Uno de los puntos fuertes de esta película a reivindicar del cine español es cómo va tejiendo la relación entre sus protagonistas, hasta el punto de alcanzar una simbiosis que, por su propia naturaleza, es la crónica de una tragedia anunciada. De todas formas, más que el desenlace lo que importa es lo que sucede en el trayecto: las visitas al cine, los besos o la escena del picnic, por ejemplo, destilan esperanza por los cuatro costados; instantes que sepultan en la medida de lo posible la difícil circunstancia personal de Isabel en pro del sentimiento inabarcable hacia el que se termina convirtiendo en su salvador: físico y espiritual. La historia de estos desamparados nos llega al corazón porque nos recuerda que no hace falta irse a los suburbios de las ciudades para hablar de miseria: basta con molestarse a mirar en nuestro entorno más próximo para interiorizar que la realidad ilustrada en 15 días contigo es más común de lo que pensamos. Ponce se muestra constantemente empecinado en mostrar la verdad, sin dobleces ni artimañas: cada uno de sus fotogramas exhala por sus poros la palabra autenticidad, nos transmite la sensación de que perfectamente podrían estar hablando de ese mismo vagabundo que hemos visto esta tarde al ir a comprar el pan. Aquí los personajes, que el director novel y también guionista muestra a corazón abierto, duermen en el suelo, lloran y ríen de una forma que nos turba y enternece; algo que no habría sido posible de no contar con dos actores como Ampudia, habitual en las películas españolas de corte independiente -La espalda de Dios (Pablo Llorca, 2001) o Los novios búlgaros (Eloy de la Iglesia, 2003)- y Haro, que sale airoso de un rol lleno de aristas y nada fácil de interpretar.
Fábula acerca del miedo, de la soledad, de la esperanza y, lo más importante, del amor, 15 días contigo bien podría haber sido dirigida por Fernando León de Aranoa, el especialista por antonomasia del cine social en nuestro país, por la delicadeza y el tacto con el que se exponen y desarrollan los hechos. Su tono minimalista y su depurada duración -apenas hora y media- también juegan a favor de una historia que pone sobre la mesa un tema tan intemporal como la ardua reinserción de los ex presidarios en la vida civil. Y lo hace sin apelar constantemente al lloriqueo, aunque algunos fragmentos impresionan por su carga sentimental -como su, por otra parte, esperado desenlace-. Otro aspecto positivo es que Ponce, dentro de esa riada hiperrealista, no pretende convertir en héroes a sus personajes -aunque cualquiera que soporte esas condiciones de vida más de dos días seguidos lo sea-, sino que los muestra con sus defectos, aunque quizá sea más correcto decir con su enfermedad. Y, aún así, son seres admirables.