Miguel Albaladejo se reafirma con este quinto largometraje como uno de los cineastas españoles con más personalidad y que más seguro se muestra en lo que está contando, además de confirmarse como un excelente autor en todos los sentidos al firmar él mismo sus propios guiones. Quizá porque, al igual que ocurría con Manolito Gafotas (1999) o El cielo abierto (2001), no tiene miedo al retratar personajes de barrio, más cercanos a la desgracia que la fortuna. Los personajes de Rencor son un microcosmos de almas en ruinas, ajenas al éxito y, en contra de lo que intentan aparente, resquebrajadas por dentro. No son ningún modelo a seguir, ni tampoco lo pretenden, tan sólo vivir sus vidas según sus propias convicciones -o limitaciones-. Albadalejo vuelve a hacer gala de ese toque costumbrista que tanto le caracteriza y no teme escribir una serie de roles por todos reconocibles, por cercanía y naturalidad. Además, sabe que es importante situarlos en un contexto igual de reconocible: en Rencor se puede casi masticar el olor a arena de playa, a olas de mar, a paella, cerveza, noches de verano y sol sofocante; se puede mascar, en suma, ese Mediterráneo que es el envoltorio en el que el cineasta desarrolla una historia que, aunque es un drama con todas las de la ley, no renuncia a las pequeñas dosis de humor ni a la esperanza.
Esa esperanza se deja asomar por todas y cada una de las actuaciones de Chelo en primera línea de mar, ante un público entregado a sus versiones de temas como Caramba, carambita, de Los Marismeños, La bámbola de Patty Bravo, Se te olvida de Javier Solís o el propio Mediterráneo de Serrat, instantes en los que la vida resquebrajada del personaje de Lolita se revela incólume cuanto se trata de ofrecer arte al mundo. Por otro lado, en todos estos recitales la hija de La Faraona ofrece un poderoso ejercicio de interpretación, debutando en el cine con tanta fortuna que incluso ganó el merecido Goya a la Mejor Actriz Revelación. No obstante, tampoco hay que olvidar el resto del reparto, desde una jovencísima Elena Anaya hasta la infravalorada Mar Regueras, otros de los alicientes para disfrutar de la película. A todos y cada uno de ellos el director destripa sin piedad, los somete a un poderoso tejido afectivo y estable entre ellos una serie de vínculos cada cual más eficaz.
Quizá se eche en falta un plus de vigor narrativo y alguna revisión extra del guión, pero es una cinta que se maneja con gran desenvoltura en el drama más descarnado. Una historia de fantasmas del pasado, de esperanza en el futuro, a la que todos accedemos con suma facilidad gracias a su implacable sabor a verdad, a unos personajes enfrentados a los problemas que podemos tener todos y cada uno de nosotros. Puede que no sea una gran película, pero es la película que, impúdica, mejor nos ha recordado que hay fantasmas que siempre vuelven.