En este trabajo estudiaremos la preocupación por la
enseñanza de la agricultura de Godoy a principios del siglo XIX, en lo
referente a su intento de institucionalizar esta enseñanza, aspecto mucho menos
conocido que su vinculación con el Semanario
de Agricultura y Artes, instrumento dedicado a la reflexión y fomento de la
investigación y enseñanza agronómicas.
Tradicionalmente,
se ha contemplado a Godoy desde una perspectiva muy negativa, rozando con el desprecio,
tanto por parte de una historiografía muy tradicional, nacionalista y
conservadora, como desde el imaginario popular. Pero el personaje histórico
presenta otras facetas más ricas que permiten, por un lado, matizar su leyenda
negra y, por otro, conocer de una forma
más adecuada la etapa histórica que le tocó vivir y protagonizar. Diversos
historiadores, destacando en este papel, Carlos Seco Serrano, han valorado la
cara más ilustrada de Godoy, el último representante del despotismo ilustrado[1].
En esta dimensión debe contemplarse el proyecto de creación de escuelas de
agricultura del año 1805, que aquí nos ocupa.
Godoy pretendía crear un ambicioso
sistema educativo para acercar la nueva ciencia agronómica a todos los rincones
de la Monarquía, en consonancia con su preocupación por la enseñanza y el
fomento económico. La Real Orden de 18 de diciembre de 1805 disponía la
apertura de veinticuatro escuelas teórico-prácticas de agricultura en las
capitales de provincia, al frente de las cuales enseñaría un profesor formado
en el Jardín Botánico de Madrid, que pasaría a ser una especie de escuela
normal de profesores agrónomos, aspecto muy interesante, justo en el momento en
el que triunfaba la idea de la necesidad de que se incluyese la enseñanza agronómica
en el plan de estudios del Jardín madrileño y, de ese modo, terminar con el
divorcio entre la Botánica y la Agricultura, que había impuesto Casimiro Gómez
Ortega[2].
En ese mismo año de 1805, Francisco Antonio Zea, claro defensor de la enseñanza
agrícola, se hizo cargo de la dirección del Jardín Botánico madrileño. Además,
desde el Semanario de Agricultura, Zea se convirtió en un abanderado de la
enseñanza de la agricultura en primaria, empleando el método de Pestalozzi[3].
En las escuelas provinciales del proyecto de Godoy se
enseñaría la agricultura y la aclimatación de plantas extranjeras. Los
destinatarios de esta instrucción serían los propietarios. Interesar a éstos en
la nueva ciencia era un idea que había defendido Jovellanos en el Informe sobre la Ley Agraria, aunque el
asturiano, gran pragmático, entendía que era mejor crear institutos de
enseñanzas útiles frente a los centros especializados del político, además del
empleo de cartillas agrarias. En estas escuelas de Godoy, además, se daría la
figura del oyente como medio para difundir más las luces. Estos oyentes podían
asistir a las clases teóricas y a las prácticas.
La
financiación de las escuelas sería mixta. Por un lado, el gobierno aportaría
unos fondos, aunque no sabemos de dónde se sacarían. Pero, por otro lado, los
alumnos debían correr con parte de los gastos, como una manera de fomentar el
interés, dentro de la lógica utilitarista ilustrada, idea ésta que veremos
aparecer con cierta frecuencia en proyectos y realizaciones posteriores, hasta
la plena institucionalización de la enseñanza agraria en España.
La
inestabilidad del período y la escasez de fondos de la Real Hacienda no
permitió que prosperara la que podría haber sido la primera red educativa
agronómica de España, pero algunas de las ideas serían recogidas por la Real
Sociedad Económica Matritense a la hora de fomentar la creación de una serie de
cátedras después de la guerra de la Independencia.
[1] SECO SERRANO, C., Godoy, el hombre y el político, Madrid, 1978, especialmente el capítulo V.
[2] Ver, PUERTO SARMIENTO, F., La ilusión quebrada. Botánica, sanidad y política
científica en la España ilustrada, Barcelona, 1988, págs.. 32 y ss.
[3] Ver, SOTO
ARANGO, D.E., “Francisco Antonio Zea: periodista, botánico y político”, Asclepio, Vol. XLVIII-1-1996, págs.. 123
y ss.