En España gran parte de la población ha percibido la inexistencia de jueces imparciales y la desprotección de los inocentes ante lo criminal. Si alguien se tomara la Justicia por su mano no sería yo quien se sorprendiera y menos juzgara. Vivimos tiempos difíciles para la gente honrada y digna.
Antes de las instituciones se requería ejemplo, hoy
en día no hay nada ejemplar y sí mucho de vergonzante. No hay justicia ni
política que inspiren respeto sino temor y cuando se deja de temer algo se
acaba confrontando con ello. El respeto es la única contención frente a la
indignación que puede crear un brote de violencia mayor en la sociedad, pero el
temor puede ser vencido y es entonces cuando no hay límites en la venganza
buscando resarcirse de la ruina causada.
La política, con nombre y apellidos, es culpable de
la tragedia de millones de ciudadanos. Está localizado el mal y si se decide
erradicarlo será mediante esos métodos históricos nacidos de la cólera de los
pueblos sojuzgados que buscan su liberación por la fuerza.
En este país todo está al límite y no parece
importar. ¿Hasta cuánto creen que se puede jugar con la vida de las personas
sin que les pase factura? La fragmentación social contra los políticos es ya un
hecho y los últimos acontecimientos podrían justificar para algunos una
Justicia radical al margen de la Ley y el Orden. El odio de la sociedad contra
los políticos que los dirigen con ligereza, irresponsablemente y con
persecución permanente, está enraizado y podría suponer una gran convulsión
social en el momento más inesperado y por cualquier detonante. Las paciencias
están desbordadas y el rencor es visceral.
Estos necios del Partido Popular que nadie votó,
van a conseguir que los ciudadanos de la derecha, la izquierda, los moderados,
radicales y hasta los apolíticos, formen un solo frente contra el totalitarismo
en ciernes. Una revolución espontánea dispuesta a reventar la presa que no
podrá contener el odio acrecentado contra quienes privan de la libertad.
Los señoritos de la corrupción, como oigo llamarlos en la calle, aún no se han
enterado de lo harta que está la gente de imposiciones, presión y persecución
contra la ciudadanía. Estos politicastros viven en una burbuja de aislamiento,
inmunes a las tragedias de diario que provocan y se creen protegidos siendo más
vulnerables de lo que se pueden imaginar. Sólo les separa de la la ira popular,
la creencia equívoca de que no es posible que suceda. Un derramamiento de
sangre puede surgir cuando la gente cree que ya no hay nada que perder.
Estos dictadores de tres al cuarto, deberían
abstenerse de manipular la libertad y la seguridad del individuo. Están
gobernando al margen de un programa electoral con el que engañaron al pueblo
que los votó. Esa traición se paga cara cuando revientan las paciencias.
Antes que ir a la cárcel por un delito no
contemplado en casi 40 años de democracia, algunos pensarán que es preferible
perpetrar un delito mayor por el que valga la pena ser privado de libertad. Al
límite todo es posible, hasta el linchamiento público impelido por un pueblo
más que indignado y harto de represión.
Históricamente comprobado. Mussolini iba de sobrado
y acabó colgado junto a los suyos.