La película se desarrolla en su (casi) totalidad en el espacio exterior, un lugar en el que la ingeniera médica primeriza Ryan Stone (Sandra Bullock) y el veterano astronauta Matt Kowalsky (George Clooney), deben hacer frente al accidente de su nave espacial; un inesperado infortunio que les dejará dando vueltas en la infinidad del espacio y tras el que intentarán regresar al planeta Tierra. Mucho se ha escrito del argumento, pero conviene subrayar lo más importante: más allá de su glorificación de la belleza del universo, de ese cosmos en el que muchas veces olvidamos que estamos inmersos, lo que subyace en Gravity es una implacable metáfora de un mundo en el que el ser humano parece predestinado a dejarse engullir por los agujeros negros; una época en la que las personas, fruto del convulso y complejo panorama social, parecen encontrarse a la deriva. Aparte de esto, esta angustio periplo es, más que un viaje espacial, una travesía por los miedos más primarios del ser humano: a la muerte -atención al episodio en el que la novata Stone no le queda otra que asumir su defunción-, la incertidumbre y el pánico a lo desconocido. Gravity sucumbe al trascendentalismo, y a mucha honra: la lista de temas -y subtemas- de enjundia de los que habla es inabordable.
No tened miedo en proclamar al personaje de Sandra Bullock -que ya empieza a sonar con fuerza, y con razón, en todas las candidaturas al Oscar, tras su discutible galardón por la empalagosa y excesivamente larga The Bling Side (John Lee Hancock, 2009)- en toda una heroína de nuestro tiempo: en la personificación de valores como la templanza, en la demostración más absoluta de cómo incluso arrastrando una vida hecha trizas -¿acaso hay algo peor que perder a una hija?- da una lección de anteponerse a la adversidad, en ser un ejemplo mayúsculo de constancia y supervivencia en una situación límite. El director deposita sobre la actriz el 80% del peso de la película y no se equivoca: en su rostro se refleja esa vulnerabilidad de la especie humana de la que aquí se nos habla -ojo a su "embrionaria" escena el interior de la nave, uno de los fotogramas del año-, en cada uno de sus gestos es patente el enorme trabajo físico de un papel sólo al alcance de las grandes; en sus actos se revela esa transición ipso facta entre la inexperiencia y un aprendizaje forjado a marchas forzadas: la personificación de que ya no habrá imposibles que se le resistan. Dejando pasar alguna que otra ley de la física violada -¿por qué el pelo de la protagonista no se rinde a la ingravidez espacial?-, el guión sorprende por su inteligencia, sólo hay que comprobar cómo consigue sorprender a pesar de la escasez de personajes y acontecimientos y en cómo se maneja en el ejercicio de introspección de su rol central. Y todo barnizado por un apartado técnico apabullante: desde su prodigioso plano secuencia inicial de 17 minutos, hasta su traca final de ingentes cantidades de pólvora -donde el aliento épico deja, precisamente, sin aliento-, pasando por un admirable uso de la cámara subjetiva o su dominio de los efectos sonoros -tan importantes para una función de estas características-. Recursos, todos, necesarios para que terminemos de vivir el espectáculo de 90 minutos de duración en primera persona.
Tras su exitoso paso por la Mostra de Venecia o el Festival de Toronto, algunos de los mejores directores actuales no han tardado en salir en defensa de la obra, entre ellos James Cameron, que la catalogó como "la mejor película del espacio jamás realizada", o el propio Quentin Tarantino, que la situó como uno de sus films favoritos del 2013. Merecidos calificativos para un ejemplo cine en estado puro; cine capaz de hacerte palidecer, aprisionarte y retorcerte en el asiento. La película, en efecto, dista mucho de lo inocuo: Gravity golpea. Gravity duele. Sin aspavientos filáticos ni grandilocuencias huecas. Y, claro, cuando llegan los títulos de crédito las ganas de aplaudir son irrefrenables. Al fin y al cabo, no todos los días se hace Historia.