Desde 2002, seis de los líderes más importantes de al-Qaeda, fueron
asesinados o detenidos en ciudades de Pakistán y no en sus áreas tribales. En
esta oportunidad cae nada más y nada menos, que Osama ben Laden, lo que demuestra
de forma unívoca, que un sector clave del establishment militar paquistaní,
daba alberge, al hombre más buscado por los Estados Unidos, patrocinando con
ello, el terrorismo, sobre la base de que es la única forma de hacerse eco, del
clamor de una población mayoritariamente islámica, que exige su utilización
como instrumento estratégico de política exterior.
La hipótesis general se refuerza, si tratamos de explicar, cómo entró y
vivió, por seis años a cuatro kilómetros de la Academia de cadetes de Kakul,
ben-Laden, en Abbottabad, poblado al norte de Islamabad, con características de
ciudad-guarnición. Siendo así, caben dos hipótesis específicas adicionales,
una, que Paquistán no está en capacidad de garantizar la seguridad de sus armas
nucleares y dos, que es verosímil, que el segundo al mando u otros responsables
de al-Qaeda, también podrían estar escondidos en lugares semejantes de este
país.
Es evidente entonces, que más que preocuparse exclusivamente por eventuales
ataques terroristas a capitales occidentales, es menester poner atención, al
hecho de que, como respuesta al asesinato de su líder, al-Qaeda reoriente su
objetivo estratégico de Afganistán a Pakistán, llamando al derrocamiento del
gobierno, asesinando sus más conspicuos dirigentes y atizando una guerra civil;
por haber “apostatado” del islam, al traicionarlo, cuando se permitió que
Washington ejecutara el operativo subrepticiamente, en clara violación de la
soberanía y en consecuencia, cerrando con ello, la alternativa de frustrarlo.
Esta tesis se refuerza, por la forma como los Estados Unidos conducen su
política, respecto a Pakistán, consistente en firmar un Acuerdo que apuntala el
programa nuclear hindú; los combates estadounidenses contra los talibanes en
Afganistán, las ataques aéreos y asesinatos en tierra, etc., en abierta
violación a la soberanía paquistaní, acciones que hacen, que casi un 60 por
ciento de la población de esta nación, perciba a Estados Unidos como “enemigo”.
Si a esto le sumamos, la manera como se desarrollaron los acontecimientos
recientes, no debe sorprendernos, que en Pakistán, se profundice el
alineamiento a favor de las fuerzas islámicas radicales, acorralando tanto al
gobierno civil, como al liderazgo militar, hasta desestabilizarlos. De suyo se
concluye, que, si se es consciente de que el objetivo real de los yihadistas
terroristas cuando buscan el poder en Pakistán, es controlar su arsenal
nuclear, ahora más que nunca, Washington, Nueva Dehli y Kabul; están obligados
a no dejarse caer de la cuerda, en el trato con este país, pues una acción de
represalia, como torpemente aconsejan políticos de esos Estados o la
reconsideración de la asistencia a Pakistán, como promulgan de forma miope,
algunos congresistas estadounidenses, traería consecuencias funestas para su estabilidad,
la de Asia Central y la propia India