La nueva sociedad del siglo XXI
exige que los cambios vayan comandados por los jóvenes, porque son ellos los
que entienden lo que está sucediendo a su alrededor, sin rémoras ni ataduras de
otros tiempos, que al final suponen la esclerotización de la sociedad. Al
acabar la Segunda Guerra Mundial, Europa entra en un periodo de reconstrucción
no sólo física y económica. Un nuevo impulso político hace que la
socialdemocracia continental se sitúe en el centro de la construcción de esa
Europa social que ha durado hasta nuestros días. Son los jóvenes quienes
impulsan los cambios desde los Partidos de sus respectivos países: Willy Brant
en Alemania o Harold Wilson en Gran Bretaña, entre otros, porque ellos
entienden que la vieja Europa anterior a la guerra ha muerto con el fin de
esta, y las necesidades de los trabajadores y ciudadanos europeos exigen nuevas
respuestas. Lo mismo sucedió en España cuando en el Congreso de Suresnes el
PSOE retira a su vieja guardia que todavía vivía en el limbo de la Guerra
Civil, siendo sustituida por un grupo de jóvenes, encabezados por Felipe
González, que entiende la sociedad española del momento y sus anhelos de
cambio.
Vivimos una época de grandes y
profundos cambios que tienen que ver con los nuevos modelos de producción y
empleo, que están provocando la extensión de las nuevas tecnologías por todos
los rincones de la sociedad. Una época de transición, entre dos edades
históricas, que nos está conduciendo de la sociedad industrial del siglo XIX y
XX, hacia una sociedad de alta sofisticación tecnológica, en un mundo de
población creciente, al que se incorporan masivamente millones de personas de
Asia y América Latina, que dentro de cien años los historiadores se encargarán
de clasificarla y darle nombre. Una transición que está siendo utilizada por
las fuerzas reaccionarias y más conservadoras del planeta, para desandar todo
lo que se había avanzado en derechos sociales y democráticos en el último
siglo. El futuro por tanto va a depender de la correlación de fuerzas y el
equilibrio que éstas puedan alcanzar, para afrontar los grandes retos que se
plantean en los próximos años; a saber: distribución de la riqueza que termine
con las grandes desigualdades regionales y de clase que existen en la
actualidad, es decir, acabar con la pobreza estructural y coyuntural que están
padeciendo cada vez grupos más grandes de población en el mundo; ensanchar las
bases del estado de bienestar para que la igualdad sea un principio universal;
implementar políticas fiscales que acaben con el discurso que trata de
presentarnos al estado de bienestar como insostenible económicamente;
profundizar en la democracia hacia cotas de mayor participación, dando a los
ciudadanos la capacidad de intervención en los asuntos públicos de una manera
consciente y permanente; acabar con sistemas electorales cerrados, que lo único
que crea son castas de poder dentro de los Partidos, alejando a estos de los
intereses de la sociedad; convertir la sanidad, la educación, la dependencia y
la seguridad social, en los pilares fundamentales del estado de bienestar,
haciendo de ellas un derecho constitucional que impida cualquier tentación de
hacer negocio privado con ellas; hacer de la educación, la instrucción pública,
la cultura y la investigación, valores imprescindibles del Estado democrático,
para avanzar; acabar con la obsesión por la seguridad, haciendo de esta un
instrumento al servicio de la calidad de vida de los ciudadanos y las
libertades individuales; el respeto por el medio ambiente tiene que venir con
una decidida política de desarrollo de las energías alternativas y limpias, que
acaben con el monopolio del petróleo y sus nefastas consecuencias para la vida
del planeta.