Según se ha sabido, la famosa revista estadounidense
Reader's Digest, ha publicado recientemente los resultados de la clasificación
de las “ciudades más honestas”. Para realizar esta clasificación, los investigadores
de la revista dejaron 12 billeteras cerca de parques, en centros comerciales y
en las calles de 16 grandes ciudades y contó cuántas de ellas fueron devueltas.
El contenido de las billeteras era el mismo para todos los casos: fotos
familiares, datos de contacto y 50 dólares. Como era de esperar, fue una ciudad
escandinava –Helsinki- la que se situó en el primer lugar de la lista, donde se
devolvieron 11 de las 12 billeteras. Sin embargo, tras comprobar el ranking,
podemos observar también que la “honestidad” de las ciudades nada tiene que ver
con si la población es pobre o rica, ya que Bombay se situó en segundo lugar,
con 9 billeteras devueltas. La clasificación –para los curiosos- fue la
siguiente: 1. Helsinki, Finlandia (11 de12 billeteras devueltas); 2. Bombay,
India (9/12); 3. Budapest, Hungría (8/12); 3. Nueva York, Estados Unidos (8/12);
5. Moscú, Rusia (7/12); 5. Ámsterdam, Holanda (7/12); 6. Berlín, Alemania
(6/12); 7. Liubliana, Eslovenia (6/12); 9. Londres, Inglaterra (5/12); 9.
Varsovia, Polonia (5/12); 11. Bucarest, Rumania (4/12); 11. Río de Janeiro,
Brasil (4/12); 11. Zúrich, Suiza (4/12); 14. Praga, República Checa (3/12); 15.
Madrid, España (2/12); 16. Lisboa, Portugal (1/12). Visto los resultados, ahora
entendemos por qué no nos dieron las olimpiadas, porque entre los políticos
corruptos, las constructoras ladronas y los ciudadanos deshonestos, al final
hubiéramos robado hasta las gradas de los estadios.
Es cierto que este tipo de clasificaciones pecan de
graves defectos de forma y que no se pueden tomar como verdades absolutas, pero
también es cierto que Madrid es la capital deshonesta de un país deshonesto. De
hecho, cada año que vuelvo a Madrid me duele comprobar la decrepitud de la
ciudad, donde la prostitución, el alcohol, la venta de bebida y comida ilegal y
las drogas pululan con total libertad en la mismísima Puerta del Sol. Pero, al
margen de que nos hayamos convertido en un país de “putiferio”, - donde muchos
extranjeros vienen a España para emborracharse, fornicar, tomar drogas y saltar
por los balcones-, el principal problema es la falta total y absoluta de normas
y valores que sufrimos como sociedad. La moralidad, los principios y la ética
han sido sistemáticamente eliminados de la vida diaria de los ciudadanos, de
las empresas y de los centros educativos. Gracias a ciertas ideologías políticas
–apoyadas por los fantásticos programas televisivos que generan opinión- la
ética se ha convertido en sinónimo de antiguo, de rancio, de poco moderno, de
poco enrollado. Y así, al fin, hemos conseguido un hermoso país donde robar,
mentir, falsear datos para cobrar subvenciones, aparcar el coche en doble fila,
o en zona de minusválidos, lavar el coche en los aparcamientos con agua
comunitaria, fumar en los ascensores y tirar la colilla en los pasillos, dejar
botellas de cerveza en las aceras, dejar a los hijos que corran y griten en los
restaurantes, mear en los portales, no saludar al entrar o despedirse, reírse
de los que son cultos, abanderar la ignorancia como un modo de vida, colarse en
las colas, copiar en los exámenes, despreciar la poesía y la música clásica, es
la norma y no la excepción.