Blue Valentine narra la historia de Dean (Ryan Gosling) y Cindy (Michelle Williams), una pareja unida a raíz de un flechazo pero que los avatares del destino y sus propias circunstancias personales no han parado de poner a prueba: desde los diferentes modelos familiares -el burgués o conservador, el de ella, frente al más desestructurado, el de él-, hasta sus más latentes frustraciones -principalmente las del personaje femenino-. Todo ello lastrado por un problema aún mayor: la falta de comunicación. Así, se va desmontando lo que ambos creían una verdad incontestable: que estaban hechos el uno para el otro. ¿Podrán finalmente salvar su matrimonio? La respuesta más nítida a esta pregunta que permanece en el aire durante todo el tiempo llega en sus últimos fotogramas, uno de los desenlaces más descorazonadores del cine reciente. La que quizá sea su escena más aplaudida, junto la de la discusión en el hospital, se alza como el golpe definitivo para sumirte en un pozo de angustia, de provocarte un nudo en la garganta. Y es que aunque el planteamiento de la obra puede que no sea original, la forma y el hiperrealismo con el que está contado -fue, además, rodada en orden cronológico-, sí que lo es.
Como la canción que canta Gosling, ukelele en mano, nada en la película desafina: la naturalidad con la que está contada -fruto, además, de la gran profesionalidad de sus protagonistas, que incluso llegaron a convivir para impregnar de mayor precisión la historia- hace transmitir con virulencia la falta de afecto, uno de los principales temas del film. Un desapego emocional a cargo de una Michelle Williams espléndida, de ahí su nominación al Oscar; en el otro extremo, un Gosling en un papel muy poco frecuente en cine, por su capacidad para sobreponerse con abrumadora entereza a los obstáculos que le va planteando su relación. Aunque podría haberse ido por estos derroteros con suma facilidad, el film acierta al no recrearse en exceso en el proceso de degradación del matrimonio y, aún así, consigue transmitir infinita desazón. La textura de la imagen y sus delicada(s) forma(s) nos terminan de remitir al mejor cine alternativo, por no hablar de sus originales títulos de crédito finales. En lo que respecta a las lecturas que podemos extraer del film estaría el hecho que hay que conocer lo más a fondo posible la persona con la que nos comprometemos y, además, valorar si uno está realmente capacitado para enfrascarse en un noviazgo.
Con gran capacidad de síntesis, este producto que el director tardó 12 años en sacar adelante es algo así como el diario íntimo de una pareja expuesto en pantalla grande. No hay secretos, no hay intimidad: al contrario que muchas películas, esta joya que inmortaliza los diferentes cambios por los que pasa el sentimiento amoroso, pone especial énfasis en mostrarnos el lado más amargo de las relaciones de pareja, fertilizando en un ejercicio agrio y desasosegante. Y, además, seduce por su capacidad de mutar, en lo que dura un cambio de plano, de la felicidad más abrumadora a la tristeza más infinita. Pero, ¿acaso no es así la vida misma?