Jamás volveré a votarlos, pero antes lo hice. No hay arrepentimiento cuando España salió de la debacle felipista bajo el impulso de Aznar que consiguió colocar a España como la locomotora del tren europeo. La política económica de entonces fue la acertada a tenor de la reconstrucción absoluta, después de que el país fuera arrasado con un 10% del PIB que al sinvergüenza de Felipe González todavía le renta después de lucrar a sus amigos venezolanos y mexicanos.
Después de que la radicalidad zapatera arrasara de nuevo con todo aún queda la desvergüenza criminal de achacar la crisis a las medidas adoptadas para impulsar la Economía durante dos legislaturas del PP, donde nada fue un espejismo sino una realidad sólida de crecimiento generalizado. Otra cuestión es que la inepcia zapaterista no se adaptara a un continuismo, dejando anquilosada la evolución y dilapidando una herencia de exclusividad que en 8 años quedó reducida a menos cero. La dinámica económica es un empuje permanente que no puede subsistir de inercias; justo lo que el bobo solemne consintió asegurándose de desintegrar las bases empresariales, mediante la voraz deglución de los bancos convirtiendo la anterior opulencia en un desolado panorama que aún perdura.
Las razones económicas para votar al PP fueron muchas durante años, así como la lucha antiterrorista sin violencias de gobiernos del GAL y usando las armas de un Estado de Derecho propio de una avanzada democracia. Hubo un tiempo en que hasta la gente de ideología izquierdista advirtió el acierto de votar al PP en aquella segunda legislatura, después de que la primera demostrara la eficiencia de un Gobierno leal a su pueblo sin distingos políticos. Pero tanto progreso real no podía augurar la permanencia del consenso, habida cuenta de cómo las gastaba un socialismo sucio, oscurantista y pleno de parasitismo que siempre busca dar un zarpazo aprovechando el sectarismo impregnado en gran cantidad de togados.
Paradójico es que la política internacional fuera la excusa perfecta para dar un golpe de estado con el fin de conseguir la desintegración de ese Estado de Derecho y del bienestar del que los españoles gozaron, antes de que los demonios irrumpieran para desmembrar la paz reventando la vida 192 inocentes.
A muchos jamás nos engañó el imbécil asociado de Zapatero hablando tres años antes de la matanza con una organización terrorista. Tampoco lo hizo con el Pacto del Tinel que aglutinaba a esa manada de carroñeros en busca de intereses dispares y ambiciones codiciosas sacrificando la unidad de la ciudadanía y el proyecto común de país.
Menos confundieron con los favoritismos, las execrables complacencias y el paso a paso de una hoja de ruta con ETA para conseguir estar representada en las instituciones democráticas. Un programa que se ha cumplido incluso con el Partido Popular, votado mayoritariamente para asistir a una estrategia de continuidad sospechosamente escandalosa por estar en la misma línea que la emprendida durante los aciagos ocho años de socialismo.
Si Zapatero fue el imbécil asociado, Rajoy se ha ganado a pulso ser representante de la imbecilidad disociada. Harto incongruente es este elemento al que jamás he entendido la estulticia de su extraño humor gallego, pero menos que se deje aconsejar por la corriente de un arriolismo que más dañino no podía ser viviendo tiempos en que la tibieza es el peor mal para sacarnos de una situación donde nos abrasamos o nos helamos, con la radicalidad que nos consume sin timón gobernante acorde al programa electoral que permitió al PP llegar a La Moncloa.
El relativismo de este presidente es repugnantemente parejo al de su antecesor y la percepción de esa conciencia gobernante es lo más parecido a la indiferencia ante el sufrimiento que se ha apostillado esta mañana cuando, rehusando toda mención a la excarcelación de la asesina etarra Inés del Río, ha aludido a la meteorología con una hipócrita condición propia de auténtico y redomado miserable.
Cínico, canalla y cabrón, deberían ser la tres ces que definen las actitudes de este robótico y estrambótico incumplidor de promesas que ha llevado hasta el punto de la indignación más visceral sus extraños tejemanejes gubernativos. La Víctimas del terrorismo harían bien en considerarlo, tamaña hipocresía, un enemigo tan letal como las pistolas.
Se abre la caja de Pandora. Llega el momento de las excarcelaciones de asesinos y la Audiencia Nacional se presta, rauda, a semejante aberración. Nada extraño cuando la ETA cómplice sirvió de cebo en el 11-M, para dar el cambiazo en última instancia durante la jugada de trileros, mientras otros se encargaban de llevar a cabo el crimen y ocultar las pruebas. Todo se cumple a la perfección tal y como se pactó antes de llegar Zapatero al poder. Seguro que contaban con la futura complicidad de Mariano Rajoy, un gobernante cogido por los cojones que está llevando a la ruina a toda la ciudadanía, porque de nada servirá el esfuerzo económico si no se desmantela el oscurantista propósito en que seguimos inmersos para arrojarnos a las fauces de otro infierno que el Partido Popular alimenta con las brasas de nuestras futuras desgracias.
Vengan las rebeldías, las escisiones, los irredentos honorables que recojan el testigo de la indignación verdadera y funden un nuevo partido del descontento al que sumarse la gente íntegra de este país a la deriva.
Debemos de estar viviendo tiempos apocalípticos, porque los demonios se han quitado las máscaras y obran abiertamente sus malignidades sin ocultarse ante la Justicia inexistente y tomando posiciones favorables pese a la iniquidad que los delata. Este mal conjunto va muy confiado hacia la victoria pero aún queda el tiempo en que sean aplastados y retornen al averno del que proceden. Todos, alguna vez habrán de morir y tendrán cumplida respuesta a sus impunes indecencias y criminalidades.
Mientras llega ese momento eterno, dejaré de votar al Partido Popular y seguiré con atención la creación de otras formaciones políticas a las que le importe de verdad esa Justicia que Mariano Rajoy ha convertido en el mazo cruel contra la gente honrada para satisfacción del mismísimo Satanás.