Novela de Juan Goytisolo (Barcelona,
1931), publicada en 1975, aunque inmediatamente prohibida por la censura
y meses después autorizada. Es la tercera de la trilogía
El narrador, ya sin pasado personal ni social y sin patria construye un discurso como una actividad satisfactoria en sí misma. Así tratado, la escritura del texto se realiza como motivo de purga literaria y de venganza última.
Un
narrador vestido de árabe contempla unos recortes de prensa, la portada
de un disco, fotocopias de un catecismo y la carátula de un libro. Ante
él, una estufa que le sirve de escritorio. Escribe la novela. Está en
una buhardilla. El lugar geográfico no se precisa. Aparte de estos
datos, todo lo demás reside en la imaginación, en una imaginación
azuzada por los citados objetos hacia el tiempo y el espacio. La foto de
una mulata cubana figura en la portada del disco lo transporta a aquel
país y al recuerdo de las propiedades de sus antepasados. Heredero de
quienes explotaban a los esclavos, él defiende ahora a los sometidos.
Luego se traslada a Tánger, a España, a Estambul, a El Cairo, etc. Es un
vagar perdido, sin señas de identidad, errante y sin contornos físicos,
aunque España acompaña siempre al personaje. Fallidos los deseos de
destrucción de la novela anterior, está presenta aún la política
represiva, la capacidad de emprender una lucha libertadora. La parte
última está consagrada a una parodia de la religión y el orden por ella
entronizado, en la que muestra hostilidad y rencor. La palabra emprende
entonces un vuelo por la historia de España desde la Edad Media hasta el
momento en que escribe el autor (año 1973) y alude a corrupciones, crímenes y humillaciones de las que España emerge
tétrica refugiada en la hipocresía. Condena a la Iglesia, que ha
rechazado, en nombre de Dios, a quienes disentían de ella, condena
también al Estado y sus instituciones que reprimen el sexo y la
libertad. Convertido al fin en un judío errante, en un Juan sin Tierra,
se refugia en <
Aunque inspirada en el estudio de la cultura árabe, y en los viajes y estancias del autor en Marraquech, que tanto le han fascinado, España, observada desde distintos planos, es una vez más la protagonista. La lucha del narrador contra el capitalismo internacional se singulariza y concreta en la lucha contra la sociedad y el Estado español. Pero la narración concentra su fuerza en el lenguaje, en la intención de profanar y luego destruir definitivamente la expresión enajenante. Solicita por eso una revolución que instaura la anarquía total para invertir los valores burgueses y también un nuevo reino donde florezcan las pasiones y los deseos tenidos por nefandos y culpables. El texto es duramente crítico con los tabúes políticos, patrióticos, sociales, y sexuales, en particular, los últimos, goce que solicita sea devuelto al pueblo. La lengua árabe va infiltrándose poco a poco en el castellano narrativo hasta superarlo primero con la grafía latina y eliminarlo al fin con los propios caracteres árabes en la última página. Por entonces se creyó que era el final de la obra narrativa del autor.