Para narrar estas más de 3 décadas al servicio de los presidentes de Estados Unidos la película cuenta con una importante baza: un casting de secundarios entre los que se encuentra lo más granado del firmamento hollywoodiense y a los que, en el caso de los Presidentes, la cinta se esfuerza por asemejar lo máximo posible a la realidad. Jane Fonda, Robin Williams, John Cusack, Vanessa Redgrave son sólo algunos de ellos y todos, absolutamente todos, están correctos en sus papeles. El problema no es que estén desaprovechados en medio de una película estirada y estirada hasta la saciedad (recuerden su duración: 132 minutos), es que un excelente plantel de actores no salva de la hoguera una película cuya única virtud es prácticamente ésta. Ni las mejores interpretaciones del mundo podrían dignificar una película tan hueca, pedante y convencional como ésta. Plomiza y farragosa hasta la extenuación, lo que no puedo perdonar a El mayordomo es que pretenda dar gato por liebre. Que juegue a ser Criadas y señoras (Tate Taylor, 2011) que incluya importantes ramalazos a la -citada incluso- Adivina quién viene esta noche (Stanely Kramer, 1967) cuando dista años luz de ambas. Tampoco ayudan una inevitable sensación de déjà vu, a algo que visto mil veces.
Pero su gran fallo, lo que ningún cinéfago puede dejar pasar por alto, es su desastroso trabajo de dirección. Torpe y obtuso hasta decir basta, no es que se esperase un gran trabajo del previsible Daniels detrás de la cámara, pero tampoco un resultado que rozase la vergüenza ajena. A la composición de los planos de primero de manual, se le suma el hecho de disimular tan mal que la acción se desarrolle realmente en el interior de la Casa Blanca, gracias a unos decorados con un sabor a cartón piedra de agárrate y no te menees y unos trucos de montaje que provocan risa más que otra cosa. Una prueba: comprobar cómo está resuelto a nivel de dirección la escena en la que Gaines se acerca por primera vez a la Casa Blanca después de que ésta contratarse sus servicios para trabajar. La transición entre el plano general del lugar y todos los inmediatamente sucesivos debería ser motivo más que justificado para levantarse de la butaca y abandonar el cine. Pero ahí seguimos. Y la cosa no mejora: progresivamente va acrecentándose su espíritu aleccionador, su aroma de panfleto didáctico en perpetua búsqueda de la trascendencia, enfrascado en la agotadora e incansable tarea de ocupar algún capítulo, alguna línea aunque sea, en los libros de historia del cine. Intentos, nada más.
No, Daniels. No basta con recurrir a infinidad de prestigiosos actores -cuyos roles pocas veces escapan de la caricatura- ni a hechos tan trascendentales en la historia como el movimiento de los derechos civiles, la guerra de Vietman o las controvertidas vidas de John F. Kennedy y Martin Luther King para ganar premios. Con todo, El mayordomo se queda en el aprobado raspado por su matrimonio protagonista -ojo a Oprah Winfrey, la esposa alcohólica del mayordomo, que sorprende con un papelón-, una fotografía por encima de la media y alguna escena vivaz como la de la última cena en el hogar familiar, realmente conseguida. El resto es una constante falta de chispa, la falta de agallas por salirse de la senda tradicional, por ofrecer algo nuevo. Un mejunje, en definitiva, difícilmente justificable que en manos de otro director hubiese sido la película del año, y no lo que finalmente es: la más estrepitosa decepción.