Hoy,
1 de Noviembre, es el día que en las sociedades católicas homenajean a sus
muertos queridos. Aquellos que nos dejaron el vacío de su ausencia, a pesar de
llevarlos siempre impresos en la memoria, como un recuerdo de lo que una vez
nos pareció que sería eterno: el cariño de un padre o de una madre, la presencia
del hijo, o del amigo del alma, que por las circunstancias que fuesen nos
dejaron. Muchos tendrán la oportunidad de acercarse al cementerio y rendirles
el homenaje del recuerdo imborrable, otros no podrán hacerlo, posiblemente,
porque la vida les ha llevado a lugares lejanos de donde reposan los restos de
sus seres queridos, y otros, simplemente, se bastan con el espacio que ocupan
en su memoria aquellos que un día amaron y hoy faltan. Pero hay un importante
número de personas que han sufrido durante décadas el desgarro de no poder
honrar a sus muertos, simplemente porque nunca les pudieron dar el adiós que
les hubiera gustado. Son aquellos que la barbarie del totalitarismo hecho carne
en España durante el régimen del dictador Franco y bendecido por la jerarquía
de la Iglesia Católica, abandono en cunetas y tapias de cementerio, o bajo los
arrayanes de algún bosque del sur, o en descampados de muerte, por el odio de
los vencedores de aquella guerra incívica que sufrimos los españoles, y de la
que todavía no nos hemos recuperado.
En estos días que las víctimas
del terrorismo están ocupando las portadas de los medios de comunicación, nadie
quiere acordarse de aquellas otras víctimas que sufrieron la venganza
planificada del horror más cruel que puede darse en un país: el de la
aniquilación del adversario político y religioso, organizado desde el poder del
Estado.
No tienen las víctimas del
franquismo audiencia en la sociedad, anestesiada por un discurso falso y
torticero de reconciliación nacional, que lo único que ha supuesto es el olvido
y la impunidad de un régimen que cometió delitos de lesa humanidad. Ni tienen
oídos en el poder político, que los ignora y les niega la justicia del
restablecimiento de su honor en condición de ciudadanos que lucharon por la
libertad y la democracia. Incluso la derecha más rancia tuerce el discurso
sobre las víctimas del franquismo hasta presentarlos como una banda de pérfidos
asesinos, que sólo pretendían acabar con los valores eternos que imperaban en
España, cuando lo cierto, es que la inmensa mayoría de esos casi doscientos mil
asesinados por el franquismo, eran personas corrientes, que tuvieron por todo
delito ser republicanos. Son esos mismos que ahora jalean a unas asociaciones
de víctimas de ETA cada vez más rendidas a la extrema derecha y más alejadas de
la sociedad por una intransigencia que les lleva a cuestionar cualquier
decisión que el estado de derecho democrático adopte, si no es acorde a sus
intereses. Unas asociaciones que han perdido el norte, expulsando a todas
aquellas, también víctimas de otros terrorismos, que no comulgan con su
intolerancia, y mucho menos desean ser las que dicten la política
antiterrorista al Estado. En definitiva, unas asociaciones que están más
cercanas a la defensa de los intereses políticos de sus mentores
ultraconservadores, que pendientes de la defensa de los intereses de las
víctimas, sean del terrorismo que sean, o del color político que profesen. A
las que jamás se les ha oído reclamar justicia para las víctimas del franquismo.
Es más, callaron con un silencio propio de los cementerios cuando la derecha
del país inició su cruzada contra el juez Garzón, una vez que este empezó a
investigar los crímenes del franquismo, hasta que lo expulsaron de la carrera
judicial.
El olvido de las víctimas de la
dictadura tiene una versión inhumana, de ausencia absoluta de sensibilidad
hacia la búsqueda que miles de descendientes de aquellas siguen llevando, para
poder hacer el sepelio que consideren a cada uno de sus deudos. Esta es una
actitud cruel, indigna de una sociedad avanzada y democrática. Pero hay otro
lado oscuro que tiene que ver con el olvido que la sociedad y el Estado tienen
hacia estas víctimas. Con la negativa a buscarles y la institucionalización del
abandono del que son objeto, para no tener que reconocer el crimen que se
cometió con ellos. Este comportamiento del poder, en un país que lleva treinta
y cinco años de democracia, no es sostenible y nos tiene que hacer pensar que
la Transición postfranquista sirvió, en su momento, para traer la democracia a
España, pero dejó muchas heridas sin cerrar o mal curadas, que con el tiempo
supuran más. Nos debería hacer pensar que mientras el franquismo siga vigente
en el pensamiento político de la derecha, actualmente gobernante casi como si
de una dictadura se tratase, y sociológicamente sigamos sin romper las amarras
que nos atan a él, será imposible que la democracia española sea una democracia
sin ataduras. Produce vergüenza ver los codazos de la derecha nacional por
aparecer en primera fila de la beatificación de mártires de la Iglesia en
Tarragona (curiosamente sólo los asesinados por el bando republicano y ninguno
de los que dio paseíllo el bando franquista), en un acto que volvía a ser el
reconocimiento de los suyos por los vencedores de la Guerra Civil.
La Transición, que jugó un papel fundamental en la
normalización de la sociedad española, está agotada, y las imposiciones que
hizo en su momento deberían revisarse. No se nos permitió decidir entre
monarquía o república, ni qué modelo territorial creíamos más apropiado, ni qué
tipo de democracia queríamos, o si estábamos de acuerdo en que la Iglesia y el
Estado siguieran unidos por un Concordato, altamente beneficioso para el Vaticano.
Todo se gestó entre los diferentes grupos de poder nuevos y viejos: políticos,
económicos, religiosos, nacionalistas…, presentándonos un paquete cerrado, en
el que había que aceptar el todo para que tuviéramos democracia. Incluso cayó
sobre las víctimas del franquismo una losa institucional, que todavía pesa
sobre la conciencia de los demócratas del país.
Si queremos que España deje de
ser un país de vencedores y vencidos y la normalización de las víctimas de la
violencia política, incluidas todas: las de ETA, las de Franco, las del
terrorismo islámico, y las de la violencia de género, sea una realidad
democrática, sólo lo alcanzaremos si somos capaces de hacer una Segunda
Transición que liquide el franquismo de la política española y de la mentalidad
de la sociedad. De esta manera, los cementerios civiles dejaran de ser lugares
de encuentro el día 1 de Noviembre, para reivindicar la memoria de las víctimas
olvidadas.
Comentarios
El liberal Marañón dijo: “lo más irritante de los rojos es esa constante mentira”. Y Besteiro se refirió al “Himalaya de embustes” de la propaganda del Frente Popular. Hoy vuelve ese irritante Himalaya, pagado con dinero de todos por un gobierno que se identifica, y no es casual, con aquel Frente al que imperdonablemente derrotó Franco. No les falta osadía. Ni corrupción. 28 de Abril de 2009 - 09:14:39 - Pío Moa
¿Dónde estuvieron las protestas victimizadas durante tres décadas antes de que el miserable de zapatero destrozase la convivencia en España? Basura de intelectuales de nueva hornada, Mintiendo a ver si cuela y justificando la matanza de 1.000 personas. Cuánto apesta el sectarismo hipócrita de estas gentuzas.
A ver si se acuerda de las víctimas de lo frentepopulista, del golpe de estado del Psoe y ERC contra la República y esas verdades demostradas que le alinean con una Historia de la que no querrá saber nada, salvo ese aspecto "romántico" que no fue nunca sino el egoísmo destructor de una izquierda radical de política tabernaria-como decía Azaña- que terminó aniquilándose entre ella misma. Farsante.
Dejo un artículo para dejar en evidencia a este farsante al que se le ve el plumero. Un vago incompetente incapaz de vivir en verdadera democracia.
Falsedad e historia - mitos de la guerra civil, franco y antifranquismo
Hoy, en El economista Cuando investigaba sobre los mitos de la guerra civil, pude sorprenderme de la enorme cantidad de falsedades divulgadas en estos años sobre aquel pasado. Muchas de ellas no precisaban investigación, pues contradecían el sentido común más elemental. Por ejemplo la pretensión de que el Frente Popular o Stalin defendían la libertad, aserto no menos absurdo que hacer de Hitler un protector de los judíos. Y sin embargo ese absurdo fundamenta el discurso histórico hoy prevaleciente en España al respecto.
He tenido la misma experiencia al preparar Franco para antifranquistas. Casi todas las acusaciones a Franco pueden refutarse con datos y sin mucha dificultad: o son falsedades o, en el mejor de los casos, exageraciones y distorsiones. Se insiste mucho sobre la brutal represión de postguerra, como si fuera el único aspecto significativo de su régimen. Pero no se puede juzgar al personaje solo por eso, como no se puede juzgar a Churchill o a Roosevelt solo por los espeluznantes bombardeos sobre la población civil alemana o japonesa. Como es fácil observar, Franco resulta, por comparación, muchísimo menos cruel que los dos políticos anglosajones. Y resulta grotesco que quienes más juzgan de ese modo sean personas influidas por la propaganda comunista, es decir, defensoras directas o indirectas de crímenes mucho mayores. Dejo aparte a esa mezcla de vanidosos e ingenuos que juzgan con dureza olvidando las circunstancias históricas, según principios abstractos que ellos mismos, de
¿200.000 asesinados por el franquismo? A ver qué libro de Historia afirma esa falacia, enredador de ignorantes.
Lo cierto es que la gentuza sólo puede aspirar a imponer sus ambiciones resucitando muertos donde no los hay.
Viendo el percal de la actualidad hay mucha gente de izquierdas que alaban los tiempos en que se hizo más por los ciudadanos en tiempos del franquismo que en todos estos mamarrachos años de fingida democracia en que aflora el parasitismo interesado de acomplejados históricos de baja calaña.
Se le ve el plumero de esa hipócrita condición de acomplejado, además de ignorante y miserable, engañador de crédulos, que repitiendo las mismas mentiras llega a creerse la historia inventada de lo mendaz y falsario.
Decir que las Víctimas del terrorismo emiten un mensaje de extrema derecha es de cobarde y mísero justificador de violencias que si las hubiese sufrido en sus carnes le convertiría en humano, lejos de esa robótica aberración de la mentira que la ignorancia esgrime segura y escudada tras las armas de los criminales que por oscuras componendas políticas quedan en libertad ahora.
Mi abuelo fue republicano y salvó la vida después de la guerra al demostrarse que ayudó a mucha gente del bando nacional para que no fueran pasados por las armas. Este abuelo se despachó siempre sobre su pensamiento y jamás nadie le molestó aún declarando su ideal republicano. No hay historiador que se precie que argumente la misma ignorancia que un resentido sin causa como usted escribe, a ver si cuela la mentira para justificar toda la inmundicia que durante el zapaterismo-atenta