Una bella leyenda árabe cuenta que, “cuando un gran amigo nos ofende,
debemos escribir la ofensa en la arena, donde el viento del olvido y el perdón
se encargarán de borrarla y olvidarla. En cambio, cuando un gran amigo nos
ayuda, o nos ocurre algo grandioso, es preciso grabarlo en la piedra de la
memoria del corazón, donde ningún viento de ninguna parte del mundo, podrá
borrarlo."
“La capacidad de perdonar” etimológicamente proviene de la palabra hebrea
“rechem” que significa útero, quizás porque los antiguos hebreos querían dar
significado así a la posibilidad de una nueva vida. Aquí surge la idea de
asociación entre el perdón y la apertura a una nueva vida, a un nuevo comienzo.
En ocasiones cuando nos referimos a la salud, pensamos en nuestro cuerpo, no
en la importancia de la salud mental.Pero, la manera de pensar influye en
nuestra salud física.
Un elemento muy importante para sentirnos sanos es saber perdonar. El
perdón es la puerta de entrada a la curación y es una manera poderosa de
purificar nuestro propio corazón.
Pero, ¿qué difícil resulta perdonar a alguien que nos ha hecho daño?
Cuando no perdonamos sentimos una carga, un peso interior que perturba
nuestra mente, porque recordamos la ofensa una y otra vez. Debemos examinar lo
que permitimos que entre en nuestra conciencia y diariamente extraer lo que
pretende quitarnos nuestro gozo y alegría. Esto resulta como cerrar la puerta
de nuestra casa a un intruso. Debemos impedir que nos invadan pensamientos de
ira o rencor, pues estos sentimientos no nos proporcionan alivio, sino que
tienden a profundizar más las heridas.
Es fácil decirlo, pero ¿cómo lo hacemos?
Perdonar a alguien requiere mantener la mente libre de pensamientos
negativos y albergar dentro de nosotros pensamientos benignos que nos ayuden a
mantener una actitud espiritual dispuesta a que nuestras heridas del pasado
sanen definitivamente.
Según el psicólogo Robert Enright, de la Universidad de Wisconsin-Madison,
cuando estamos “consumidos” por el rencor, la presión sanguínea y el ritmo
cardíaco pueden aumentar. En cambio, “cuando perdonamos, puede haber una
disminución de la presión sanguínea”. Otros expertos creen que el estrés
producido por los rencores acumulados puede disparar o agravar problemas como
dolores de cabeza y de espalda, úlceras, arrugas y debilitamiento del sistema
inmunológico, con más predisposición a resfríos, gripes y otras infecciones.
“No hay dudas de que aferrarse a resentimientos y pensamientos de
venganza puede hacernos envejecer”, asegura el doctor Gerald Jampolsky,
fundador del Centro de Curación Actitudinal, en California.
Por lo tanto, para revertir ese cuadro, lo mejor es no recordar la ofensa y
reconocer que ese hecho no puede tener ninguna influencia sobre nosotros. Cada
vez que la persona que nos ofendió venga a nuestro pensamiento, debemos verla desde
una perspectiva espiritual, como el reflejo del Amor. O sea, veremos entonces
su naturaleza espiritual, y no lo que la llevó a hechos equivocados.
Un paso importante para aprender a perdonar es tener humildad. La falta de
perdón se relaciona con orgullo, por eso la razón para perdonar se debe buscar en
nuestra profunda convicción de no pagar mal por mal.
En el libro Escritos Misceláneos, de
Mary Baker Eddy, hay un párrafo sobre eso: “¿Quién es tu enemigo a quién debes
amar? ¿Es un ser viviente o una cosa fuera de tu propia creación? ¿Puedes ver a
un enemigo, a menos que primero le hayas dado forma y luego contemples el
objeto de tu propia concepción? ¿Qué es lo que te daña? ¿Puede lo alto, o lo
profundo o cualquier otra cosa separarte del Amor que es el bien omnipresente que
bendice infinitamente a uno y a todos?”
Perdonarse a sí mismo y a otros, además de ser un acto de humildad, es un
ejercicio de bondad y nos permitirá depositar la confianza en el Amor divino
para recibir fortaleza. Es una expresión de amor y es la base de toda sanidad
en la mente y en el cuerpo.
Me encanta el ejemplo bíblico de Pablo: “Una cosa hago: olvidando
ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo
a la meta...” (Filipenses).
¡Dejemos atrás el peso de los rencores, sigamos adelante, sanemos nuestra
mente y corazón para gozar de una vida feliz!