Hace unos días, la vice-consejera de Asistencia Sanitaria de la Comunidad
de Madrid, la señora Patricia Flores,
preguntaba así, al aire, si "¿tiene sentido que un enfermo crónico viva
del sistema?". Esta buena mujer cuya capacidad de gestión ya ha quedado en
entredicho en infinidad de ocasiones, no se preguntaba -por ejemplo- si las
listas de espera son absolutamente insostenibles, si es normal que una mujer
tenga que esperar un año para hacerse una mamografía, si se invierte lo
suficiente en sanidad, si es necesario que todos los inútiles que gestionan la
sanidad en este país se vayan al paro por su absoluta ineficacia, sino que se
preguntaba si un ciudadano con una diabetes –por ejemplo- debería seguir
recibiendo tratamiento con dinero público.
Posiblemente, de
toda la estupidez que contiene esa pregunta, lo más ofensivo e insultante es la
parte que se refiere a “vivir de sistema”. Vivir del sistema quiere decir
“aprovecharse” del sistema; es decir: utilizar el sistema en beneficio propio sin
tener necesidad. Eso, hasta donde yo sé, los únicos que lo hacen son los
políticos y los responsables de las entidades financieras. Ellos, sin duda, son
los que “viven” del sistema, porque son
ellos quienes lo legislan y quienes lo manejan a su antojo. Así, por ejemplo, tenemos
a políticos inútiles o que han destrozado la economía del país o la educación o
cualquier otra parte del sistema que viven de lujo con coche oficial y con una
pensión que supone multiplicar por veinte la pensión media española. O a todos
los banqueros que han hundido a sus entidades –arrastrando y arruinando a miles
de ciudadanos- y que siguen disfrutando de un empleo magnífico, de chófer y que
comen en restaurantes de lujo donde se les trata de usted. El resto de
ciudadanos, por lo general, no vivimos del sistema; lo único que hacemos es
trabajar a destajo y pagar una cantidad indecente de impuestos para tener unos
servicios que, por lo general, son ineficaces debido a que esos impuestos se
dedican a financiar a bancos y urdangarines, en vez de revertir en la mejora de
la sociedad.
Una enfermedad
es una desgracia que puede llegarle a cualquiera y en cualquier momento. Lo
único que se puede hacer por los enfermos crónicos y también por nuestros
mayores –que son los que en su mayoría sufren ese tipo de enfermedades- es
devolverles en atención y cuidados todo el esfuerzo que han realizado durante
años. La solidaridad se basa, precisamente, en que la suma de nuestros
esfuerzos individuales sirva para atender las necesidades de todos aquellos que
sufren una situación personal, sanitaria o económica problemática. Ese es el
sentido de la democracia y de la justicia social.
Sin lugar a dudas, lo único y mejor que se puede hacer ante cualquier tipo de enfermedad es erradicarla lo antes posible. Por eso, y por el bien de todos, lo mejor que podemos hacer como sociedad para poder disfrutar de unos mejores servicios –una mejor sanidad, una mejor educación, una justicia mejor, mejores carreteras- es suprimir de una vez por todas a todos aquellos políticos que se han convertido en una enfermedad crónica e insostenible para la democracia y para la propia sociedad.