Basada en la novela de Anthony Berkeley -a pesar de que la firmó con el seudónimo de Francis Iles- este thriller arranca en un vagón de tren, donde Johnnie Aysgarth (Grant), un playboy aficionado al juego, conoce a la adinerada heredera Lina McLandlaw (Joan Fontaine, quien volvía a colaborar con Hitchcock un año después de Rebeca). Tras volverse a encontrar tiempo después en una fiesta, ambos terminan casándose, a pesar de la oposición del padre de ella. Lo que parece un matrimonio feliz, irá truncándose por las deudas acumuladas de Aysgarth y, sobre todo, por la sospechas que irán instalándose en la mente de Lina acerca de que su cónyuge pueda ser un asesino y que, realmente, se ha casado con ella por motivos económicos. La película saca toda su artillería a la hora de generar tensión en sus últimos treinta minutos, donde se ponen de manifiesto su tema principal: cómo el hecho de desconfiar hacia alguien es mucho más angustioso que la certeza del propio hecho en sí. La protagonista, a quien el amor retiene al lado de su marido a pesar de ir engrosando evidencias que le apuntan como un homicida, verá puesta en jaque su propia integridad psíquica por este progresivo estado de incertidumbre, por el malsano pensamiento de estar habitando unos muros en los que pervive el mal. El director va envolviendo a su musa en una espiral, en un auténtico descenso a los infiernos que hace presagiar el peor de los finales.
Aunque no es tan perturbadora como sus grandes títulos, y que lo más destacable de ella son escenas puntuales como la señalada del vaso de leche luminisciente ¿envenenado? -al que Hitchcock ordenó colocar una bombilla en su interior, a fin de reclamar la atención del público hacia dicho objeto- o la del encuentro final entre Lina y la escritora de novelas policíacas -con un impresionante duelo dialéctico- más que como un film, Sospecha debe interpretarse como un juego en el que el espectador debe diseccionar la personalidad del protagonista. ¿Se trata realmente de un psicópata? Toda mirada, gesto o frase en sus labios es una pista con la que estamos llamados a adivinar su verdadera identidad. El director, en este sentido, juega con la culpabilidad o no de dicho truhán. Más allá de esta estimulante misión, auténtico leit movit de la cinta, lo que queda en Sospecha es una gran dirección de actores -a los que Hitchcock consigue exprimir al máximo-, la gran forma en la que sus intérpretes manifiestan el estado psicológico de sus personajes -Fontaine, una actriz especialmente dotada a la hora de transmitir emociones, expresa todo el pozo de angustia y desconcierto en el que se va sumiendo Lina- y su gran trabajo de iluminación o de manejo de la cámara, tal y como se evidencia en su escena más mítica.