Introducción
En este artículo
estudiamos la labor de Ramón de la Sagra en relación con la enseñanza de la
agricultura en la Cuba de la época de Fernando VII a través del proyecto de la
Institución Agrónoma de La Habana.
La iniciativa de Ramón de la Sagra
El gran impulsor de la Institución
Agrónoma de la Habana fue Ramón de la Sagra, director del Jardín Botánico, de
la Sociedad Económica de la ciudad y personaje polifacético[1].
Al parecer, los primeros intentos de poner en marcha esta institución datan del
año 1825. Se pretendía crear un instituto agrícola donde se enseñase, además de
la botánica, la práctica de la agricultura. Sagra defendió la necesidad de
creación de una hacienda modelo como escuela de agricultura donde enseñarse y practicarse la nueva ciencia agronómica, así
como la crianza de animales y el régimen económico de contabilidad,
refiriéndose, seguramente, a una explotación agrícola siguiendo criterios
económicos[2].
Por otro lado, nuestro protagonista
estaba muy interesado en los progresos de la fabricación del tinte del añil en
la isla de Cuba con un experimento de siembra del arbusto leguminoso en el
Jardín Botánico, la publicación de un informe y de una memoria en el año 1827.
Dos años después, se remitieron al gobierno en Madrid muestras de los añiles
fabricados. El profesor de química José Luís Casaseca[3]
recomendó la calidad de estas muestras y la necesidad de establecer una fábrica
por cuenta del gobierno en las cercanías de la ciudad cubana. Como consecuencia,
se dio una real orden el 10 de noviembre de 1829 autorizando al Intendente para
que tomara medidas para promover esta fabricación. El día 22 de abril de ese
mismo año se publicó otra real orden para que se estableciese en las cercanías
de La Habana una institución agronómica o escuela práctica de agricultura. Se
pensó que en esa institución podían ensayarse los cultivos de añil, por lo que
podían confluir las dos iniciativas paralelas, concluyendo en la definitiva creación
de la institución agrónoma y el cultivo y fabricación del añil, por acuerdo de
la Junta Superior gubernativa de la Real Hacienda de junio de 1831, ratificado
por el rey el 13 de septiembre del mismo año.
La
escuela o institución no prosperó, a pesar de los esfuerzos iniciales de Ramón
de la Sagra en los años 1832 y 1833, de los que dejó constancia en las Memorias de la Institución Agrónoma de la
Habana[4]. Las causas fueron
varias. En primer lugar, Francisco Hilarión Bravo, en el informe pedido por la
Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País sobre estas Memorias, nos habla del cólera morbo
como una de ellas[5]. Por otro lado, Jacobo de
la Pezuela, nos aporta un análisis más pormenorizado sobre el fracaso. En
primer lugar, a pesar del trabajo del impulsor, éste se ausentó junto con otros
impulsores muy pronto. Sabemos que Sagra regresó a Europa en el año 1835. Pero,
además, no debe subestimarse la cuestión de la carencia de recursos económicos,
agudizada por el estallido de la guerra carlista. Habría que esperar al año
1860 para que se pusiese en marcha la enseñanza agrícola en la isla[6].
El
plan de enseñanza
Ramón
de la Sagra diseñó un completo plan de enseñanza y comenzó a montar todo lo
necesario para poner en marcha una institución educativa ambiciosa, aspecto que
es el que más nos interesa como estudioso de la enseñanza de la agricultura en
la crisis del Antiguo Régimen. En primer lugar, acondicionó los terrenos para
el cultivo del añil en las inmediaciones de los Molinos del Rey en la falda del
castillo del Príncipe. Nuestro protagonista deseaba difundir la instrucción
entre los labradores y formar individuos capaces de poder administrar las
fincas en Cuba. Las razones por las que los alumnos debían ser internos eran
varias. La primera tenía que ver con el problema del mantenimiento personal de
los alumnos. Si se pretendía generalizar esta instrucción para toda la isla,
sería muy oneroso para muchas familias mantener a sus hijos en La Habana,
mientras estudiaban en la escuela. Además, podía preocupar a muchos padres
mandar lejos de su tutela a sus hijos por los posibles “peligros” para su
conducta y muchos de ellos, viéndose libres, podía dejar de asistir a la
escuela. Pero había otra razón de peso y de carácter pedagógico. Como la
enseñanza tenía, tanto una vertiente teórica como práctica, además del
aprendizaje de la economía rural y de una serie de conocimientos necesarios
para completar su formación, se hacía indispensable que estos alumnos
permaneciesen constantemente en la institución. La escuela podía garantizar la
conducta de los alumnos.
Estos alumnos realizarían las tareas
agrícolas, se educarían y recibirían la manutención y alojamiento adecuados. Se
pretendía aplicar un modelo en donde los alumnos compensarían los gastos con su
propio trabajo.
El autor del plan pensó que debía
comenzarse con una matrícula de veinte jóvenes, hijos de labradores, de entre
catorce y veinticinco años de edad, con buena salud y conducta, así como disposición para el
estudio, requisitos comunes a los que hemos visto en otros proyectos en la
Península, pero nada se decía de contar con requisitos de naturaleza académica
porque, se permitía el ingreso de alumnos que no supieran leer ni escribir, por
lo que había que habilitar medios para enseñarles. Esta amplitud de criterios
buscaba, sin lugar a dudas, cumplir con el objetivo de extender la enseñanza agrícola
que pretendía Sagra, además de demostrar su realismo, ya que, era muy lógico
pensar que muchos hijos de labradores no tuvieran una formación básica. Para que
avanzaran en el conocimiento de la agricultura, mientras los alumnos no
supieran leer y escribir, el director les explicaría verbalmente los trabajos
agrícolas y los inconvenientes de seguir prácticas rutinarias no basadas en una
moderna agricultura, así como los peligros, por otro lado, de innovar y
modificar sin estar sustentados en principios demostrados. Estas conferencias
se convertirían en una especie de curso preparatorio. Por lo que podemos
intuir, la mayor parte de los alumnos que esperaba encontrar nuestro
protagonista se encontraría en esta situación, ya que Sagra afirmaba que
mientras los alumnos no supieran leer y escribir no se abrirían las clases de
agricultura, propiamente dichas.
Los estudios durarían cuatro años, con
el compromiso de asistencia a clase y al trabajo agrícola correspondiente. El
cumplimiento de esta condición les garantizaría la enseñanza, el alojamiento y el
mantenimiento gratuitos, incluyendo la asistencia médica en casos no
excesivamente graves.
El currículo de enseñanzas, una vez que
se superase el analfabetismo, incluía asignaturas de religión, aritmética y
contabilidad de partida doble, geometría práctica, dibujo lineal y topográfico
y levantamiento de planos. El dibujo sería una materia fundamental en la
escuela, al detallarse la importancia del conocimiento espacial del terreno a
vista de pájaro y los perfiles o cortes de los mismos. Pero, además, se pensaba
que los alumnos tenían que saber copiar diseños y modelos de instrumentos agrícolas,
seguramente, para poder conocerlos mejor a la hora de emplearlos. Precisamente,
había que instruir a los alumnos en el empleo de los utensilios modernos en
agricultura.
En días alternos se enseñaría
horticultura y botánica descriptiva, así como las aplicaciones prácticas que
las ciencias aportan a la agricultura, como era la elaboración de azúcar,
aguardiente, añil, aceite, almidón y productos lácteos. Pero es interesante
comprobar que para Sagra era fundamental que este aprendizaje práctico debía
acompañarse con la adquisición de conocimientos teóricos en física y química
porque permitirían explicar esos procesos de transformación. La enseñanza se
completaría con el cuidado de los animales, así como con el conocimiento de los
abonos y estiércoles.
La escuela estaría dotada con una biblioteca
con obras de cada una de las ciencias agrícolas y auxiliares, en relación con
las materias que se enseñasen en la escuela. Había que suscribirse a dos
periódicos científicos europeos que tuvieran relación con la agricultura.
Habría que dotar un gabinete de instrumentos para los experimentos de física y
química relacionados con la agricultura. En este gabinete se contaría con una
especie de estación meteorológica, ya que dos alumnos tenían que llevar un
diario de observaciones meteorológicas.
Otra dependencia imprescindible sería
la sala de los aperos, como arados, rastras, etc, de los empleados en varios
lugares y que pudieran ser introducidos en Cuba. Si se hacía complicado obtener
estos instrumentos y máquinas, al menos se podía contar con diseños, que se
podían emplear, además, para las clases de dibujo.
Una vez terminados los estudios, los
alumnos realizarían unos exámenes públicos que, una vez superados, les
permitirían adquirir un título que mencionaría los conocimientos adquiridos y
demostrados, así como su conducta y el carácter.
[1] Sobre Ramón de la Sagra, GIL NOVALES, A., Diccionario Biográfico del Trienio Liberal, Madrid, 1991, págs.. 596-597, GONZÁLEZ LÓPEZ, E., Un gran solitario: Don Ramón de la Sagra, La Coruña, 1983, ELORZA, A., Socialismo utópico español, Madrid, 1970, QUIRÓS LINARES, F. “Ramón de la Sagra, 1798-1871”, en Ería: Revista Cuatrimestral de Geografía, nº 26, (1991), págs.. 229-242 y que puede consultarse en Dialnet: http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=34754
ARIAS SOLÍS, F., “Ramón de la Sagra (1798-1871)”, en: http://foros.hispavista.com/demo_board/3/740250/m/ramon-de-la-sagra-por-francisco-arias-solis/
Biobliografía de La Sagra: http://saavedrafajardo.um.es/BIBLIOTECA/GonzaloD.nsf/AutorGDDA?OpenForm&m=6&letra=S&ID=F2D8869CCD98A004C12573A70035DA2B&imag=2
Los biólogos españoles: http://www.biologia-en-internet.com/fteixido/s-xix/ramon-de-la-sagra-y-peris-1798-1871/
[2] SAGRA, R. de la, Historia física, política y natural de la Isla de Cuba, París, 1843, tomo I, p. 248.
[3] Sobre este científico, MISAS JIMÉNEZ, ROLANDO E., “Un químico español del reinado de Fernando VII: José Luis Casaseca y Silvan”, en Llull, vol. 19, (1996), págs.. 131-160
[4] Memorias de la Institución Agrónoma de la Habana por don Ramón de la Sagra, Madrid, 1834.
[5] Archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, ARSEM, legajo 326/15. El informe es del año 1835.
[6] PEZUELA, J. de la, Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la Isla de Cuba, Madrid, 1863, Tomo III, p.265.