran su manera de adaptación al medioambiente ejerciendo de depredadores para disimular sus inconfesables complejos personales. Gozan la superioridad que los entroniza aunque no tengan ni puta idea de lo que hacen.
No hay nada más estulto como indignante que esos sobrevenidos acomplejados que han impuesto nuevos modos de entender la carretera, bajo el desconocimiento básico de las condiciones verdaderas de la conducción. Cualquier pretexto les ha parecido bueno para robar a destajo, ejerciendo un asqueroso y cínico paternalismo con esos consejos estúpidos que demuestran el desconocimiento supino de los mecanismos y pericias propias que implican la experiencia de la conducción.
Muy seguramente, de poder observar la destreza de esa Seguí a los mandos de un automóvil se comprendería de inmediato el acoso y derribo contra una actividad que no es propia de párvulos o advenedizos, como los que se sientan en los despachos para coordinar reglamentaciones que los profesionales auténticos consideran de vergüenza ajena.
Seguí es una torpe investida de poder; un ejemplo de lo memo cuando acapara el protagonismo para revestirse de dictatoriales normativas, dirigidas a convertir el hábito sano de la moderna conducción, en una trampa plagada de obstaculizaciones que transforman la experiencia en un suplicio generado desde la intransigencia de la imbecilidad institucionalizada.
Sobre las condiciones del asfalto,
con más de un 80% en mal estado, nada
que decir en una responsable que se permite triunfalismos
cuanta más presión se ejerce insoportablemente contra la ciudadanía. Seguí es parte
de ese grupúsculo gubernamental que en
la calle se está pasando por la guillotina del hartazgo. Cualquier día nos levantamos con una revolución defensiva y desatada violencia con los ciudadanos honrados empuñando las armas de su indignación más visceral.
Un ministro de Interior con pura cara de facineroso-a cualquiera que pregunto me dice lo mismo-, junto a una don nadie con ansias de protagonismo, eran factores previsibles de lo que después llegó como calvario en las carreteras.
Estos déspotas pretenden dar a elegir al ciudadano honrado entre ser condenado por delito menor u optar por uno de mayor envergadura pero de plena satisfacción personal. Lo escucho muy a menudo ya en un país desarbolado sin ley ni justicia verdaderas: matar sale a cuenta en un país plagado de injusticia. La realidad es repugnante ejemplo de la persecución contra la honradez y la deferencia con el crimen. Así no puede destrozarse la vida de una persona con encarnizada persecución y no esperar la venganza acorde a ese daño impensable hace décadas en democracia.
http://www.autobild.es/noticias/embiste-coche-guardia-civil-radar-211432
Asco me provoca esta gentualla
que pretende penalizar hasta la criminalización al conductor, cuando hará cinco años de aquel accidente que pudo costarnos la vida a causa de una curva plagada de
piedras y gravilla que nadie se ha molestado en limpiar. Cuando se pasa meses convaleciente con la rabia e impotencia que produce que unos miserables funcionarios hayan sido los responsables de los daños y queden impunes, el coraje se acrecienta y se comprende por qué, alcanzados los límites de lo insufrible, se linchan a los dictadores cuando se sobrepasa la presión social.
Repugnancia tal, que no me
importaría impeler a uno de esos tecnócratas de pacotilla a limpiar el asfalto
tragándose las piedras que nos provocaron el accidente. Si revientan los ánimos
en asonada generalizada, no descartaría que llevaran en volandas a estos inútiles para
acondicionar la carretera con sus propias lenguas.