La mujer sin piano, en efecto, sale altamente reforzada por el trazado con el que Rebollo, a cuatro manos con Lola Mayo, dibuja su personaje central, siempre tratado con respeto y un cariño infinito. Excelentemente caracterizada -a lo que contribuye la gran labor de maquillaje o la propia peluca-, Carmen Machi demostró con el que fue su primer papel importante en cine -tras colaborar con el mismo director en su opera prima, Lo que sé de Lola (2006)- que era mucho más que la histriónica -y divertidísima- Aída, algo que ya había quedado claro en una faceta teatral -La tortuga de Darwin- que más tarde ha seguido explorando con éxito -Juicio a una zorra-. Se nota que la veterana intérprete se deja la piel con una criatura brillantemente parida, inteligentemente pulida, a la que tampoco es muy difícil deducir que ha estudiado a fondo de forma previa; es fascinante ensimismarse por cómo la actriz, junto con el propio objetivo de la cámara, diseccionan los aspectos por los que discurre la vida de su personaje, como la sexualidad, las relaciones sociales o el pequeño salón de belleza que tiene montado en su apartamento. La película se muestra impúdida al expandir la monotonía al más alto nivel de este ser necesitado de auxilio pero que, sin embargo, pocos tienen intención de socorrer.
El potente empaque de autor de la película, casi de cine y ensayo, remite a La soledad (Jaime Rosales, 2010), otros de los grandes títulos patrios contemporáneos: los silencios, la necesidad de que los actores expresen más con sus actos que con las palabras y el ritmo pausado y reflexivo de los acontecimientos obliga a establecer un interesante paralelismo entre ambos trabajos, así como el gusto que tienen los dos en desarrollar su acción principal en un espacio muy reducido de tiempo. En La Mujer sin piano, por ejemplo, en unas pocas horas, justo las que duran la noche. Comparten también ambas películas su gusto por el plano fijo, por los leves movimientos de cámara y por un tempo narrativo espeso, que no desesperante. Quizá el conjunto de La mujer sin piano sea más frío que el de su modelo, a veces incluso gélido -algo que puede constituir cierto impedimento para abrazarnos a su personaje central- pero no por ello deja de ser una película arriesgada, capaz de desafiar continuamente los parámetros actuales del celuloide. A través de su trato virtuoso en las formas y su búsqueda de estampas que queden para la posterioridad -como esa Machi, maleta en mano, frente a un bar perdida en la inmensidad y la negrura de la noche, pero sin ninguna duda, como heroína que es, dispuesta a encontrarse-, La mujer sin piano se alza como una muy bien orquestada sinfonía de los sentimientos.
Una película que, por si complejidad y su carácter aparentemente simple -que no simplista-, exige al espectador tener en alerta sus cinco sentidos. Sólo así se podrá penetrar en un trabajo atípico en el que su sutilidad se demuestra en detalles como el de un Rebollo empeñado en subrayar en que estamos en una historia contemporánea por las continuas referencias al presidente Bush, tanto en radio como por televisión en su mítica reunión en las Azores con los otros dirigentes Aznar y Bush -¿una época no tan perfecta?-. En resumen, La mujer sin piano es un canto -amargo, gris...esperanzador- a la ruptura con lo establecido, pero también uno de los más vehementes retratos de la soledad más aplastante que nos podamos imaginar.