De reminiscencias a la Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951) -por su retrato de mujer fracturada y abatida, pero increíblemente poética-, la trama gira en torno a Jasmine (Cate Blanchett), una adinerada dama de gran estatus social que, de la noche a la mañana, se encontrará en la más absoluta ruina. Sin un lugar para vivir, partirá rumbo a casa de Ginger (Sally Hawkins), su hermana adoptiva. Atiborrada de antidepresivos y convertida en la sombra de lo que fue, Jasmine recordará su antigua vida en Manhattan, donde vivía con su infiel y estafador marido Hal (Alec Baldwin). Narrada a dos tiempos, lo más llamativo de la película es que, a pesar de que el retrato de su protagonista era campo de cultivo para la caricatura o en el cartón piedra, Allen consigue dotarla de una entrañable humanidad: la compadecemos, pero también reímos con ella. Y es que en Blue Jasmine hay espacio para la tragedia -su telón de fondo es, en efecto, terrible-, pero se ve siempre con la sonrisa en la cara, sin que nunca dejemos de ser conscientes que estamos ante el retrato de una de otras tantas víctimas de la crisis financiera, un ser humano masacrado por el inclemente mundo de las finanzas. El poso de humor que recorre de punta a punta el film ayuda a que llevemos el drama personal de Jasmine con más ligereza.
Película increíblemente fresca y bien iluminada -a lo que contribuye de forma decisiva un Javier Aguirresarobe que demuestra un excelente manejo de la luz, vívida e intensa en la etapa de lujos, mucho más tenue después de la explosión de la chispeante burbuja-, Blue Jasmine penetra en el ámbito físico y también espiritual de su musa. En el primer plano sorprende ver a una Blanchett elegante y sofisticada que, en menos de lo que dura un cambio de plano, muta a abatida y zarrapastrosa. En el segundo plano, en la parcela meramente psíquica, Allen dota a su nueva actriz fetiche -escribió el papel expresamente para ella- de una serie de matices y rasgos que la alejan del tópico, que consiguen hacerla real. En relación con esto, establece una interesante paralelismo con el personaje de la hermana; a pesar de que ambos son perdedores -la decisión de Hawkins accediendo a volver con su pareja, un maltratador potencial, es la máxima constatación de este hecho-, es interesante observar su diferente forma de encarar el fracaso: mientras que ésta sabe sobreponerse a la adversidad, quizá porque no ha conocido otro(s) mundo(s), Jasmine, a pesar de haber gozado de más privilegios y mayor posición social, no. Nadie le ha enseñado a afrontar el descalabro. La película, en esta línea, termina siendo una -contundente y nada superficial- crítica a las clases adineradas y de cómo el dinero no garantiza la madurez para encarar los óbices del destino.