Articulada en dos partes separadas por un interludio -como ocurría con Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), otra de las grandes películas épicas jamás filmadas- Lawrence de Arabia es, ante todo, una historia de amor. Pero no un romance entre dos personas, sino del propio protagonista hacia él mismo. Si bien destacan sus connotaciones homosexuales -no explícitas, pero sí evidentes-, Lawrence se irá consumiendo por su propia megalomanía, por su espíritu de grandeza. Lejos de glorificar a su héroe, Lean congela la identificación del público con él. El director, cuyo éxito en esta película le impulsó a poner en marcha Doctor Zhivago (1965), su otra mastodóntica producción, lo muestra tal y como fue: atormentado, preso de la dicotomía entre lo admirable -su madera de líder, su capacidad de, pese a su endeblez física, sobreponerse a la adversidad por su aura espiritual- y lo directamente reprochable -sus ansias de poder y su descomunal ego le propiciaron discutibles éxitos militares como la masacre de los soltados turcos poco antes de tomar Damasco, que acabará confesando-.
La que es la interpretación más recordada del que por entonces era un semi desconocido actor teatral y secundario de cine Peter O´Toole -en un papel que iba a ser para Marlon Brando, el cual rechazó-, en gran parte por esos primorosos ojos azules en un no menos bellísimo rostro, sorprende por mostrarnos a alguien imperfecto, al que nunca sabemos si amar u odiar. La elegancia de la partitura de Maurice Jarre termina de poner sintonía a la inexpugnable personalidad de Lawrence, como si nunca pudiésemos penetrar en este rol solitario, misterioso, de espíritu místico y reminiscencias casi bíblicas. Acompañan a O´Toole un ejército de actores igual de soberbio, entre los que destacan Anthony Quinn, Alec Guinness o Claude Rains -y en los que, sorprendentemente no figura ninguna mujer-. Pero, sin duda, lo que más llama la atención del film es la gran precisión de su puesta en escena; el director se empleó a fondo -de ahí su tiempo de rodaje: 2 años- para ilustrar el desierto con toda su grandeza y capturar toda su belleza. Regalándonos escenas capaces de dejarnos clavados en el asiento -la violación del protagonista por parte de un soldado turco, el descarrilamiento del tren-, logra una compleja y fascinante epopeya visual magníficamente fotografiada por Frederick Young; un poema para los sentidos que, décadas más tarde, pocos han podido superar.