La película comienza con la voz en off de la protagonista apelando al poder simbólico de los sueños; seguidamente se narra la historia de Celia (la muy sensual Joan Bennett, una de las actrices fetiches del director), una adinerada mujer que conoce en un viaje turístico por México a Mark (Redgrave), un atractivo y enigmático arquitecto. Tras contraer matrimonio de forma precipitada, la joven se traslada a vivir a su gran mansión, en la que empezará a sospechar de los numerosos interrogantes que rodean su figura. ¿Quien es realmente Mark? ¿Por qué en cada una de sus habitaciones están recreados algunos de los crímenes más famosos de la historia que han cometido los hombres hacia sus mujeres? La incertidumbre en la que se irá sumergiendo la muchacha llegará a un punto en la que ésta temerá incluso por su propia vida. A pesar de que bebe de clásicos de la época, desde la ya citada Rebeca -no sólo por la historia de una joven que debe adaptarse a una nueva vida en una gran residencia, sino también por su cuarto de hora final-, hasta Luz que agoniza (George Cukor, 1944), pasando por La sombra de una duda (Hitchcock, 1943), donde observamos también a una mujer ahogada por las sospechas que le despierta una figura masculina, Secreto tras la puerta tiene entidad propia y el sello inconfundible de su autor.
A lo largo de este gran ejercicio de psicoanalítica, de este rotundo thriller psicológico, encontramos la firma de Lang en su maestría para mutar de la vertiente romántica del asunto -la primera mitad- al relato de misterio más descarnado -el resto-, hasta desembocar en un clímax a todas luces inesperado. Sus suaves movimientos de cámara, los insertos encargados de remarcar algunos detalles clave -el pañuelo ensangrentado, las llaves de la séptima habitación, tan misteriosa que el protagonista opta por no enseñársela a sus invitados, etc-, su extraordinario dominio de la luz -el protagonista tiende a estar cubierto en tinieblas, frente a una Celia situada en zonas más iluminadas, en sincronía con su personalidades- o su majestuoso barroquismo son aspectos que reflejan el buen manejo del lenguaje cinematográfico del maestro. A ello se le suma su forma de desplazar la cámara, entre lo meramente descriptivo y su sentido poético, como el doble uso que le da a los espejos. Así, el austriaco nos regala escenas tan míticas como la de la persecución en la niebla, la del espectacular incendio final o todo el fragmento en el que la esposa de Mark se dispone a acceder a ese cuarto impenetrable, minutos felizmente rematados por el gran uso de la música y los planos detalle. Si bien el conjunto no es un clásico del séptimo arte, momentos individuales como éstos sí lo son.