La trama de esta historia épica producida y protagonizada por Brad Pitt -que se gastó casi un millón de dólares en comprar los derechos de la novela original-, gira en torno a un ex investigador de las Naciones Unidas (Pitt) experto en conflictos internacionales que se ve obligado a distanciarse de su mujer Karin (Mireille Enos) y sus dos hijos cuando se desata una pandemia global que está convirtiendo a los humanos en hambrientos muertos vivientes. Él será encargado de liderar la misión cuyo objetivo es encontrar remedio a tal terrible brote. La película se distancia de la novela al abandonar los diferentes puntos de vista y testimonios en la que se basaba la misma para concentrar toda la acción en el personaje de Brad Pitt, auténtica columna vertebral de un proyecto en el que se ha implicado al máximo, tanto a nivel de financiación -la friolera de 160 millones de dólares- como de promoción mundial. El resultado es una obra a la que no es difícil deducir una titánica labor de producción, con escenas grabadas en Filadelfia, Malta y una intachable recreación de la ciudad de Jerusalén; lugar, éste último, donde se desarrolla la escena más impactante del film: ese enjambre zombie que supone la mayor aportación -tanto visual como argumental- que hace el film al género y en donde fueron requeridos más de 1.500 extras.
Una escena, además, que marca un importante punto de inflexión en la película. Hasta entonces, a pesar de su prometedor arranque, Guerra Mundial Z no termina en dar con el pulso adecuado, algo que cambia de forma radical a partir de esta estampida de muertos vivientes en la capital de Israel. A partir de entonces la obra se convierte en un vodevil de aventuras, intriga, acción, humor -algunas escenas, como la del famoso castañeo, provocan más risa que otra cosa- y, en el último de los casos, terror. Y es que Guerra Mundial Z corre el riesgo de decepcionar a los incondicionales del susto: aquí no importa tanto la sangre y los detalles sórdidos -de hecho, son prácticamente inexistentes- como el trasfondo filosófico/político/social de la jugada, algo a la que tampoco eran ajenas las obras de Romero. Los mensajes sobre una sobreexplotación de la humanidad, la necesidad de permanecer unidos como receta básica para salir de cualquier crisis o la reivindicación de la unidad familiar -esas constantes llamadas del personajes de Brad Pitt a su esposa, tan prescindibles como eficaces- terminan ganándole la batalla a la recreación en las escenas de muertos andantes, que en su mayoría atienden más a fugaces instantes que a dar, única y llanamente, miedo. Quien dude del fin trascendental de la obra no tiene más que prestar atención a sus minutos finales -discutidos por buena parte del público- en el que se intenta huir del típico blockbuster y apostar por una vía que invita a la reflexión y, de paso, dar pie a la ya confirmada secuela.
Dejando de lado su problemático y dilatado rodaje, Guerra Mundial Z se congratula de tirar de ordenador para ofrecer una obra meramente tecnológica, compuesta por una sucesión de fragmentos tan eficaces en el conjunto de la narración como de forma aislada; pequeñas escenas épicas -atención a la del avión, a pesar de que de ella derive el hecho más surrealista de la película: la inmortalidad del protagonista- destinadas a ocupar un lugar privilegiado en el cine de género. Una película sumamente contemporánea que, a pesar de su innovación estética y argumental -esos zombies más fuertes y veloces que nunca-, no se avergüenza al mirar por el retrovisor y mostrarse deudora del maestro Romero. Sin él, nada de esto hubiese sido posible.