El atleta jamaicano Usain Bolt
es conocido en el planeta por ser el deportista más veloz de la historia al
poseer el récord del mundo de 100 metros lisos en 9,58 segundos. Sin embargo, eso
a mí no me impresiona ni lo más mínimo; su velocidad no es nada comparada con
la velocidad que adquieren los miembros y miembras de nuestro Congreso de
Diputados cuando llega el momento de salir para casa.
El jueves pasado, tras la última votación en el Congreso, en la que se decidía
ni más ni menos que la reforma de las pensiones, nuestros diputados y diputadas
protagonizaron una escalofriante carrera escaleras abajo para meterse vertiginosamente
en sus coches oficiales y dirigirse lo más rápido posible a la estación de tren
o al aeropuerto para iniciar su puente de Todos los Santos. Como su
desvergüenza es aún mayor que su velocidad, muchos diputados se defendieron en las
redes sociales intentando justificar sus comportamientos. Entre esas
justificaciones, destaca la de la socialista
Patricia Hernández, que aseguraba con un par de ovarios bien puestos que
"el trabajo no se mide por lo que se corre, sino por lo que se hace".
Y es que esta buena mujer tiene más razón que un santo, porque la capacidad de
correr de nuestras señorías es excelente, pero su trabajo –visto cómo está el
país y lo mucho que les gusta poner el cazo- deja mucho, muchísimo, que desear. "¿Qué hay de malo en querer volver a
casa después del trabajo?", se preguntaba compungida Susana Camarero,
del Partido Popular. Y la verdad es que no tiene nada de malo querer volver a
casa después del trabajo; lo malo es no tener un trabajo del que poder
escaparse, sobre todo porque las colas del paro están muy estáticas, gracias a
sus señorías, por supuesto. Sin embargo, esta no es la primera vez que nuestros
políticos nos regalan una imagen tan esperpéntica. El pasado 1 de agosto,
cuando Mariano Rajoy acudía al
Senado para dar explicaciones sobre el “caso Bárcenas”, los diputados nos dejaron una estampa de sillones y
pasillos llenos de maletas con motivo de la operación salida.
El pensador e historiador griego Plutarco, que se especializó en temas
vinculados con la moral –algo que hoy ni nos suena de lejos-, decía que la
mujer del César no solo debe ser
honrada, sino parecerlo. Es evidente que una gran parte de nuestros
desvergonzados diputados no son honrados, pero es que además ni siquiera hacen el más mínimo esfuerzo por parecerlo. ¿Qué tiene de malo correr por
los pasillos del Congreso como un colegial babeante para llegar a casa antes
que nadie? Pues precisamente eso. Nuestras señorías, con los sueldos que cobran
–y para el desempeño por el cual lo cobran-, no tienen ese privilegio, porque
su responsabilidad para con la sociedad -para esos 12 millones de pobres que
viven en España, para los 6 millones de parados-, está por encima de votar con
las maletas en la mano. Es sencillamente, un tema de responsabilidad, y en ese
sentido, nuestras señorías son unos auténticos irresponsables.