La educación en España
Ciudadanía | 15/09/2013
Por fin empieza el curso escolar. Y digo
“por fin” porque un gran número de padres estaban ya desquiciados, con los ojos
desorbitados, los pelos descolocados y la lengua de fuera, deseando soltar cuanto
antes a sus vástagos para poder despreocuparse de ellos. Y es que en España la
educación no se entiende como educación, sino como sinónimo de asistencia; lo
importante no es que los niños aprendan en un entorno agradable, sino que estén
recogidos mientras sus padres trabajan. O mientras están viendo Sálvame
tocándose la chistorra. O mientras están callejeando por Madrid tomando una
“relaxing cup of café con leche”.
Sin embargo, a pesar de que ven a
sus hijos un par de horas al día, los padres tienen muchas quejas. Se quejan
los padres de que este año el gasto anual por niño será de unos mil ochocientos
euros al año; 109 euros al mes en los colegios públicos y 527 euros en
los colegios privados. Claro que en ese gasto se incluye la alimentación y la
vestimenta, algo que nada tiene que ver con la educación, ya que lo normal
cuando uno tiene un niño es vestirlo y alimentarlo para que no vaya esquelético
y en pelotas por la calle. Es cierto que la situación económica de las familias
españolas no está como para echar cohetes. Sin embargo, algunos de los padres
se quejan de este enorme gasto mientras se fuman un Malboro o le echan gasolina
a su BMW o se toman unas cuantas cañas en un chiringuito a la orilla de la
playa. Porque lo cierto es que, en cuanto a lo meramente educativo, el gasto
que se realiza es mínimo.
Yo entiendo que los padres se quejen. Sin
embargo, a mí me gustaría que esos padres y madres que se quejan tanto del
gasto que les provocan sus hijos, que se quejan tanto de las vacaciones que
tienen sus hijos –y sobre todo sus maestros-, que piden que los centros abran
día y noche para poder liberarse de sus propios vástagos, en lugar de todo eso
se quejasen un poco más por la mejora de la calidad educativa, que se quejasen
más por los recortes en educación, que se quejasen más por los continuos
cambios de ley, que se quejasen más por la nula valoración social que sufre el
profesorado y, sobre todo, que educasen a sus hijos en valores, en hábitos y en
normas, para que los docentes españoles no tuviesen que perder tanto tiempo en
solicitar silencio en sus aulas, para que los docentes españoles no tuviesen
que cortar sus clases cada cinco minutos para reclamar atención, para que los
docentes españoles no tuviesen que ocupar tanto tiempo en comprobar si sus
alumnos han estudiado o no en sus casas. En fin, para que hiciesen su trabajo
como padres.
El problema de la educación en España no
tiene, al fin, tanto que ver con lo que se enseña o se deja de enseñar en los
centros educativos, con los días de vacaciones o con los gastos que producen
los niños en pañales o en telefonía móvil. El problema de la educación en
España es principalmente la falta de implicación de las familias en la
educación de sus hijos y la trasmisión familiar de que el colegio es un lugar
donde pasar el rato. Hasta que eso no cambie, nuestros niños y adolescentes crecerán
carentes de cualquier tipo de hábitos y valores que les permita aprender.