Asesinato en febrero consigue transmitir perfectamente lo que sienten los más allegados de las víctimas -aunque también ellos lo son-; no tardamos en perdernos en las miradas de los familiares y amigos de Fernando y Jorge y empatizar con unos seres que son una lección de dignidad; una personas en las que no hay espacio para la venganza, pero sí -y con toda la razón del mundo- para el odio. Desarmantemente humanos, sus testimonios no son meras opiniones personales, sino la crónica de una época, una impecable forma de ilustrar uno de los capítulos más oscuros de la historia de España. Y todo mientras dejan entrever ese pozo de angustia irreparable del que nunca llegarán a salir del todo. El documental se muestra consciente de que ETA forma parte de la memoria colectiva de un país, y su simple voluntad de ponerlo en marcha ayuda a que nunca se olvide la barbarie que durante medio siglo ha sacudido España.
A pesar de que un método de narración algo convencional, Asesinato en febrero sorprende intercalando las meras declaraciones a cámara con el testimonio -en primera y tercera persona- de un narrador al que nunca llegamos a ver del todo que explica de forma clarificadora la forma de operar de la banda; a través de su misteriosa voz el público medio entiende un poco mejor cuál es el proceso operativo de un atentado y toda la maquinaria logística para perpetrarlo, como el hecho de conocer muy bien el escenario escogido para ello. El resultado final presume de entidad propia, mezclando los tópicos de este tipo de trabajos -voz en off, fotografías-, con un sentido poético -la forma de filmar la naturaleza- que lo diferencia del resto y que, a su vez, es lo que desprende ese aliento a esperanza, lo que ayuda a taponar ese odio con el que diariamente viven estos familiares. En cualquier caso, si algo me ha llamado la atención de este trabajo es cómo, a pesar de la materia prima sobre la que trabaja, se muestra alérgico a las lágrimas y al dolor explícito; es más, el objetivo de la cámara se apaga precisamente en el momento en el que el dolor de los familiares se hace más visible, algo de admirar. No es que la postura contraria hubiese sido reprochable -al fin y al cabo hubiesen mostrado la realidad tal cual es-, pero se agradece ver cómo un trabajo acerca de las consecuencias de la violencia armada sobre las personas que la sufren de cerca no se deja seducir por el morbo y el tremendismo. Su único matiz violento llega al final, con esa explosión que dinamita los sueños y esperanzas no sólo de quienes conocían a estas dos figuras de la sociedad vasca, sino de todos los que soñamos con un mundo en paz.