El servicio de correos se ha establecido
siempre como institución del poder: sólo después, y más precariamente,
han podido los particulares enviar también ellos mensajes personales a
distancia. Ya en el Egipto faraónico había una red de enlaces del divino
soberano con los diversos territorios y provincias.
En el imperio romano, Augusto organizó el correo como parte del sistema de comunicaciones militares. El escaso correo privado, o bien se acogía a un sistema, o recurría a los comerciantes en sus expediciones.
Tras el primer caos medieval, los reyes organizaron sus cuerpos de correos - Alfonso el Sabio lo regula en sus Partidas; en Barcelona se establece una cofradía de correos.
Entonces,
se doblaba la hoja escrita de la carta, sellándola con lacre o con
obleas de harina y se escribía en ella la dirección, el sobrescrito, de
donde vino la palabra sobre.
A
menudo, las cartas iban encomendadas a los arrieros o recaderos, al
margen del servicio real. En España, los Reyes Católicos establecieron
en Castilla el cargo de correo mayor, con los Austrias, ese cargo fue concesión a la familia Tassis para toda la Península.
Con los Borbones, ya no hubo concesionarios
de correos, sino que éstos se hicieron servicio oficial, con carteros
profesionales y unas marcas de salida en las cartas. En el siglo XIX,
Madrid tuvo pronto tres correos semanales, luego diarios desde 1843, con
las principales ciudades - a Barcelona tardaban una semana - : entonces
tenía sentido la expresión <>. Gran
Bretaña iba a la cabeza de la organización postal: Rowland Hill
introdujo en 1837 que fuera el remitente quien pagara el envío - con un
sello adhesivo de un penique - : hasta entonces, pagaba el destinatario.
Entre los altos funcionarios de Rowland Hill estaba el gran novelista
Trollope, que inventó el buzón de <